La masacre de la familia German a manos de los guerreros-perro cheyennes en 1874


Probablemente uno de los episodios más crudos e impresionantes de la historia del Salvaje Oeste sea el que suele conocerse como la Masacre de la familia German. El epígrafe es claro y sintetiza en qué consistió: en septiembre de 1874 una partida de guerreros cheyennes asaltó en territorio de Kansas a una familia de humildes colonos que emigraban desde Georgia a Colorado, matando y mutilando al padre, la madre y tres hijos, además de secuestrar a cuatro hijas. Lo más impactante fue que dos de estas últimas fueron rescatadas y otras dos devueltas, todas en penoso estado tras sobrevivir a las mismas condiciones de penuria que sufrían sus captores.

John German era un emigrante alemán que, junto con su esposa Lydia (apellidada Cox de soltera), se estableció en una granja cercana a Morganton, en el condado de Fannin (Georgia), en la década de los cincuenta del siglo XIX. Durante la Guerra de Secesión vistió el uniforme gris de los sudistas y, al resultar derrotada la Confederación en 1865, pasó un tiempo prisionero. Una vez liberado ese mismo año regresó a casa para encontrarse con un panorama desolador: su granja había quedado destruida y empezar desde cero se presentaba difícil para alguien que necesitaba proporcionar un futuro a una prole que ya sumaba siete hijos, tres chicos y cuatro chicas. 

Itinerario de la Senda de Oregón (Wikimedia Commons)

La solución fue la de tantos otros inmigrantes de su tiempo: emprender un nuevo viaje hacia el Oeste, a donde se dirigían tantas caravanas llenas de colonos en busca de una nueva vida, atravesando el país hacia la costa del Pacífico. La Oregon Trail y la California Trail eran rutas caravaneras que partían desde distintos puntos del entorno del río Misuri y discurrían por futuros estados como Kansas, Wyoming, Nebraska y Utah, cruzando desiertos y atravesando cordilleras hasta alcanzar la tierra de promisión que esperaban. Un itinerario arduo y peligroso que suponía enfrentarse a los elementos (ríos, nevadas, tornados, serpientes), a la complejidad logística (escasez de provisiones) y la posible belicosidad de los indios.

Los German eligieron la Senda de Oregón porque un amigo les animó a ello por carta, así que emprendieron la marcha el 10 de abril de 1870 y llegaron al condado de Howell, en Misuri, donde se quedaron un par de años acogidos por algunos familiares antes de decidir reanudar el camino. su siguiente escala fue en Elgin, Kansas, donde German y Stephen, su primogénito de dieciocho años, trabajaron labrando campos de la Reserva Indígena Osage durante diez meses para reunir fondos con los que costear el resto del viaje. Así, para agosto de 1874 ya estaban en Ellis, en la misma Kansas, donde les aconsejaron tomar una ruta que seguía el curso del río Smoky hasta Fort Wallace, de modo que dispusieran siempre de agua fresca.

Pila de cráneos de bisonte en la década de los setenta del siglo XIX esperando a ser molidos para su uso como fertilizante (Soerfm en Wikimedia Commons)

Así lo hicieron y al mes siguiente, cuando apenas les quedaba una jornada para avistar el fuerte, acamparon junto al cauce fluvial sin imaginar que una fatal tragedia se cernía sobre la familia. La región se había vuelto peligrosa en los últimos años. Los cazadores de bisontes, que proveían de carne a Fort Dodge y de pieles a los mercados del Este, mataban decenas de ellos privando a los indios de un animal que les proporcionaba comida, abrigo e incluso espiritualidad. Y lo malo era que, aunque el Tratado de Medicine Lodge les garantizaba la exclusividad cinegética desde el río Arkansas hasta la frontera sur del Territorio Indio, los cazadores solían hacer caso omiso de ello.

De esa manera, en 1872 las manadas estaban diezmadas, poniendo en peligro la subsistencia de cheyennes, arapajos, kiowas y comanches. Las quejas que hicieron llegar al gobierno cayeron en saco roto; de hecho, el general Phil Sheridan llegó a decir que los cazadores habían hecho más para zanjar el problema indio en dos años que el ejército en treinta y, consecuentemente, no sólo no frenó la caza sino que la alentó. Contaba con una baza a su favor: en la campaña que él mismo había dirigido entre 1868 y 1869 aplastó a los cheyennes del sur a la par que acababa con los arapajos sin necesidad de combatir, simplemente mirando hacia otro lado cuando los contrabandistas empezaron a suministrarles alcohol.

El mesiánico comanche Isatai fotografiado hacia 1880 (Wikimedia Commons)

Pese a todo, las tribus contuvieron su malestar hasta 1874, cuando una hambruna provocada por el incumplimiento gubernamental de enviarles víveres y la imposibilidad de paliar ese vacío con bisontes fueron el detonante de una nueva guerra. La lideró Isatai (Águila Blanca), un joven hombre-medicina comanche de aura mesiánica que aseguraba ser inmune a las balas y predijo acertadamente el paso de un cometa que vendría seguido de penalidades, como así fue. Isatai convocó la celebración de una Danza del Sol a la que se unieron kiowas y arapajos, pero sobre todo cheyennes, los más belicosos, reuniéndose hasta medio millar de guerreros.

Dirigidos espiritualmente por él y por los jefes de guerra Quahah, Satanta y Gran Árbol, el 27 de junio de 1874 atacaron el pequeño asentamiento de cazadores de Adobe Walls... y el resultado fue desastroso: los defensores, parapetados en un puñado de cabañas y pese a ser sólo veintiocho hombres, no sólo lograron resistir gracias a sus rifles Sharp de largo alcance sino que también hirieron a un centenar de enemigos, entre ellos Quanah, echando por tierra el prestigio de Isatai. Los guerreros se dispersaron en grupos para realizar razias independientes, matando a decenas de blancos. Eso supuso el final de la llamada Política de Paz que se había intentado aplicar hasta entonces y se encomendó al general William Tecumseh Sherman la misión de solucionar las cosas.

La batalla de Adobe Walls, obra del artista Joe Grandee
 

Su plan consistía en presionar a los indios enviando columnas confluyentes desde distintos puntos, algo que llevó a que sus respectivos mandos tratasen de alcanzar su objetivo antes que sus colegas. Fue lo que ocurrió con el coronel Nelson Miles, el hombre que años después conseguiría apresar a Gerónimo y que ahora veía en su misión la oportunidad de demostrar que su ascenso por méritos era por méritos de guerra -no había pasado por West Point- y no, como se rumoreaba, por estar casado con una sobrina de Sherman. Sometiendo a sus soldados a un inusitado esfuerzo -extenuantes marchas de cuarenta kilómetros diarios que los dejaron sin agua, obligándoles a hacerse cortes en los brazos para beber su propia sangre-, Miles localizó a los cheyennes pero éstos lograron, finalmente, escapar.

En esa paroxística carrera, Miles cometió el error de no detenerse a limpiar lo que dejaba detrás, lo que permitió que un pequeño grupo indio pudiera seguir campando a sus anchas. Eran Hotamétaneo'o, es decir, «Guerreros-perro», una de las seis sociedades militares cheyennes que quedaban después de que el Ejército masacrara a la mayoría en la batalla de Summit Springs de 1869. Muy jóvenes y extraordinariamente feroces, su jefe, Medicine Water (Agua Medicinal), encontró como primeras víctimas a los seis miembros de un equipo de topógrafos gubernamentales que aniquiló. Los siguientes iban a ser los German, que el 11 de septiembre se disponían a levantar el campamento junto al río cuando diecinueve indios se abatieron sobre ellos dispuestos a vengar la humillación sufrida en Adobe Walls. 

Un guerrero-perro cheyenne, obra de Steve Lang

John y Stephen murieron tiroteados, mientras Lydia lo hacía de un golpe en el cráneo que le propinó Mochi, la esposa de Agua Medicinal. A continuación, los tres fueron escalpados, quizá mientras alguno de ellos aún agonizaba. Óbitos rápidos y casi deseables, comparados con lo que les esperaba a las hijas. La mayor, Rebecca, intentó defenderse desesperadamente blandiendo un hacha, pero en vano. Resultó herida y acabó violada en grupo antes de que la envolvieran en mantas y la arrojaran viva al fuego con que habían incendiado el carromato. A sus cinco hermanas todavía les aguardaba una odisea, pues los guerreros-perro se las llevaron en su huida tras saquear todo lo que consideraron útil. 

Tras galopar unos quince kilómetros pararon para descansar y violar a Joanna, de quince años, de quien les atrajo su larga cabellera rubia, que le arrancaron tras asesinarla para hacer una especie de trofeos con los que adornaron sus rifles; cinco concretamente, que representaban a cada uno de los German muertos. A continuación volvieron a cabalgar hasta su poblado, en Panhandle (norte de Texas), compuesto por tres centenares de tipis, donde entregaron a sus prisioneras a las mujeres de la tribu. Éstas ataron a Catherine, de diecisiete años, a un caballo que soltaron por la pradera para que lo persiguieran los hombres; quien lo atrapase pasaría a ser dueño del animal y la chica. Posteriormente sería violada en grupo varias veces y sometida a un duro trato por parte de Mochi.

 

Catherine y Sophia German
 

Mochi era una superviviente de la Masacre de Sand Creek, en la que el poblado de Black Kettle (Caldera Negra) fue atacado por los voluntarios del coronel John Chivington. Eran una combinación de cheyennes y arapajos que habían firmado la paz y por tanto se consideraban a salvo, bajo la protección del gobierno estadounidense. De hecho, Caldera Negra enarboló una bandera de barras y estrellas cuando oyó llegar a los blancos, pensando que de esa forma les dejarían en paz. Se equivocaba porque Chivington no atendía a razones y no entendía que aquella gente se mantenía al margen de las partidas de Guerreros perros que asolaban el territorio, soliviantando los ánimos. 

Mochi, cuyo nombre significa Mujer Búfalo, contaría luego cómo un soldado entró en su tipi dispuesto a violarla y ella lo abatió de un disparo para luego unirse a los que escapaban. No fueron muchos; se calcula que el número de víctimas mortales ascendió a centenar y medio, dos tercios de ellas mujeres y niños. Aparte, se llevaron a cabo violaciones y torturas que provocaron una impresión tan honda en Mochi que a partir de ahí debió de odiar al hombre blanco y se convirtió en guerrera, siguiendo en sus incursiones a Agua Medicinal, al que conoció en 1865 durante el ataque y saqueo a los almacenes de Camp Ranking.

Agua Medicinal y Mochi fotografiados durante su cautiverio en Fort Marion (Florida) hacia 1875 (Wikimedia Commons)

Volviendo a los German, las otras hermanas, Sophia (doce años), Julia Arminda (siete) y Nancy Adelaide (cinco) debían de estar aterradas esperando su turno, que no llegaría inmediatamente sino de forma paulatina, objeto de burlas de los niños indios obligadas a trabajar como esclavas recibiendo a cambio una magra manutención. Finalmente, Julia y Adelaide fueron vendidas a la banda de Grey Beard (Barba Gris), curandero de los cheyennes del sur y superviviente de San Creek que también había sido un implacable jefe de los guerreros-perro y participado en la lucha de Adobe Walls. Mientras Agua Medicinal se unía a otros grupos, Barba Gris dirigió a los suyos por el este de Llano Estancado, una de las mesetas más grandes de América, al sur del río Canadian, entre el noroeste de Texas y el noreste de Nuevo México.

Unos días después de la masacre de los German, una patrulla de Fort Wallace encontró los cuatro cadáveres. Entre los objetos que los indios habían dejado, por inútiles, había una Biblia que llevaba escrita en sus guardas los nombres de toda la familia. Eso sirvió a los soldados para deducir que los indios se habían llevado a cinco de las hijas; la noticia tuvo repercusión nacional y rescatarlas se convirtió en una exigencia popular y un deber militar. El primer paso en ese sentido se dio la mañana del 8 de noviembre en McClellan Creek, cuando un destacamento al mando del teniente Frank Dwight Baldwin se topó con el campamento de Barba Gris y lo atacó pese a contar sólo con ochenta hombres (una compañía de infantería, dos de caballería y un cañón) frente a unos doscientos enemigos.

La carga de Baldwin en McClelland's Creek vista por un artista anónimo en 1881 (Wikimedia Commons)

La ingeniosa táctica que adoptó para contrarrestar esa inferioridad numérica (dispuso los treinta y tres carros en dos filas, cada uno llevando uno o dos soldados disparando, y los jinetes flanqueando el conjunto) se reveló innecesaria: los cheyennes apenas ofrecieron resistencia, carentes de municiones y debilitados por la falta de comida, prefiriendo huir. Baldwin les incautó los ponis y prendió fuego a las tiendas mientras descubría con sorpresa a dos niñas blancas, también desnutridas y medio desnudas, que resultaron ser Julia y Adelaide German. Fueron trasladadas a Fort Leavenworth, Kansas, pero aún faltaban dos hermanas. La búsqueda no había terminado y lo haría al mismo tiempo que la guerra.

Fue cuatro meses más tarde, en marzo de 1875. El coronel Miles proseguía la campaña, llevando a los indios a la situación de indigencia tal que no les quedó más remedio que rendirse. Cuando el jefe cheyenne Stone Calf (Becerro de Piedra) guió a sus guerreros a la agencia de Brinton Darlington junto a los líderes de otras bandas para entregar las armas. Allí iban también Catherine y Sophia, tan demacradas como sus hermanas (pesaban treinta y seis y veintisiete kilos respectivamente) porque, al fin y al cabo, los indios no presentaban un aspecto mejor. Quizá todo hubiera acabado sin más de no ser por que algunas partidas cheyennes se negaron a capitular y huyeron hacia el norte. No les sirvió de nada y, en cambio, perjudicaron a los suyos.

 

El combate de Sappa Creek, obra de C.D. Graves

Los irreductibles fueron alcanzados en Sappa Creek y exterminados; no se hicieron prisioneros, pese a que iban con ellos mujeres y niños, algunos asesinados a sangre fría por los soldados antes de que se ordenase quemar los cuerpos para que no quedasen pruebas. Entonces llegó el turno para los cautivos, con quienes se exigía hacer un escarmiento. El presidente Ulysses S. Grant ordenó que se separase al grueso de la gente de los instigadores, pero al final pagaron muchos más. Una de las cosas que se hizo fue organizar una rueda de reconocimiento para que Catherine y Sophia identificasen a los cheyennes que las habían secuestrado, violado y maltratado. Aunque sólo señalaron a tres, el comandante añadió una treintena sin hacer caso de las protestas. Las otras tribus sufrieron algo similar. 

Entre los acusados estaban Agua Medicinal y Mochi, que fueron encadenados y trasladados a Fort Marion (el antiguo castillo español de San Marcos), en San Agustín de la Florida, donde permanecieron encerrados hasta su liberación en 1878, pasando a establecerse en Oklahoma. Ella falleció tres años más tarde, pero su esposo vivió hasta los noventa años. En cuanto a Barba Gris, estaba convencido de que le matarían, así que intentó hacerlo él mismo en el tren que le llevaba a Florida, ahorcándose. No le salió bien, pero una vez en destino terminó cumpliéndose su vaticinio, pues fue abatido a tiros en 1875 cuando trataba de evadirse.

Julia y Adelaide, las dos hermanas pequeñas de la familia German, fotografiadas en 1875 (Djorgensen4 en Wikimedia Commons)
 

Las ex-cautivas se reunieron con sus hermanas en Fort Leavenworth. El coronel Miles fue designado tutor temporal suyo y el Congreso destinó a su crianza y educación un fondo vitalicio de diez mil dólares, entregado al matrimonio Patrick Corney, que fue el que las adoptó. Según iban cumpliendo la mayoría de edad (ventiún años), las German recibían dos mil quinientos dólares, lo que les otorgó una posición algo desahogada que favoreció que encontrasen marido. Las más jóvenes vivieron hasta mediados del siglo XX y una sobrina de Catherine llamada Grace E. Meredith escribió un libro contando la experiencia de su tía en el qur ésta explicaba que los cheyennes «eran amables con frecuencia y casi siempre agradables en su tranquila vida familiar, pero hacia la raza blanca eran vengativos y extremadamente crueles».

 BIBLIOGRAFÍA:

-COZZENS, Peter: La tierra llora. La amarga historia de las guerras indias por la conquista del Oeste

-LÓPEZ FERNÁNDEZ, José Antonio: Las Guerras Indias en Norteamérica. La ofensiva estadounidense (1811-1891)

-FELDMAN JAUKEN, Arlene: The mocassin speaks. Living as captives of the Dog Soldier Warriors.

-MEREDITH, Grace E:  Girl captives of the Cheyennes. A true tale of the capture and rescue of four pioneer girls, 1874.

-ANDERSON; Hugh Allen: The captivity of the German sisters. A historical account (en TSHA, Texas State Historical Association).

-The rescue of the German sisters (en Panhandle Masonic Cowboy Hall of Fame Association).

 

Imagen de cabecera:  Ataque a un carromato, obra de Richard Baldwin

 

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