El naufragio del «Batavia» y el sanguinario enfrentamiento de los supervivientes entre sí
Uno de los principales atractivos de Lelystad, capital de la provincia de Flevolanda (Países Bajos), es el Museum Batavialand, una réplica de un barco del siglo XVII realizada por el constructor naval Willem Vos a lo largo de diez años, entre 1985 y 1995, siguiendo técnicas de la época y basándose en fuentes tanto pictóricas como documentales. Porque el Batavia existió realmente. Fue un barco que sufrió uno de los naufragios más famosos de la Historia; comparable quizá al de la Medusa sólo que nunca contó con un Gericault que plasmase en lienzo la tremebunda experiencia de los supervivientes, aunque sí hay libros, películas y hasta una ópera.
El Batavia pertenecía a la VOC (Vereenigde Oostindische Compagnie, o sea, Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales), la primera sociedad de acciones del mundo, fundada en 1602 por los Estados Generales de la República de las Provincias Unidas de los Países Bajos (un país surgido en 1581 tras independizarse de España) a partir de la fusión de varias voorcompagnie o compañías privilegiadas, aquellas a las que su gobierno les concede una protección especial para el comercio, a veces en calidad de monopolio. Tenía un magistral lema oficioso: «Jesús es bueno, pero el negocio es mejor».
| Bandera de la VOC en la réplica de uno de sus mercantes (McKarry en Wikimedia Commons) |
Como sus competidoras británica y francesa, la VOC poseía poderes poco menores que los de un estado, contando con ejército y flota propios, así como la facultad de declarar la guerra, negociar tratados, acuñar moneda y colonizar territorios. En su caso, tenía como objetivo conseguir especias en Asia, para lo cual inició una campaña de acoso a las factorías de una Portugal que desde 1580 estaba unida a España bajo un mismo rey. En 1603, tras expulsar de Java a los lusos, fundó su primer asentamiento permanente en Jayakarta -hoy Yakarta-, a la que reabutizó Batavia, que es como los romanos llamaban a los actuales Países Bajos.
Esa ciudad se convirtió en la capital de su imperio ultramarino. De allí transportaban nuez moscada y clavo, además de porcelanas chinas, seda y otros productos, enviando a cambio manufacturas y plata, de la que había una gran demanda en Oriente. Ese comercio enriqueció a la VOC y le permitió prosperar durante siglo y medio, hasta que en el último cuarto del XVIII, como resultados de guerras y cambios socioeconómicos, terminó quebrando. Antes, la boyante economía nacional favoreció lo que hoy se conoce como el Siglo de Oro Neerlandés (o Edad de Oro), caracterizado por el esplendor de las ciencias, las artes y la cultura.
| Posesiones territoriales y rutas comerciales de la VOC en Asia (Rowanwindwhistler en Wikimedia Commons) |
La compañía encargó la construcción del Batavia a sus astilleros astilleros como buque insignia de una flota de seis que debían estar terminados en dos años para llevar a cabo una expedición a Asia. Era un spiegelretourschip, como se llamaba a los barcos de la Compañía; una nave de tres palos que medía 45,3 metros de eslora por 10,19 de manga y 5,1 de calado, con un tonelaje de 600 toneladas. Se cumplieron los plazos previstos y así, a finales de octubre de 1628, zarpó con sus compañeros de la isla holandesa de Texel hacia las Indias Orientales llevando a bordo 341 personas -38 de ellas pasajeros- y un cargamento precioso destinado al comercio: una docena de cofres con monedas de plata, oro con joyas e incluso dos cuadros de Rubens para regalar a un príncipe mogol.
Su capitán se llamaba Ariaen Jacobsz, pero, de acuerdo con las normas de la VOC, su mando se limitaba al navío, pues el de la expedición debía recaer sobre un sobrecargo, algún comerciante designado ad hoc. En este caso fue François Pelsaert, un joven pero veterano comerciante nacido en 1595 que había acumulado varios años de experiencia en la India. No se llevaban bien entre sí a causa de un incidente ocurrido una década antes en Surat (una ciudad portuaria del actual estado indio de Guyarat), donde Pelsaert se disponía a embarcar para regresar a Europa.
| El Batavia en una acuarela de Ross Shardlow (WAM) |
Fue entonces cuando Jacobsz, que mandaba el navío en el que el otro iba a viajar, le insultó públicamente en medio de una borrachera. Pelsaert le denunció a la VOC, que procedió a amonestarle, lo que hizo que ambos se detestasen desde entonces. Irónicamente, los dos resultaron elegidos para la nueva expedición y deberían pasar varios meses compartiendo espacio a bordo del Batavia. Mala perspectiva porque, efectivamente, convivencia no fue buen; Jacobsz no podía soportar tener como superior al hombre que había motivado la humillante bronca que recibió de la compañía.
Pero no toda la culpa fue suya. Buena parte de la responsabilidad correspondió al frisio Jeronimus Cornelisz, tres años más joven aún que el comandante. Era un boticario que se había arruinado al quebrar su farmacia de Harlem debido al repudio social que suscitó tras la muerte de su hijo recién nacido a causa de la sífilis. Como ni él ni su esposa Belijtgen mostraban síntomas, Cornelisz culpó a la nodriza; pero esa enfermedad únicamente se transmite por vía sexual o por vía congénita, así que el escándalo era inevitable.
| Johannes van der Beeck, alias Johannes Torrentius, en un grabado de 1648 (Wikimedia Commons) |
Además el matrimonio era anabaptista, una rama del protestantismo que pretendía una vuelta al cristianismo primitivo, con separación Iglesia-Estado, comunidad de bienes, bautizo sólo en edad adulta, etc. En el caso de Cornelisz, la cosa se agravaba porque era seguidor de Johannes Torrentius (Johannes van der Beeck), un pintor miembro de los Hermanos del Espíritu Libre, secta extendida por el norte de Europa que llevaba el anabaptismo al extremo siendo defendiendo el autoteísmo, el ascetismo y el antinomianismo. Intentaban acercarse lo más posible al Génesis 2:25 («Y estaban ambos desnudos, Adán y su mujer, y no se avergonzaban»), de manera que sus costumbres escandalizaban a la sociedad de la época.
Para agravar las cosas, a Torrentius se le acusaba también de ser miembro de la orden Rosacruz, cuya doctrina combinaba ocultismo, esoterismo, gnosticismo cristiano y misticismo judío. Consecuentemente, fue procesado por herejía en La Haya y condenado a veinte años de prisión al mismo tiempo que Cornelisz, que había vendido todos sus bienes para pagar las cuantiosas deudas y viajado a Ámsterdam, conseguía de la VOC un contrato como asistente del sobrecargo del Batavia. Aunque nunca había navegado, aceptó para alejarse del escándalo, de los acreedores que quedaban y de una posible persecución religiosa.
| Localización de los Cuarenta Rugientes (Global Solo Challenge) |
El Batavia navegó veinticuatro mil kilómetros seguidos por el Atlántico, haciendo una sola escala en lo que hoy es Sudáfrica. A continuación dobló el cabo de Buena Esperanza y, aprovechando los Cuarenta Rugientes (fuertes vientos que soplaban hacia el este), entró en el océano Índico y tomó la Ruta de Brouwer, bautizada así en honor del marino neerlandés que la descubrió en 1611 y adoptada desde esa fecha por los barcos de la compañía para sus viajes a Asia.
Hasta entonces, los navegantes portugueses y árabes usaban otra: seguían paralelos la costa oriental africana pasando por el estrecho de Mozambique y doblando hacia el oeste por el norte de Madagascar, para luego seguir hacia la India y desde allí bajar a las Molucas. La Ruta de Brouwen acortaba el trayecto a la mitad, pero tenía un peligro, como comprobó en 1622 el barco Tryall, de la Compañía Británica de las indias Orientales, al hacerla y terminar naufragando a la altura de Pilbara (una ciudad del noroeste de Australia).
| La Ruta de Brouwer (Redgeographics en Wikimedia Commons) |
El problema estaba en que, tras cruzar la mayor parte del Índico, había que virar hacia el norte en el momento exacto o se podía acabar encallando en la engañosa costa australiana, llena de arrecifes de coral. Y en esa época todavía no había instrumentos técnicos que permitieran calcular la longitud con la precisión adecuada, como le pasó al Tryall y a otros posteriormente. El Batavia, pesado y poco maniobrable, tampoco se iba a librar y avanzaba hacia su funesto destino. La desgracia ocurrió la madrugada del 4 de junio de 1629, después de que el navío se hubiera separado del resto de la flota, perdiendo contacto.
En medio de la oscuridad, los vigías nocturnos se percataron de unos puntos blancos que veían en el horizonte, pero el capitán concluyó que sólo eran reflejos de la luz de la luna sobre el agua. En realidad se trataba de la espuma de las olas rompiendo contra los Houtman Abrolhos, un archipiélago compuesto por más de un centenar de arrecifes que esta a la altura de la ciudad de Geraldton, en el estado de Australia Occidental, pero unos ochenta kilómetros mar adentro. El Batavia se había pasado unas 580 millas del punto previsto para virar hacia el norte.
El buque chocó violentamente con uno de los arrecifes, sumergiéndose parcialmente la proa y elevándose unos metros la popa. Al principio, Pelsaert pensó que habían encallado en un bajío, así que ordenó aligerar de peso la bodega y tender sirgas para tirar de la nave con los botes. Sin embargo, pronto quedó claro que el casco tenía importantes brechas en su recio maderamen de roble y encima el palo mayor amenazaba caerse perforándolo, por lo que tuvo que ser cortado.
No quedaba más remedio que evacuar a la gente con la lancha y la yola, trasladándolas a la precaria tierra, que apenas afloraba unos metros por encima del nivel del mar. De momento se dejó a los hombres en un islote y a las mujeres y niños en otro, mientras continuaban las tarea durante todo el día. Al anochecer aún quedaban setenta personas esperando su turno; tan impotentes que se dedicaron a saquear las bodegas y emborracharse. Muchas no iban a sobrevivir, pues la mayoría no sabía nadar y se avecinaba la catástrofe: un temporal que desató una fuerte marejada durante seis días y obligó a suspender el rescate.
| Secuencia del naufragio y los momentos inmediatamente posteriores en unas xilografías de F. Pelsaert y J. Vliet de 1647 (Wikimedia Commons) |
Golpeada violentamente por enormes olas, la estructura del Batavia fue debilitándose y al final colapsó, siendo engullido el navío por las aguas y quedando emergidos únicamente sus mástiles. Con él se fueron al fondo cuarenta personas; el resto se abrazó como pudo a todo lo que flotase -maderos, barriles...- para intentar llegar a los islotes. Entre estos últimos estaba Jeronimus Cornelisz, que logró salvarse después de dos días zarandeado por el mar; fue el último que lo hizo.
Al centrarse el rescate en la gente, apenas había habido tiempo de sacar víveres, lo que parecía una condena para todos porque aquel desnudo banco de arena carecía de ello: no había árboles y, por tanto, la falta de fruta amenazaba con el escorbuto. La abundancia de langostas -las Houtman Abrolhos son es el mayor caladero de ellas de Australia occidental- y aves marinas -también es uno de los lugares de reproducción más importantes del mundo- garantizaban la comida; incluso se podría cazar algún león marino, pero no había solución para la falta de agua potable, salvo cuando lloviera.
| Traslado de la gente a las islas tras el naufragio, en otras xilografías (Wikimedia Commons) |
Aún así, eran demasiados para asegurar a ciencia cierta un suministro suficiente para todos, por lo que Pelsaeret decidió jugársela embarcando en la yola y el bote -éste arrastrado con sogas por aquélla- con Jacobsz y sus oficiales, así como con un grupo de oficiales, marineros y pasajeros escogidos; medio centenar de personas en total. El plan era, intentar llegar a tierra firme y regresar luego en un barco para rescatar al grueso del grupo superviviente. Toda una odisea porque Batavia -la ciudad, no el navío-, que era su destino, estaba a unos 1.500 kilómetros hacia el norte. Para evitar conflictos, se decidió partir sin avisar.
Por supuesto, los que quedaron se sintieron abandonados y le pusieron a su precario pedazo de tierra el nombre de Isla de los Traidores, mientras que los del otro islote vecino bautizaron el suyo como Cementerio del Batavia (hoy Beacon Island) por razones obvias, ya que el mar siguió arrojando cuerpos a la playa durante varias jornadas. Ese segundo pedazo de tierra, mucho más grande que el otro pero muy cercano, tiene forma de triángulo, con unos 460 metros de longitud por 250 de anchura, y una playa de arena de coral pulverizado que ofrecía cierto resguardo a los náufragos gracias a un pequeño promontorio.
| Escenarios de la tragedia del Batavia (WAM) |
Los dos centenares escasos de supervivientes estaban, en principio abocados a un funesto destino, pero sintieron una leve bocanada de esperanza al encontrar a Cornelisz, exhausto y empapado sobre la arena aún vivo. La razón del optimismo fue la referencia de una autoridad. La marcha del comandante y el capitán les había dejado privados de ella y el papel lo asumió aquel último naúfrago por ser el profesional de más rango que había disponible de la tripulación, pero sobre todo por el carisma y nivel intelectual que había mostrado durante la travesía. Él aceptó encantado porque era darle la vuelta a su realidad reciente: pasaba de ser un apestado social a líder de una comunidad, el inicio de la nueva vida que ansiaba.
Fue algo tan efímero como fantasioso. Las cosas sólo fueron bien los primeros diez días, mientras Cornelisz, presidente de un comité elegido según indicaban las normas de la VOC para esos casos y que integraban otras cuatro personas -entre ellas dos que le veían con recelo por razones religiosas, Franz Jans, el cirujano del barco, y Gijsbert Bastiaensz, un predicador calvinista que viajaba con su esposa y siete hijos-, se centró en organizar las cosas racionalmente para salir adelante, sin analizar con calma y a largo plazo qué pasaría después. Entonces, pasado ese tiempo, su mente empezó a retorcerse y a especular cómo cambiaría todo cuando Pelsaeret y Jacobsz regresaran.
| Beacon Island a vista de pájaro (Guy de la Bedoyere en Wikimedia Commons) |
La razón para ese temor no estaba en perder la sobrevenida posición de que ahora gozaba sino en su implicación en un incidente acaecido semanas atrás, antes del naufragio. Entre los pasajeros viajaban 16 mujeres, unas con sus maridos y otras solas. Entre estas últimas estaba Lucretia Jans, una joven que se dirigía a reunirse en Batavia con su marido, un tallador de diamantes llamado Boudewijn van der Mijlenen. Por su belleza, Lucretia cautivó tanto a Jacobsz como a Pelsaert, hasta el punto de que ambos intentaron ganarse sus favores. Ella les rechazó, pero mientras el capitán no lo encajó bien, el sobrecargo sí aceptó la negativa y gracias a eso consiguió que la mujer se pusiera bajo su protección; al fin al cabo, gozaban de la misma posición socioeconómica acomodada.
Jacobsz tuvo que conformarse con seducir a Zwaantie Hentrix, su criada. Durante la escala en El Cabo, la pareja bajó a tierra para una excursión acompañada de Cornelisz, que también se sentía atraído por Lucretia -como él, había perdido a tres hijos pequeños-, aunque se mostraba más contenido. El capitán volvió a sucumbir a su afición a la bebida y acabó metido en una pelea con colegas de otros barcos, que luego presentaron la consiguiente queja a Pelsaert y éste tuvo que reconvenirle, agravando irreversiblemente su enemistad. Esa turbulenta relación entre los dos fue azuzada astuta y subrepticiamente por Cornelisz con la cínica intención de mostrarse ante Lucretia como mediador.
| La cubierta del Batavia en la réplica a escala de Lelystad (bertknot en Wikimedia Commons) |
Pero ella también se le resistió, razón por la que el enrevesado boticario empezó a urdir otra jugada más grave cuando zarparon de nuevo: convencer a Jacobsz, con el que había entablado cierta amistad, para amotinarse, matar a Plesaert aprovechando que éste sufría uno de los periódicos ataques de la malaria que había adquirido en la India, y quedarse con el rico cargamento que transportaban sin miedo a ser reprimidos. Es posible que por eso el Batavia perdiera de vista al resto de la flota, por artera iniciativa del capitán.
Lograron reclutar a una docena de adeptos, entre marineros y soldados. Y, como había que generar descontento, una noche llevaron a cabo una bárbara acción: asaltaron a Lucretia, embadurnándola con alquitrán y excrementos, quizá también abusando sexualmente. El asalto se hizo con nocturnidad, esperando que la víctima fuera incapaz de reconocer a nadie y que el duro castigo que Pelsaert debería aplicar -pena de muerte- tendría que ser discrecional, es decir, al azar, cuya injusticia enervaría los ánimos de la tripulación. Lamentablemente para los conjurados, la mujer dijo haber reconocido la voz de Jan Evertz, el contramestre.
| Interior del Batavia: uno de los puentes inferiores de la réplica de Lelystad (bertknot en Wikimedia Commons) |
Eso lo cambiaba todo, pues Evertz era amigo íntimo del capitán y Pelsaert sabía que si procedía contra él podría ser la chispa definitiva para que Jacobsz se amotinase. Así que decidió optar por la prudencia y esperar a que hubieran llegado a su destino para tomasr medidas. Efectivamente, la sublevación se quedó sin el esperado caldo de cultivo y también se retrasó esperando un momento más propicio. El naufragio dio al traste con el plan, pero ahora, en los Houtman Abrolhos, todos entraron en un nuevo episodio todavía más escabroso.
Ya en la primera semana murieron una veintena de personas, unas por deshidratación y otras por beber agua del mar; sólo una providencial lluvia que les proporcionó agua ducle evitó que fallecieran todos. Cornelisz se las arregló para imponer su autoridad y someter a aquella desesperada comunidad a sus dictados personales, implantando una justicia implacable para quien desobedeciera -mandó ejecutar a un soldado que había robado vino- y sustituyendo a los miembros del comité por adeptos escogidos entre los conspiradores del motín, reuniendo 24 esbirros para hacerse obedecer por las buenas o por las malas.
| Esqueleto de una de las víctimas encontrado en Beacon Island (Guy de la Bedoyere en Wikimedia Commons) |
A aquellos de los que sospechaba que no eran del todo fieles los dividió en grupos y los envió a explorar las islas adyacentes en unas balsas improvisadas que luego regresaban dejándolos allí esperando a que volvieran a por ellos, cosa que no ocurría. Dado que el sobrecargo se había llevado las dos embarcaciones disponibles, aquel era el único medio que tenían para moverse por el agua, ya que aunque los carpinteros del Batavia habían iniciado la construcción de una lancha con los restos del buque, Cornelisz les ordenó parar y hasta ejecutó a dos que le desobedecieron.
| La masacre del 3 de julio de 1629, según otra xilografía (Wikimedia Commons) |
Unos soldados parcialmente desarmados y enviados en busca de comida a la isla Wallabí Occidental pasaron de allí a otra a la que llamaron Isla Alta (porque tenía dos promontorios, aunque hoy también se la conoce como Wallabi Oriental o Isla Hayes, en alusión al líder del grupo, Wiebbe Hayes) e hicieron señales de humo para avisar de que habían encontrado comida (ualabíes tammar -canguros de pequeño tamaño-, crustáceos, aves) y hasta agua, gracias a que el suelo no era de coral sino de roca caliza. Cornelisz se percató que el grupo de la Isla de los Traidores intentaba unirse a ellos usando restos flotantes del naufragio y mandó a sus hombres a asesinarlos. Los soldados no pudieron impedirlo, pero se libraron de que fueran a por ellos; al menos de momento.
Entretanto, la comunidad había asistido estupefacta a la matanza, que entró en una febril espiral: todo el que no prestase juramento de fidelidad a Cornelisz acababa muerto, aunque ni eso servía para salvarse si se pertenecía al grupo de los débiles, fueran niños, enfermos o inválidos. Las mujeres, en cambio, tenían asegurada la supervivencia porque eran usadas como esclavas sexuales siguiendo las licenciosas costumbres religiosas establecidas. La única que no pudo esquivar a la muerte fue la esposa del predicador Bastiaensz, a la que mataron a hachazos junto a sus hijos, salvándose sólo una el padre y una hija, Judick, porque Coenraat Van Huyssen, mano derecha de Cornelisz, la eligió como concubina.
| Serie de xilografías recreando los fallidos intentos de asalto a la Isla Alta de los soldados (Wikimedia Commons) |
Por supuesto Cornelisz, que había adoptado el trato de capitán general y usaba las lujosas ropas de Pelsaert, se quedó con Lucretia Jans, que junto con la hija de Bastiaensz fue la única que tenía que dispensar un «servicio» exclusivo en vez de entregarse a todos los demás diariamente. Así, en medio de un continuo baño de sangre y un estado de demencial terror, se fueron sucediendo los crímenes hasta superar ampliamente el centenar; ninguno de ellos, por cierto, cometido personalmente por el capitán general. De ese modo, la comunidad se redujo considerablemente, más aún cuando mando aniquilar también al grupo de cuarenta personas que quedaba en la llamada isla de las Focas.
Solamente siete pudieron escapar; se fueron a la isla de Hayes, donde estaban los soldados -autodenominados «los defensores»- y a donde también huían esporádicamente los que podían de la isla principal. Algo que Cornelisz no podía permitir so pena de quedarse solo, así que preparó a sus esbirros para invadir esa isla y acabar con todos. Atacó a finales de julio, después de que su oferta de rendición fuera rechazada, ya que los soldados se habían preparado para el asalto improvisando armas con cuanto encontraron y construyendo una especie de baluarte de piedra sobre un talud que dominaba el único punto posible de desembarco (sus restos, bautizados El Fuerte, todavía se conservan).
| Restos del baluarte construido por Hayes (Rupert Gerrisen en Wikimedia Commons) |
Unos días más tarde hubo un segundo intento que también fracasó, en parte porque los defensores eran militares, en parte porque estaban mejor alimentados y en parte porque superaban en número a los agresores, situación esta última que no hizo sino acrecentarse con el paso del tiempo hasta que la diferencia fue de más del doble. A principios de septiembre Cornelisz fingió una negociación que en realidad era una trampa para asesinar a tiros a Hayes, pero tampoco le salió bien porque fallaron los dos únicos mosquetes disponibles. Entonces intentó sobornar a algunos soldados, pero en un exceso de confianza lo hizo personalmente y el resultado fue que le hicieron prisionero.
Sus leales eligieron como sustituto a Wouter Loos y a mediados de mes lanzaron otro asalto para liberar a su jefe. El nuevo demostró mejores dotes tácticas y estuvo a punto de lograr su propósito: tras dos horas de lucha estaba a punto de vencer cuando apareció un barco en el horizonte. Hayes encendió una hoguera para pedirle ayuda... ¡y resultó ser Pelsaert, que retornaba a socorrerlos! Resultó que su yola había sido rescatada por un buque el pasado 3 de julio y la VOC había fletado una de sus naves, el Zaandam, para ir en busca de los náufragos. También, por supuesto, para salvar lo que pudiera de la valiosa carga del Batavia.
| Xilografías mostrando la llegada del Zaandam y el apresamiento de los asesinos (Wikimedia Commons) |
El viaje se había demorado dos meses porque el capitán del Zaandam no encontraba el rumbo adecuado. Ese error costó muchas vidas, pero ahora se avistaba el fin la sanguinaria dictadura de Cornelisz. Éste fue arrestado junto con sus sicarios, abriéndoseles un juicio allí mismo. Los remisos a confesar fueron sometidos a tormento y al final revelaron la conspiración que el capitán general había urdido con Jacobsz. Éste, acusado de negligencia ante la compañía, ya había sido encarcelado en Batavia -murió en la mazmorra al cabo de un mes-, al igual que el contramaestre acabó colgando de una soga como responsable del ataque a Lucretia.
Corneliusz -que se negó obstinadamente a admitir su culpa- y sus asesinos fueron ahorcados después de que se les amputaran las manos; él intentó envenenarse la noche antes y se le ajustició en medio de fuertes dolores y vómitos. Aquellos que no tenían delitos de sangre concretos, 16, recibieron un centenar de latigazos y fueron trasladados a bordo para llevarlos a prisión. Luego, Pelsaert halló nueve de los cofres con monedas y para buscar el resto envió un bote por las islas, mandado por el capitán del Zaandam -que también se apellidaba Jacobsz, aunque de nombre Jacob- y cinco marineros. No sólo no lo encontraron sino que murieron ahogados.
| Xilografías mostrando las ejecuciones in situ y los interrogatorios bajo tortura practicados en Batavia (Wikimedia Commons) |
El barco zarpó a mediados de noviembre con 68 hombres, 7 mujeres y 2 niños supervivientes, incluyendo a los reos, aunque dos fueron abandonados en la costa australiana, en en Wittecarra Creek: Wouter Loos, el sucesor de Cornelisz en el mando, y Jan Pelgrom de Bye, un sádico adolescente que había rogado a sus compinches que le dejasen participar en las matanzas y al que todos consideraban loco. Los aborígenes mataron al segundo porque su pelo rojizo era considerado de mal augurio, mientras que su compañero pasaba el restoi de su vida con la tribu. Una placa recuerda hoy el lugar del que quizá fue el primer colono -involuntario- de Australia.
El Zaandam atracó en Batavia el 5 de diciembre de 1629 y los prisioneros fueron puestos a disposición de la justicia. El gobernador Jan Pieterszoon Coen consideró insuficiente la pena de azotes dictada por Pelsaert y condenó a la horca a otros cinco; el resto acabaron en trabajos forzados y destierro excepto uno, Jacob Pietersz, otro de los ayudantes de Cornelisz y responsable confeso de haber matado a 17 personas: sentenciado a la rueda (es decir, se la ató a una estructura circular sobre la que el verdugo le rompió los huesos), fue capaz de resistir el castigo sin confesar y eso le libró de una condena a muerte.
| Estatua erigida en Garaldton en honor de Wiebbe Hayes, el líder del grupo de soldados que se enfrentó a los asesinos (Massey 9293 en Wikimedia Commons) |
Curiosamente, entre los encausados figuró también Lucretia, acusada de «provocación, incitación a actos malvados y asesinato de los
supervivientes… algunos de los cuales perdieron la vida debido a su mala
fe». Ella lo negó todo y se dispuso su tortura, sin que se sepa si al final fue aplicada, aunque sí consta que al final terminó absuelta. Entretanto había enviudado y se casó en segundas nupcias con un sargento de la VOC llamado Jacob Cornelisz Cuick (que no tenía nada que ver con Jeronimus Cornelisz), regresando a Europa.
A sargento precisamente ascendió Wiebbe Hayes por mediación de Pelsaert, que luego le subió un grado más, a teniente. Sus soldados también recibieron ascensos a cabo como premio a su heroico comportamiento. En cuanto al propio Pelsaert, en primera instancia se le reprochó su falta de autoridad, por lo que fue suspendido y se le confiscaron sus bienes, no llegando a tomar posesión del puesto en el Alto Gobierno de Batavia para el que había sido elegido. Pero ese mismo año de 1630 se revisó el caso y le rehabilitaron, aunque falleció poco después en un viaje a Sumatra.
| Sección de popa del casco del Batavia conservada y expuesta en las Shipwreck Galleries de Fremantle, Western Australian Museum (Vunz en Wikimedia Commons) |
Antes tuvo tiempo de escribir un relato de los hechos del Batavia. Hechos que tienen un interesante epílogo: en 1840 el capitán británico John Lort Stokes, que servia en el HMS Beagle (el barco en el que Darwin dio la vuelta al mundo; ambos compartieron camarote), estaba cartografiando la costa noroeste de Australia cuando descubrió el pecio del Zeewijk, un mercante de la VOC que naufragó en los Houtman Abrolhos, lo que sirvió de referencia para que en 1962 se encontrara el del Batavia.
Los arqueólogos identificaron también los tristemente célebres islotes y desenterraron varios esqueletos y multitud de objetos (armas, cerámica, enseres de cocina, astrolabios...), incluyendo parte de la plata no recuperada por Pelsaert. En la primera mitad de los años setenta se procedió a rescatar lo que se pudo del maderamen del maltrecho casco, remontandolo sobre una estructura de acero junto con varios cañones y un ancla. Hoy se exponen en las Shipwreck Galleries de Fremantle, Western Australian Museum.
BIBLIOGRAFÍA:
-VAN HUYSTEE, Marit (ed.): The Batavia journal of François Pelsaert.
-FITZSIMONS, Peter: El Batavia. Traición, naufragio, asesinatos, esclavitud sexual, valor...
-DASH, Mike: Batavia's Graveyard.
-LEAVESLEY, James H: The 'Batavia', an apothecary, his mutiny and its vengeance.
-LEYS, Simon: Los náufragos del Batavia. Anatomía de una masacre.
-DABITCH, Christophe y PENDANX, Jean-Denis: Jeronimus.
-PALOMINO, Juan Manuel: La pesadilla de los náufragos del "Batavia".
-El Batavia. Terror y muerte (en Singladuras por la Historia Naval).
-Historia del Batavia, 1628-1963 (en WAM, Western Australian Museum).
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