Pésame al rey Felipe IV por la muerte del príncipe Baltasar Carlos


El 18 de noviembre de 1646 el embajador español interino en Génova, Antonio Briceño Ronquillo, envió esta carta -muy fácil de leer- al rey Felipe IV expresándole su pésame y la tristeza que había causado en sus oficiales la muerte del Príncipe de Asturias, Baltasar Carlos.
 
Era el primer hijo varón que Felipe IV, el 17 de octubre de 1629, tuvo con su primera esposa, la francesa Isabel de Borbón (hija de Enrique IV y María de Médici) y, por tanto, el heredero de la corona. De hecho, en 1632 juró ante las Cortes de Castilla como "heredero de Su Majestad" y "Príncipe destos Reinos de Castilla y León, i los demás de esta Corona a ellos sujetos, unidos, e incorporados, i pertenecientes".
 
La carta del embajador, conservada en el Archivo General de Simancas

 
En 1645 hizo otro tanto en el Reino de Aragón y al año siguiente se disponía a repetir el gesto en Navarra cuando enfermó súbitamente de viruela, falleciendo cuatro días después de notar el primer síntoma, sin que sirvieran de nada las tres sangrías que le practicaron. Al menos ésa es la versión oficial porque posteriormente se supo que, días antes del óbito, había pasado una noche con una prostituta que quizá le contagió alguna enfermedad.
 
Baltasar Carlos retratado por Martínez del Mazo hacia 1646, el año de su muerte (Wikimedia Commons)

 
Tenía diecisiete años y a Felipe sólo le quedaban una hija viva de los once vástagos que tuvo con su esposa, Isabel de Borbón. Dado que la reina había muerto en 1644, fue necesario que contrajera matrimonio de nuevo y lo hizo con su sobrina, Mariana de Austria, que alumbraría a Carlos II in extremis, tras dar a luz a dos niñas y dos niños, todos fallecidos prematuramente excepto la primera, Margarita Teresa (y a los que habría que sumar una treintena de bastardos, de los que únicamente reconoció a dos, aunque a todos otorgó altos cargos eclesiásticos).
 
Felipe IV e Isabel de Borbón en los años inmediatamente posteriores al nacimiento de Baltasar Carlos, retratados respectivamente por Caspar de Crayer (Wikimedia Commons) y Bartolomé González y Serrano (Wikimedia Commons)

 
Baltasar Carlos está enterrado en el Escorial. Su imagen fue inmortalizada por Velázquez y su yerno, Martínez del Mazo, en varios cuadros que le muestran a edades diferentes. Asimismo, Saavedra Fajardo, Baltasar Gracián y Quevedo le dedicaron loas escritas porque se le veía bizarro, diestro en el manejo de las armas, hábil en las corridas de toros y juegos de cañas, políglota consumado y buen estudiante, aunque se temía que cayera bajo el influjo del conde-duque de Olivares y por eso circularon unos versos satíricos que, en referencia al susodicho, rezaban así:
 
Príncipe: mil mentecatos 
murmuran, sin Dios ni ley 
de que habiendo de ser el Rey 
os andéis capando gatos. 
Y así, yo de vos espero 
que tan diestro quedaréis
que, en siendo grande, capéis 
al gato más marruller.

 

Imagen de cabecera: Detalle del retrato ecuestre del príncipe Baltasar Carlos realizado por Velázquez en 1635

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