Las controvertidas cartas de Jack el Destripador

 

A menudo se describe a Jack el Destripador como el primer asesino en serie moderno. Esa modernidad no estriba en el carácter presuntamente psicopático que se le atribuye, ya que monstruos parecidos los hubo antes -siempre-, ni en la época que le tocó vivir -ese final del siglo XIX que preparaba el salto al XX, sino en su dimensión mediática. El de Jack fue un fenómeno derivado del anonimato de la vida urbana y, por tanto, necesitó de altavoces que popularizaran sus sangrientas correrías y le proporcionaran un nombre. Su leyenda, que ha perdurado hasta hoy, no hubiera sido posible sin las cartas que inundaron a la policía y de las que se hizo eco la prensa, dándoles una credibilidad que, como vamos a ver, es menos que endeble.

Fue el diario The Times el primero en sugerir que el asesino de Whitechapel había escrito un mensaje. En un artículo publicado el 10 de septiembre sobre la muerte dos días antes de la prostituta Annie Chapman, considerada entonces la cuarta víctima después de, por orden cronológico, Emma Smith, Martha Tabram y Mary Ann Nicholls, se hacía eco del rumor de que el autor del crimen escribió una burlona frase en la pared del patio donde se encontró el cadáver: "Cinco; quince más y entonces me entrego..." Ese mismo día, The Daily Telegraph daba una versión parecida pero ligeramente distinta, "Ya llevo tres; intento hacer nueve más y me entrego", aunque aportaba la novedad de que también habría un papel con el texto anterior. En cualquier caso, no les concedía credibilidad y los tildaba de "ideas sensacionalistas sin corroborar". Acertaba el periodista, pero no imaginaba lo que se avecinaba.

Fotografías mortuorias de Mary Ann Nicholls (Wikimedia Commons) y Annie Chapman (Wikimedia Commons)
 

Dos semanas más tarde, Sir Charles Warren, comisario de Scotland Yard, recibió una carta anónima, sin sello, decorada con sendos tachones en forma de un ataúd y cuchillo. Su autor decía ser matarife de caballos y confesaba ser el autor de los crímenes, añadiendo que las pesadillas le torturaban y que no ofrecería resistencia a una detención pero tampoco iría voluntariamente a entregarse. Fue la primera de una larguísima serie que empezó a recibir las autoridades, casi todas con los mismos elementos en común: pésimas ortografía y sintaxis en general, burlas a la policía, desprecio por las víctimas, descripción del arma empleada, anuncio de que continuarían las muertes... 

Su falsedad era evidente por cuanto daba datos erróneos. Por ejemplo, Emma Smith no había perecido a manos de un único criminal sino de un grupo de aspirantes a proxenetas que le robaron y violaron con una herramienta, provocándole una peritonitis aguda que acabó con su vida horas después, como ella misma contó en el hospital antes del óbito. Hoy en día se considera que Martha Tabram tampoco sería víctima del Destripador, pues falleció como consecuencia de treinta y nueve puñaladas que revelaban un súbito ataque de ira, modus operandi muy diferente al que se vería después, aunque ésa visión es actual y por entonces tanto la policía como la prensa sí la incluían en la lista.

Esta carta anónima del 24 de septiembre fue la primera

 

En cualquier caso, la noticia de la recepción de esa correspondencia seminal sirvió de altavoz para que una legión de imitadores se lanzaran a escribir cartas durante los dos años siguientes; el archivo de la Policía Metropolitana, por ejemplo, conserva doscientas diez. Es posible que el propio asesino adoptase la idea y se sumara, pero lo que hubiera podido constituir una posible pista a seguir por los investigadores se convirtió, en la práctica, en una enorme pérdida de tiempo y esfuerzo. Eso sí, la prensa se frotaba las manos porque se dispararon sus ventas. A ella se debieron los nombres adjudicados a los sospechosos iniciales, como Leather Apron (Mandil de Cuero, como se apodó a un zapatero judío llamado John Pizer), porque resultaban más impactantes para el lector.

El 27 de septiembre, la Central News Agency (Agencia Central de Noticias), una oficina de prensa, recibió una carta dirigida a su director, John Moore. Se iba a convertir en una pieza fundamental para la historia porque estaba firmada con el "nombre comercial" [sic] de Jack the Ripper (Jack el Destripador). El morbo mediático acaba de encontrar el apodo perfecto para el que hasta entonces se referían genéricamente como "el asesino de Whitechapel", aunque no se generalizó hasta después del 30 de septiembre. El texto presentaba algunos americanismos como el encabezamiento "Dear Boss" (Querido Jefe), desacreditaba las sospechas en torno a Mandil de Cuero y a la hipótesis de que el criminal fuera médico, hablaba despectivamente de las prostitutas y aseguraba haber intentado usar la sangre de una para escribir, aunque la coagulación le obligó a recurrir a tinta roja.

La carta conocida como Dear Boss (Wikimedia Commons)
 

La Central News Agency reenvió el documento a la policía añadiendo que les parecía una broma. También los detectives lo consideraron así, sabiendo que los periódicos habían publicado cómo, dos días antes, el conservador del Museo de Patología contó al juez de instrucción que había recibido una llamada de un americano ofreciendo veinte libras por cada espécimen quirúrgico que le remitieran a EEUU del órgano que se le había amputado a la última víctima, con vistas a un trabajo académico. Se identificó al individuo, que resultó ser un prestigioso médico que había visitado Inglaterra; pero eso había sido año y medio antes, lo que le exoneraba de cualquier sospecha. Lo que nadie esperaba es que el día 29 se cometieran otros dos asesinatos en una misma noche, con todo lo que ello implicaba. 

Las desafortunadas eran Elizabeth Stride y Catherine Eddowes. La primera no presentaba mutilaciones porque el asesino fue sorprendido antes por un viandante y huyó; frustrado seguramente, encontró a la segunda diez minutos más tarde y con ella sí pudo entretenerse en su macabra tarea. Entre el hallazgo de ambos cadáveres apenas transcurrió una hora, pero esta vez había un extra en un pasadizo vecino: una inscripción hecha con tiza que decía The Jewes are the men that Will not be Blamed for nothing. Teniendo en cuenta los errores gramaticales en el original inglés, como la redundancia de la negación o la palabra jewes en vez de la correcta jews, normalmente se traduce como "Los judíos son los hombres que no serán culpados de nada".

Fotografías mortuorias de Elizabeth Stride (Wikimedia Commons) y Catheride Eddowes (Wikimedia Commons)
 

En realidad, la única razón que llevó a atribuir el grafiti al asesino fue que debajo había un trozo del delantal ensangrentado de Catherine Eddowes y la posible referencia de nuevo a John Pizer, que, recordemos, era judío aunque ya había sido descartado como sospechoso. Por lo demás, Londres estaba lleno de pintadas antisemitas similares y el mencionado Charles Warren no quiso que se exacerbaran más los ánimos, por lo que ordenó borrar la inscripción. Dado que estaba amaneciendo ya, ni siquiera permitió esperar a que la fotografiaran, lo que hubiera sido muy conveniente para comparar la letra con la de las cartas que empezaban a llegar porque no estaba escrita en mayúsculas sino en minúsculas cursivas. Esa decisión le supuso una confrontación con la Policía de la City y dejó de manifiesto la descoordinación entre ambos cuerpos.

Ahora bien, borrar la tiza no evitó que el texto llegase a los periódicos, que empezaron a especular con el significado de la palabra "jewes", dando pie a la hipótesis posterior de que se trataba de una alusión a Jubelos, Jubelus y Jubelum, los conocidos como "tres rufianes", albañiles que asesinaron a Hiram Abif, arquitecto del Templo de Salomón, según una leyenda de la masonería anglosajona. La conmoción no había pasado aún cuando el Daily Times informó de que la Central News Agency había recibido otra postal, escrita en tinta roja  y manchada de sangre, de Jack el Destripador, mote que empezaba a imponerse; en este caso en concreto, con la variante Saucky Jacky (Jack el Descarado). Sin embargo, la letra era claramente diferente a la anterior, por lo que tampoco se tomó en serio. Como el 2 de octubre The Star recibió una más, esta vez firmada como The Butcher (El Carnicero), se confirmaba que la fiebre epistolar ya estaba plenamente asentada.  

Foto del anverso y reverso de la postal Saucky Jacky. El original ha desaparecido
 

De hecho, el Daily Telegraph publicó facsímiles de las primeras cartas y hasta la Policia Metropolitana sacó un póster para colgar en sus comisarías, por si alguien reconocía la grafía. Quizá eso impulsó a un abnegado ciudadano llamado Fred W. P. Jago a mandarles una sensata y visionaria recomendación: comprobar que la sangre de las otras era humana y analizar las huellas de pulgares para intentar determinar sexo, tamaño y posible oficio del anónimo autor. Una sugerencia visionaria, insisto, porque si bien el análisis dactilar ya lo había ideado el famoso Eugéne-François Vidocq unas décadas antes y en 1884 lo adoptó oficialmente Alphonse Bertillon, sería necesario esperar una década más para las mejoras prácticas aportadas por el inglés Francis Galton y el argentino Juan Vucetich. Lamentablemente, no todos demostraban tanta urbanidad como Jago.

El 5 de octubre la Central News Agency remitió al comisario jefe Williamson el sobre y la transcripción de una nueva carta cuyo autor aseguraba no ser el asesino de una de las mujeres, aunque lo aplaudía si ella se dedicaba a la prostitución. A continuación recurría a referencias bíblicas para anunciar que mataría a otras tres y enviaría por correo un trozo del rostro de una. Finalizaba burlándose de que la policía no le tomara en serio y terminaba repitiendo una despedida que ya es un clásico en la historia: Yours truly, Jack the Ripper ("Sinceramente suyo, Jack el Destripador"). Se ignora por qué la agencia no proporcionó el original, pero no evitó que los saturados detectives encargados del caso tuvieran más trabajo, pues aun cuando seguían creyendo que eran imposturas debían investigarlas. Tampoco impidió -al contrario- que la prensa dispusiera de más carnaza. 

Sir Charles Warren (Wikimedia Commons) y el inspector Frederick Abberline, encargado del caso (Wikimedia Commons)

 

Y si no la había la fabricaba. Hoy se considera muy probable que George R. Sims, periodista del Referee, falsificara algunas de las cartas. Asimismo, el comisario Sir Robert Anderson dijo en sus memorias, publicadas en 1910, que la primera carta firmada como Jack el Destripador era "la creación de un emprendedor periodista de Londres"; no lo identificaba para evitar una posible demanda. En 1913 otro comisario jubilado, Sir Melville MacNaghten, corroboraba el punto de vista. Ese mismo año un inspector de Scotland Yard retirado, John George Littlechild, escribía a un amigo atreviéndose a dar nombres: Tom Bullen, de la Central News Agency, o su jefe, Charles Moore (hay un error porque no se llamaba Charles sino John); los análisis grafológicos no son concluyentes, pero si fuese cierto pudieron deformar deliberadamente la letra o incluso encargar la redacción a algún subalterno. Cabe añadir que, en 1931, un periodista de The Star llamado Fred Best confesó ser quien había escrito la carta ya bautizada como Dear Boss y la postal Saucky Jacky, para "mantener vivo el negocio"; un estudio reciente del lingüista Andrea Nini asegura que son de puño y letra de la misma persona, fuera quien fuese.

En octubre una nueva y burlona carta firmada por The Whore Killer (El Asesino de Putas) anunciaba más crímenes y fuera del barrio, además del envío del corazón de la próxima víctima. Lo terrible es que aquello se hizo prácticamente realidad el 19 de octubre, cuando The Times informó de que George Akin Lusk, presidente del Comité de Vigilancia de Whitechapel (un grupo de comerciantes del barrio, descontentos con la labor policial, que solicitaban una oferta de recompensa a quien descubriera al asesino al mismo tiempo que pedían la intervención de la Corona), había recibido una tremebunda epístola -la segunda en tres días- acompañada de una pequeña caja de cartón cuyo contenido era todavía peor. Se trataba de la que ha pasado a la posteridad con el epígrafe From Hell.

Fotografía de la carta From Hell tomada antes de su pérdida (Wikimedia Commons)
 

Obviando sus numerosas faltas ortográficas, semánticas y sintácticas, el texto decía así: "Desde el infierno. Mr. Lusk. Señor: le envío la mitad del riñón que cogí de una mujer, lo guardé para usted, la otra parte la freí y me la comí; estaba muy buena. Puedo mandarle el cuchillo lleno de sangre con el que lo saqué sólo si espera un poco. Atrápeme si puede, Mr. Lusk". Y, para horror del que la abrió, en la caja adjunta iba efectivamente un trozo de riñón. Según The Times, un análisis médico practicado por el Dr. Openshaw, patólogo del museo del Hospital de Londres, confirmó que era humano, extirpado recientemente a una mujer de mediana edad y alcohólica, lo que coincidía con Catherine Eddowes. Eso sí, en una entrevista posterior Openshaw matizó un poco sus conclusiones.

Ratificó que se trataba de un riñón humano, pero al haber sido conservado en etanol era imposible determinar si masculino o femenino. Añadía que podía ser una broma de algún estudiante de medicina poco ético. Diez días más tarde, el doctor recibió una presunta nota del asesino -algunos estudiosos consideran que llevaba la misma letra- felicitándole por su agudeza y prometiéndole tripas para la próxima. Sin embargo, el doctor Frederick Gordon Brown, cirujano de la Policía de la City, consideraba que el órgano estaba demasiado alterado y deteriorado para asignárselo con seguridad a la víctima, aunque tampoco pudiera descartarse. Otros médicos también manifestaron escepticismo, a pesar de lo cual ese macabro envío postal sigue considerado como el que más probabilidades tiene de autenticidad, si no el único.

El Dr. Thomas Horrocks Openshaw (Wikimedia Commons)
 

En los escasísimos informes policiales sobre el caso que sobrevivieron a la destrucción causada por los bombardeos alemanes durante la II Guerra Mundial se resaltan los giros típicamente irlandeses de algunas palabras de ese documento, algo que en realidad no tiene por qué significar nada -pudieron haberse puesto para despistar- pero que introdujo en el caso la hipótesis del terrorismo feniano para complicar la maraña. Ésta iba de mal en peor porque la catarata postal continuaba manando, aunque se produjo una insólita vuelta de tuerca cuando, en su edición del 22 de octubre, The Times informó de la primera denuncia ante los tribunales por escribir dos de esas cartas. Lo sorprendente estaba en que la acusada era una mujer, con lo que caía el extendido tabú de que alguien del sexo débil fuera capaz de hacer algo así.

Se trataba de una joven modista canadiense de veintuín años llamada María Coroner, a la que descubrieron siguiendo el rastro del papel utilizado y que alegó que sólo quería "gastar una broma". Se la condenó a sesis meses de cárcel por alteración del orden público, si bien pudo evitar la prisión mediante una fianza de veinte libras. El siguiente en desfilar ante un juez fue un muchacho que salió mejor parado, en libertad con una simple amonestación, pero a la tercera también hubo una mujer, Miriam Howells, un ama de casa que tuvo que pagar cincuenta libras tras pasar una semana encerrada. Curiosamente, en los tres casos se habían escrito textos razonablemente elegantes, sin las procacidades de otras. De muchas otras, cabría decir, porque las sacas de la policía continuaron llenándose de ellas y procedentes ya de todas partes de Reino unido e incluso del mundo, como si la personalidad oculta de Jack el Destripador fuera Phileas Fogg. 

El 29 de octubre de 1888, tras saberse las conclusiones de Openshaw, éste también recibió una carta que la escritora Patricia Cornwell considera una prueba de la culpabilidad del pintor Walter Sickert por el tipo de papel y el ADN mitocondrial que tiene (Wikimedia Commons)
 

Además, empezó a diversificarse su contenido. Unas se burlaban del uso de sabuesos por parte de la policía y otras amenazaban de muerte al destinatario o a las trabajadoras de una fábrica; éstas las firmaban el persistente Delantal de Cuero, "George, el de la banda de destripar", Jack Lightfoot (Jack Pies Pies Ligeros, un popular personaje de cuento de terror) y otros alias más o menos ingeniosos y aquéllas llevaban un remitente que declaraba ser americano (el periódico The Star of the East había sugerido una conexión con unos crímenes parecidos cometidos en Texas y no resueltos, pero también hubo envíos anunciando una matanza inminente en Nueva York); las había con dibujos siniestros, con chistes, imitando las letras de la Dear Boss y la From Hell, haciendo denuncias anónimas, incitando a matar a alguien concreto, prometiendo enviar órganos, anunciando asesinatos en otras ciudades, etc.

La incesante correspondencia venía a cubrir el hueco que parecía haber dejado el asesino, ya que, desde el hallazgo del cuerpo de Catherine Eddowes el 29 de septiembre, el asesino parecía haber puesto fin a sus andanzas. No era así, como descubrió trágicamente Mary Jane Kelly, encontrada en su habitación el 9 de noviembre tras haber sido sometida post mortem a una auténtica carnicería. Consecuentemente, el envío de cartas no sólo no se detuvo sino que se redobló y en ocasiones con aportes originales. En una de ellas, recibida al día siguiente y escrita en mayúsculas, el anónimo autor negaba que hubiera escrito ninguna de las anteriores y aceptaba gustoso el apodo de Jack el Destripador. En otra, remitida desde Glasgow, el mensaje no venía escrito sino confeccionado con letras recortadas de periódicos. 

Espeluznante fotografía policial del cadáver de Mary Jane Kelly en la escena del crimen (Wikimedia Commons)
 

El 21 de noviembre el inspector Abberline, uno de los detectives de Scotland Yard destinados a la investigación, recibió un telegrama en el que Jack manifestaba su deseo de entregarse y hasta adjuntaba su dirección (que, por supuesto, resiltó falsa). El 4 de diciembre le tocó ser receptor postal al magistrado del tribunal de la Policía del Támesis, en este caso escrita sobre la página de un períodico. Diez días más tarde incluso el servicio de correos de Nueva York recibió una nota del presunto asesino mofándose de que se especulase con que había huido a Canadá. Asimismo, las hubo que asumieron como cosa del Destripador una agresión de un cliente a una prostituta; cada vez que se daba una nueva alerta por violencia todo el mundo permanecía a la expectativa.

Y ya no era sólo con mujeres. El 29 de diciembre se encontró muerto y brutalmente mutilado un niño de siete años que, obviamente, todos relacionaron con el Destripador porque habían colocado sus entrañas al lado cuidadosamente y nunca se identificó el responsable; no tardaron en aparecer cartas al respecto. Pero todo pareció enfriarse durante los siguientes seis meses de 1889, hasta que el 17 de julio apareció otra prostituta degollada y destripada, Alice McKenzie, que reimpulsó la correspondencia temática pese a que la policía no tenía claro que debiera achacarse al mismo criminal. El resultado fueron catorce cartas desde entonces hasta el 19 de septiembre, una de ellas con la novedad de estar escrita en verso.

Áreas del barrio londinense de Whitechapel donde actuó Jack el Destripador indicando la localización de los primeros siete crímenes (Wikimedia Commons)
 

Sin embargo, estaba claro que el ritmo de muertes atribuida a Jack había descendido de forma considerable y 1890 resultó un año tranquilo en ese sentido, por eso únicamente hubo seis cartas. A Frances Coles, asesinada en febrero de 1891, le corresponde el dudoso honor de que se la atribuyera ser la última víctima del asesino de Whitechapel; el sospechoso, un fogonero amigo suyo, fue detenido pero no se le pudo inculpar y con ello se esfumó la esperanza de haber dado con el Destripador. De hecho, los estudiosos actuales consideran que el canon de víctimas empieza con Mary Ann Nichols y termina con Mary Jane Kelly, por eso dos últimas cartas en 1891 debieran haber puesto punto final a todo. Pero aquel asesino demostró otra vez que tenía más vidas que un gato, incluso cuando ya no actuaba.

Y es que todavía faltaba la aportación de Robert James Lee, un espiritista que advirtió a la policía de que había averiguado la identidad del asesino. No era el primer médium en asegurar algo así, pero él tuvo la suerte de que un sargento de lapolicía le permitió tocar una de las cartas y pudo contactar psíquicamente con Jack. Eso le llevó hasta su casa, resultando ser la de Sir William Gull, médico de la reina, que para entonces estaba muy enfermo y había perdido la razón. Examinado por dos psquiatras, fue declarado demente y encerrado en un manicomio; como el inicio de su enfermedad coincidía con la finalización de los crímenes, surgió la habladuría de que era el asesino y ésa es la base de algunas cuestionadas teorías conspiratorias basadas en la implicación de la masonería, los reseñados jewes y hasta la Corona, que recogieron Stephen Knight en Jack the Ripper. The final solution, primero, la película Asesinato por decreto después y, finalmente, Alan Moore y Eddie Campbell en su novela gráfica From Hell.

El Dr. William Gull (Wikimedia Commons)
 

En los años sesenta del siglo XX fue descubierta otra colección epistolar en el archivo de la Policía de la City. Trasladada al registro municipal dos décadas después, consta de trescientas sesenta y tres cartas remitidas por tres centenares de personas distintas, algunas profesionales de prestigio. Setenta de ellas eran anónimas pero, salvo nueve en las que los autores pretendían pasar por el Destripador o un cómplice, las demás tenían una notoria diferencia con las anteriores: el de ser sugerencias para capturar al asesino y sospechas sobre su identidada; una de ellas, por ejemplo, acusa a Richard Mansfield, un actor que en esa época interpretaba El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde en un teatro londinense y que, al parecer, había impresionado negativamente al remitente.

No sólo las autoridades eran destinatarias de las presuntas cartas del criminal. Se calcula que en torno a trescientas -la mayoría no archivadas- llegaron a domicilios particulares en forma de amenazas, como las que dijo haber recibido el Dr. Lyttleton Stewart Forbes Winslow, un célebre alienista (como se llamaba entonces a los médicos especializados en el estudio de las enfermedades mentales) cuya hipótesis sobre la identidad de Jack recogía las sospechas anteriores de que se trataba de alguien relacionado con la medicina; él aportó que sería un estudiante de esa carrera, joven, de buena familia, muy religioso -lo que le llevaba a odiar a las meretrices- y enloquecido por el stress de los estudios.

El Dr. Forbes Winslow (Wikimedia Commons)
 

Todavía hubo un epílogo, una carta postrera enviada a la policía a mediados de octubre de 1896, cuando los asesinatos de Whitechapel sólo eran un recuerdo; no muy lejano en el tiempo, pero ya no de actualidad. De hecho, hacía cuatro años que no llegaba una de esas misivas. el encargado de investigarla fue el inspector jefe Henry Moore, antaño ayudante del inspector Abberline. La carta estaba encabezada otra vez con un "Dear Boss", se burlaba de la incapacidad para atraparle después de tanto tiempo y anunciaba un reinicio de sus actividades al regresar de una estancia en el extranjero. También reproducía la inscripción de los juwes. Moore, que aprovechó la ocasion para revisar toda la correspondencia, llegó a la conclusión de que no coincidía con la anterior Dear Boss pero sí con dos recibidas en 1888. Aun así no se la tomó en serio y, dado que no se produjeron o más crímenes, se dio por terminado el asunto.

Ahora bien, Jack tenía más vidas que un gato y se resistía a dejar de estar en el candelero; al menos el Jack mediático. En 1949, el Reynold News publicaba un reportaje informando que al director del Torch Theatre de Londres le habían llegado dos cartas del ya inmortal criminal en las que afirmaba haber cometido un par de asesinatos en 1912 y en 1916. El texto tenía algunas expresiones ya clásicas, como despedirse diciendo "sinceramente suyo" y la onomatopeya de la risa "ja, ja". En 1978 hubo dos cartas más, presuntamente remitidas por  Peter Sutcliffe, el Destripador de Yorkshire, y al año siguiente hubo una modernización y se pasó al formato casette, en el que Sutcliffe se autoidentificaba como Jack, tal cual se hubiera reencarnado; en 1981, cuando le detuvieron, se demostró que no había sido él.

Última carta enviada en nombre de Jack el Destripador en el siglo XIX, en 1896
 

Como hemos visto, la fama de Jack el Destripador se sustenta más sobre medio millar de cartas (las directamente relacionadas con él, puesto que se recogieron más del doble), que sobre el número de asesinatos cometidos, bastante modesto si se compara con los de otros siniestros colegas. Fueron esos documentos los que le dieron dimensión mediática y perfilaron una personalidad tan sádica como burlona cuyo parecido con la realidad es imposible de determinar, habida cuenta que la práctica totalidad de los textos, si no todos, son falsos. Lo sorprendente es que la poplaridad del ignoto criminal se mantuviera superando el paso de los años e incluso los siglos.

Parte de la culpa de eso ya no la tuvo la prensa sino al surgimiento de una pléyade de ripperologists o gull-catchers (cazadores de gaviotas; es una alusión al Dr. Gull), como se conoce popularmente a los expertos en el Destripador. El primero, en 1929, fue Leonard Matters con su The mistery of Jack the Ripper; la última, o  la última destacable al menos, Patricia Cornwell con Retrato de un asesino. Jack el Destripador. Caso cerrado. Entre ellos se sucedieron muchos, algunos ya clásicos, como Tom Cullen y su libro Otoño de terror o Alan Moore y el guión que escribió para el cómic dibujado por Eddie Campbell, Fron Hell. Casi todos elaboraron su propia teoría sobre quién era el culpable, pero aparte de no poder aportar una prueba definitiva e inapelable -que nunca habrá debido al inexorable paso del tiempo-, a menudo cometieron errores e imprecisiones que quedaron grabadas en el imaginario colectivo.

Carta firmada como The Whore Killer, recibida el 6 de octubre de 1888 y que anunciaba el envío del corazón de la próxima víctima
 

Un buen ejemplo de ello, en lo referente a las cartas, fue Donald McCormick. Era un historiador aficionado que no destacaba precisamente por su rigor y que en 1959 dedicó un capítulo de su obra The identity of Jack the Ripper a la correspondencia, a la que consideraba infravalorada como pista, confundiendo y manipulando datos. Fue él quien implicó a Walter Sickert por primera vez y quien concedió veracidad al Dr. Thomas Dutton, quien aseguró haber microfotografiado un centenar de cartas en poder de la policía, concluyendo que treinta y cuatro fueron escritas por la misma mano; la misma, por cierto, que habría hecho la inscripción antisemita borrada de la pared. El problema es que el manuscrito en el que Dutton habría expresado eso nunca vio la luz y se ha perdido.

Pérdida es una palabra perfectamente aplicable a muchos de esos papeles. Aunque la mayoría se conservan en diversos archivos (los de la Policía Metropolitana, la Oficina de Registro Público, la Oficina de Registro de la City y el del Ministerio del Interior), sin contar las guardadas en colecciones privadas, es obvio que más de una debió de extraviarse. Como muestra un botón, muy importante además: en noviembre de 1987, casi un siglo después de la ola de crímenes, Scotland Yard recibió un sobre sin remitente que contenía documentos sobre la posible relación entre el caso del Dr. Crippen (Hawley Harvey Crippen asesinó a su esposa y enterrado el cuerpo en el sótano de su casa) y los crímenes de Whitechapel. Entre ellos figuraba la carta Dear Boss, que años atrás había desaparecido de los archivos policiales y ahora era devuelta de manera misteriosa. 

El períodico The Sun lo sintetizó socarrona, pero genialmente, en un titular: "El Destripador se burla de la policía después de cien años".

BIBLIOGRAFÍA

-EVANS, Stewart P. y SINNER, Keith: Jack el Destripador. Cartas desde el infierno.

 -CULLEN, Tom: Otoño de terror.

-PALACIOS, Jesús: Psychokillers. Anatomía del asesino en serie.

-KNIGHT, Stephen: Jack the Ripper. The final solution

-McCORMICK, Donald: The identity of Jack the Ripper.

-TROW, M.J: Interpreting the Ripper letters. Missed clues and reflections on Victorian society.

-NINI, Andrea: An authorship analysis of the Jack the Ripper letters.

-MOORE, Alan y CAMPBELL, Eddie: From Hell

-The Ripper letters (en whitechapeljack.com).

-Letters from Jack the Ripper (en www.jack-the-ripper-tour.com).

-Jack the Ripper letters (en thejacktheripertour.com).


Imagen de cabecera: inico de una carta adornada con dibujos, datada el 9 de octubre de 1888 y actualmente conservada en los National Archives.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Inicio y evolución de la esclavitud indígena en la América española

Cartas de los reyes georgianos pidiendo ayuda a España contra el Turco

Invento de 1634 para vadear un río sin que se moje la pólvora