Curiosidades documentales de la Edad Media
En la imagen de cabecera vemos cómo un artista inglés del siglo XV ideó una insólita, ingeniosa y divertida forma de hacer una corrección
de texto: en lugar de tachar lo que había escrito por error, sitúa a una persona tirando del párrafo despreciado. No era plan de desechar el pergamino entero,
un tipo de soporte documental muy caro por su escasez. Se conserva en la British Library.
El papel llegó a Europa en el siglo XI. Lo introdujeron en Al Ándalus y Sicilia los musulmanes, que a su vez lo habían descubierto hacia el 751 d.C. al incautarles el cargamento a dos comerciantes chinos. Hasta entonces se utilizaba el pergamino, que consistía en una piel de animal (sobre todo cordero, pero también ternera, cabrito o incluso un no nato, en cuyo caso se denomina vitela) que al ser mucho más resistente tenía mejor consideración, hasta el punto de que costó mentalizarse para realizar el cambio.
Dado ese carácter más frágil y perecedero del papel, coexistió con el pergamino con cierta desventaja y no alcanzó su gran momento hasta que unió su existencia a la de la imprenta, a partir de 1440. Al fin y al cabo, los pergaminos no atraían tanto la voracidad de insectos y roedores y resultaban más fáciles de conservar, aunque abundaran menos.
También facilitaban la reescritura, borrando lo anterior (los famosos palimpsestos) o simplemente añadiendo texto por detrás o en un doblez sobrante, como ocurre en Nodicia de Kesos (una lista de reparto de quesos de un monasterio leonés que se guarda en el Archivo Catedralicio de León y fue escrita, en el siglo X, en el reverso de una carta de donación que había perdido su validez jurídica).
Asimismo, la consistencia del pergamino permitía la corrección de fallos, todo lo cual nos ha dejado algunas curiosidades. Por ejemplo, preguntémonos: ¿el silencio es amarillo? Pues sí, al menos para el amanuense que hizo el códice manuscrito iluminado del siglo IX d.C. de la segunda imagen. Ese rectángulo amarillo integral bajo el epígrafe «factum est Silentium in Celo» es una insólita e imaginativa representación visual del silencio.
Se conserva en el Monasterio de Silos con el título Fragmento de Nájera y en realidad es uno de los treinta y un beatos existentes, es decir, las distintas copias que hay del Commentarium in Apocalypsin («Comentarios al Apocalipsis de San Juan»). El nombre de beatos se refiere a que su autor fue Beato de Liébana, un monje del Monasterio de San Martín de Turieno (actual Santo Toribio de Liébana, situado en la parte cántabra de los Picos de Europa).
Pero hay más curiosidades. Si nos vamos hasta la Biblioteca Universitaria de Leiden, ciudad de los Países Bajos, encontramos un pergamino que muestra uno de los problemas que presentaba ese tipo de material: los folículos pilosos del animal. Los pergaminos, recordemos, se hacían con pieles a las que mediante un tratamiento se eliminaba la epidermis e hipodermis para dejár sólo la dermis.
Ahora
bien, si los folículos de ésta eran demasiado profundos, el proceso de
lijado resultaba insuficiente y quedaban visibles. Eso resulta útil a
los investigadores para determinar de qué animal procede el pergamino,
pero constituía todo un problema para el escriba, que se veía obligado a evitar
esa zona, dejándola en blanco y escribiendo alrededor.
No todo era negativo. Al contrario que el papel, el pergamino permitía realizar reparaciones cosiéndolo, ya sea para disimularlo, ya para resaltarlo con hilos de colores y un bordado digamos artístico. Ambas posibilidades muestran las dos fotografías que vemos a continuación: en la primera, otro ejemplar de la biblioteca de Leiden presenta una rasgadura que ha sido cosida para devolver al conjunto su integridad; en la segunda, de la Biblioteca Universitaria de Upssala (Suecia), un agujero fue primosorsamente remendado por las monjas propietarias del manuscrito.
Sigamos. ¿Tienen manos los libros? No, claro, pero algunos sí poseen manecillas (del latín manicula). Así es como se denomina a unos glifos que adoptaban la forma de una mano con un dedo extendido y se colocaban en el margen -bien el izquierdo, bien el derecho- para destacar una frase o párrafo que el autor consideraba de especial interés. Existen
al menos desde su aparición en el Domesday Book, una especie de censo
de Inglaterra encargado por Guillermo el Conquistador y terminado en el
año 1086.
Normalmente era el dedo índice el que señalaba, pero podía hacerse con otro o con todos y, a menudo, el diseño de la mano se enriquecía añadiéndole una cara, cuerpo o lo que fuera, como vemos en la imagen anterior de un manuscrito de la British Library. Es del siglo XIV, igual que el que sigue, realmente original e ingenioso al superar la limitación dactilar con los tentáculos de un pulpo; pertenece al Paradoxa stoicorum de Cicerón, conservado en la Bancroft Library de la Universidad de Berkeley (California, EEUU).
Las anotaciones y dibujos colocados en los márgenes se llaman marginalia. Son algo típicamente medieval y si hay algo que los caracteriza, al menos en los de tipo artístico, es la proliferación de representaciones de animales en actitud combativa. Sobre todo caracoles y conejos, quizá por el contraste que ofrecen ante los caballeros con armadura que se les enfrentan, aunque en realidad nadie sabe a ciencia cierta la explicación.
Volvamos al siglo XIV. Fue entonces, en el 1375 aproximadamente, cuando se hizo uno de los trabajos cartográficos más importantes del Medievo: el Mapamundi de los Cresques, llamado así debido a que se atribuye su autoría a los judíos mallorquines Cresques Abraham y su hijo Jafuda, aunque es más conocido como Atlas Catalán porque está en esa lengua. Es un planisferio que consta de seis hojas dobladas y pegadas sobre madera, mostrando el mundo conocido entonces (Europa, note de África y Asia), más una cosmografía y un calendario. Se conserva en la Biblioteca Nacional de Francia e incluye la primera representación en un mapa de una rosa de los vientos.
Muchos libros medievales no fueron escritos en un lenguaje normal (más allá de que en aquella época se emplearan otras escrituras que requieren saber paleografía, como la visigótica, la carolina o la gótica) sino en caracteres aparentemente cifrados. En realidad no se trataba de códigos encriptados propiamente dichos sino de abreviaturas que permitían al copista hacer su tarea con mayor rapidez y fueron creadas ya en la Antigüedad; Marco tulio Tirón, secretario de Cicerón, inventó la notación tironiana, formada inicialmente por un millar de signos.
En la Edad Media no sólo siguieron usándose esos sistemas sino que se ampliaron a trece mil y únicamente podían ser descifrados por los monjes de los scriptoria. Obviamente, no solía escribirse así todo el volumen, si bien hay algunas excepciones, quizá hechas para el aprendizaje y memorización del código. Lo habitual es que hubiera una sección específica para ello, como una especie de guía. Aquí vemos un ejemplo con la primera página del Commentarii notarum tironianarum, obra datada en el siglo IX.
Y acabamos por hoy con este perro. Lo que lleva escrito en el cuerpo no es su nombre sino las palabras clave correspondientes al inicio de la siguiente página del cuadernillo de un libro manuscrito. Como los cuadernillos o quires estaban compuestos por cinco pliegos de papel doblados y éstos se colocaban unos dentro de otros para su encuadernación, existía la posibilidad de cometer un error al ordenarlos. Para preverlo, el amanuense copiaba el inicio de uno al final del anterior y así se podía comprobar si coincidían.

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