Titivillus, el demonio que registraba las erratas escritas y los chismorreos en el rezo

 

Satanás, Lucifer, Luzbel, Belcebú, Asmodeo, Leviatán, Belfegor, Azazel, Belial, Abadón, Lilith... Éstos son algunos de los demonios más conocidos de la tradición judeocristiana. Cada uno representaba una faceta del mal, ya fueran los pecados capitales (soberbia, avaricia, lujuria, gula, ira, pereza y envidia), ya otros vicios o manifestaciones de algo negativo, caso del caos, la codicia, los descubrimientos nocivos, la culpa, etc. En este último y diverso cajón de sastre tuvo cabida, a partir de la Baja Edad Media, la errata; la entidad demoníaca adscrita a ella se llamaba Titivillus y se la consideró, con humor burlón, el «patrón de los escribas».

Grabado de principios del siglo XVII con una versión de Titivillus 
 

Es evidente el porqué de ese sardónico patronazgo: en una época anterior a la invención de la imprenta, la copia de libros y documentos se hacía a mano y resultaba prácticamente imposible completar un trabajo sin haber cometido algún fallo. Como a menudo los amanuenses eran religiosos, puesto que los scriptoria de los monasterios fueron los depositarios, conservadores y difusores del patrimonio bibliográfico y documental, se decía que Titivillus se encargaba de recopilar los errores que hacían al copiar para presentarlos como pruebas en su contra cuando comparecían ante Dios al morir o incluso en el Juicio Final.

 

Un arcángel pesando almas mientras dos demonios aportan pruebas durante el Juicio Final. Mosaico de la basílica veneciana de Santa Maria Assunta de Torcello

Ahora bien, en cuanto el invento de Gutenberg permitió copiar a gran escala, Titivillus subió de nivel y pasó a ser también «patrón de los impresores», ya que los tipógrafos tampoco eran ajenos a la introducción involuntaria de erratas. Lo de involuntaria es un decir, puesto que éstas serían una consecuencia de la injerencia del demonio en cuestión, quien pasaría así de ser mero compilador a agente activo, al menos desde que así lo describiera el escritor y bibliotecario parisino Anatole France ya bastante tardíamente. 

El caso es que Titivillus no es tan viejo como se pudiera creer. Como decía antes, la primera referencia no se encuentra hasta tiempos bajomedievales: concretamente hasta el primer cuarto del siglo XIII, que fue cuando el germano Cesáreo de Heisterbach, prior de la abadía cisterciense homónima, lo mencionó en su libro Dialogus miraculorum. Decía en él que el demonio en cuestión iba guardando en un saco las palabras omitidas, los errores de pronunciación, los murmullos distraídos durante el rezo de oraciones y los chismes durante la misa, con vistas a acusar a clérigos y fieles ante el Señor.

 

Titivillus y un amanuense en una ilustración del siglo XV (Wikimedia Commons)

Cesáreo escribió su obra hacia el 1230 d.C., unos cincuenta y cinco años antes que el Tractatus de Penitentia de Juan de Gales, un franciscano galés que escribía en latín (firmaba como Johannes Guallensis) y fue doctor de teología, ejerciendo la enseñanza en la universidad de Oxford. En ese libro, el autor explica que el personaje reúne sílabas y palabras saltadas, tachones y otras erratas que va acumulando en un saco. Este elemento, el saco, no era original porque lo había empleado con anterioridad Jacobo de Vitry en su Sermones vulgares, que pudo leerse ya desde 1226 d.C.

 

Titivillus con su saco (centro) el Juicio Final. Fresco del monasterio de Horezu, obra del maestro dieciochesco Constantinos 

Fue un teólogo e historiador francés que participó en la Quinta Cruzada llegando a ser obispo de Acre y cardenal, narrando cómo un hombre santo encuentra en el coro de una iglesia a un ser diabólico que porta un saco lleno de algo que resultan ser las palabras y sílabas que los clérigos roban a Dios al orar demasiado rápido o saltarse partes, todo lo cual constituirá una prueba contra ellos el Dia del juicio Final. Sin embargo, ni Jacobo de Vitry ni los otros mencionan el nombre de dicho demonio, por lo que la autoría primordial sigue incierta.

Etimológicamente, Titivillus deviene del término latino titivillicium, que el comediógrafo romano Plauto acuñó en su obra Casina hacia el año 200 d.C. como sinónimo de nimiedad, algo carente de importancia, alusivo a la recolección de chismes y sílabas (minucias). Es posible que tal derivación no fuera pura, sino que se mezclara con otras palabras: así, en la Ciudad de Dios, San Agustín recoge una lista de divinidades romanas relacionadas con las labores agrícolas y una de ellas es la diosa menor Tutilina, a la que se adoraba al aire libre y cuyo trabajo consiste en protegerlas cosechas y grano recolectados.

San Agustín obliga al Diablo a participar en la liturgia cristiana, obra de Michael Pacher. También se ha titulado El demonio presentando a San Agustín el libro de los vicios y no hay que olvidar la leyenda de que Titivillus mostró al santo las anotaciones que tenía sobre los pecados de la Humanidad y le exigió que apuntase también los suyos (Wikimedia Commons) 

Hay otras propuestas: una combinación de totus y villis, la latinización burlesca del verbo sajón tutil (tocar el cuerno), la actividad de escritor (tituli) o, simplemente, que carece de significado (de ese modo lo interpretan Erasmo y el jesuita Pedro de Salas). El mismísimo Shakespeare usa tillyfally como sinónimo de tontería en Enrique IV, al igual que otros autores isabelinos recurren a la expresión titivillitium para hablar de algo nimio o impertinente y el humanista Luis Vives llama Titillitiuma uno de sus personajes, un don nadie.

Aunque el nombre del demonio en cuestión aparece a veces con múltiples variantes, como Tutivillus o Tinivillus (o incluso su españolización Titivilo), lo cierto es que no lo hace de forma explícita hasta que así lo recoge el citado Anatole France a partir de 1865, inspirándose en los printer devils (demonios de imprenta) de la iconografía anglosajona, y además mezclando atributos con otros diablillos del arte. Sin embargo, conviene tener en cuenta que estos últimos, que sí datan de tiempos medievales, no siempre deben identificarse con Titivillus. 

  

Anatole France (Wikimedia Commons)

Y es que, pese a que a menudo se representan cargando con un saco -que puede ser un cesto o un simple hato de libros- de pecados, suele tratarse de demonios jerárquicamente superiores; buen ejemplo podría ser el que frecuentemente acosa al evangelista San Juan, vaciándole el tintero o robáncole el cálamo, para que no escriba el Libro del Apocalipsis. El propio Belial, demonio de categoría superior cuyo nombre significa «sin valor», porta un pergamino con pecados anotados. Otro, llamado Milmañas, también se encargaba de registrarlos.

De hecho, todas las referencias que hay entre los siglos XII y XVIII, aproximadamente un centenar de obras escritas, hablan de un demonio que anota los pecados y virtudes de cada ser humano para que en su momento se pueda juzgar su alma. Es más, no se trata de una exclusiva del cristianismo sino de un concepto que se remonta ya a Babilonia y del que dan fe en Grecia (Eurípides) y en la tradición judía. Hasta la mitología hindú tiene una versión: Chitragupta, secretario del dios de los muertos, Yama, responsable de llevar un registro de las acciones que comete cada persona a lo largo de su vida.

 

La Virgen de la Misericordia con los Reyes Católicos y su familia. Arriba a la derecha se aprecia un demonio con un hato de libros. Obra de Diego de la Cruz (Wikimedia Commons)

Pero el Titivillus contemporáneo no se conforma con reunir erratas sino que también induce a cometerlas, cosa insólita hasta entonces, de ahí que su patronazgo de escribas e impresores sea reciente, del siglo XIX. No obstante, el Titivillus original sí figura en la literatura europea del Medievo y el Renacimiento, sobre todo en la homilética (rama de la teología pastoral que estudia la predicación pública y la preparación de sermones de manera clara y ordenada mediante la aplicación de la retórica), al igual que lo hace en las artes plásticas.

En ocasiones no se le muestra actuando solo sino acompañado de otros de su especie, como Grisillus, encargado de apuntar las erratas de los laicos -Titivillus se centraría en las de los clérigos- o Terlyncel, que incita a las mujeres al chismorreo. Así lo expone el dominico inglés John Bromyard en su Summa predicantium (ca. 1348) , una antología alfabética de sermones y exempla, mientras que el sacerdote y poeta John Audelay dice en su Stanza on the abuse of prayer (ca. 1426) que Titivillus instiga al pecado y su compañero Rofyn es quien apunta las faltas.

Dos divertidos demonios incitando a unas mujeres al chismorreo y anotándolo. Fresco de la iglesia de St. Pierre del Mesnil-Aubert  (Xfigpower en Wikimedia Commons)

Hay textos anteriores al reseñado de Jacques de Vitry en los que se mentan demonios recolectores de erratas, al igual que se muestran en pintura (frescos, tablas, ilustraciones en miniatura de libros miniados), escultura (capiteles, dovelas, ménsulas) y grabados, todo ello desde el románico hasta el barroco, pasando por el gótico, el renacentista y el arte bizantino. si hablamos de literatura, este tipo de demonio tuvo una presencia importante, como figura cómica subversiva, en el teatro de la Inglaterra bajomedieval; más concretamente en el Ciclo de Towneley o Wakefield Mystery Plays, una treintena de obras teatrales basadas en la Biblia. 

Demonio haciendo anotaciones en una tablilla. Miniatura de 1562 de un libro de cantos de la abadía suiza de San Galo
 

En resumen, la figura de Titivillum está mucho más llena de aristas y resulta menos clara de los que en principio pudiera parecer. Su nombre mismo, del que se pueden contar decenas de versiones, es una demostración palpable de que, en cierta manera, ese demonio hace honor a su fama confundiendo a quienes escriben -o escribimos- sobre él.

 

BIBLIOGRAFÍA:

 -GONZÁLEZ MONTAÑÉS, Julio I: Tutivillus. El demonio notario. 

-JENNINGS, Margaret: Tutivillus. The Literary Career of the Recording Demon.

-DROGIN, Marc: Medieval Calligraphy: Its history and technique.

-ARAGONÉS ESTRELLA, Esperanza: Visiones de tres diablos medievales.

 

 Imagen de cabecera: El demonio anotando cotilleos (grabado de Hans Weiditz ca. 1520).


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