Emperador de las ratas: el amargo exilio de Napoleón en Santa Elena
«Emperador de las ratas». Así llamaban a Napoleón los guardias encargados de su vigilancia en la isla de Santa Elena. No es difícil imaginar la razón para tal mote: Longwood, la austera villa que se asignó al prisionero francés como residencia en aquel minusculo pedazo de tierra perdido en medio del océano Atlántico -allí serían recluidos algunos jefes zulúes décadas después-, estaba infestada de roedores. Era una incomodidad más a sumar en una lista que incluía una gran humedad que cubría de moho mantas y libros, fuertes vientos que batían la propiedad -al hallarse sobre una meseta de quinientos metros de altitud sin elevaciones colindantes que sirvieran de barrera- y la pésima comida inglesa que se les servía.
| Caricatura inglesa de 1815: «Los habitantes de Santa Elena vestidos ante su nuevo gobernador» (Wikimedia Commons) |
Bonaparte había desembarcado en Santa Elena en julio de 1815, como resultado de lo que consideraba una traición del gobierno británico. Eso se debía a que, tras fracasar el llamado Imperio de los Cien Días, es decir, aquella segunda etapa que inició al regresar a Francia escapando de un primer destierro en la isla mediterránea de Elba y que se estrelló definitivamente en Waterloo, tuvo que renunciar a seguir gobernando y, desconfiando del trato que le darían rusos, austríacos o prusianos, solicitar asilo al príncipe regente de Inglaterra, el futuro rey Jorge IV:
Alteza Real:
Víctima de las facciones que dividen mi país y de la enemistad de las más grandes potencias de Europa, he terminado mi carrera política y vengo, como Temístocles, a buscar amparo en el hogar del singular pueblo británico. Me pongo bajo la protección de sus leyes, que reclamo de Vuestra Alteza Real, como del más poderoso, más constante y más generoso de mis enemigos.
| Napoleón a bordo del HMS Bellerophon, obra de William Quiller Orchardson (Wikimedia Commons) |
A continuación subió al buque HMS Bellerophon, fondeado frente a Rochefort para bloquear cualquier posible escapatoria de Bonaparte. Estaba mandado por el capitán Maitland, quien le concedió permiso para subir a bordo y con elegantes palabras -probablemente también buenas intenciones- manifestó su disposición a escuchar su instancia. «Napoleón recibirá en Inglaterra todas las consideraciones debidas a su persona», declaró, añadiendo después que «nosotros somos generosos y democráticos».
Pero el primer ministro, Lord Castleragh, no lo veía así. Para él, Bonaparte no era comparable al Temístocles que se refugió en Persia de una traición en Atenas, sino el peligroso enemigo -el Ogro, como se le apodaba- que había envuelto a su país y al continente entero en una década de guerras y por ello no estaba dispuesto a concederle ningún favor. En consecuencia, utilizó un burdo subterfugio para esquivar el compromiso manifestado por Maitland: prohibirle que pisara Inglaterra; de ese modo no se le podía aplicar lo previsto en la Carta Magna del país, que desde el siglo XIII garantizaba un habeas corpus a todo hombre libre:
Sería incompatible con nuestros deberes para con el país y para con los aliados de Su Majestad el dejar al general Bonaparte los medios de turbar nuevamente la paz en Europa y renovar todas las calamidades de la guerra. Se hace, por tanto, inevitable restringir su libertad personal, en la medida necesaria, a fin de asegurar nuestro primer y soberano objeto. Será, pues, conducido a Santa Elena, isla sana y aislada, concediéndole permiso para designar tres oficiales, un médico y doce sirvientes que le acompañen.
| Robert Stewart, vizconde de Castleragh, retratado por Thomas Lawrence (Wikimedia Commons) |
Fue una amarga sopresa para el emperador, que había rechazado un plan de fuga a América -a donde sí fue su hermanó José- disfrazado o escondido en un barril por considerarlo indigno de su condición y ahora se encontraba con que la carta que había enviado al príncipe regente no sólo no fue atendida sino que se le daba consideración de prisionero, cuando él no se tenía por tal porque había subido al navío libremente.
En presencia de Dios y de los hombres, protesto aquí solemnemente contra la violencia ejercida conmigo; con la fuerza se ha atentado contra mi persona y mi libertad (...) ¡Me niego a ir! Si vuestro gobierno quiere matarme que lo haga aquí mismo (...) Lo que se hace conmigo será eternamente una vergüenza para la nación británica.
| Traslado de Napoleón al HMS Northumberland, obra de Thomas Buttersworth (Wikimedia Commons) |
Pero el Bellerophon permaneció fondeado en Plymouth sin novedad varias semanas, al cabo de las cuales Napoleón fue trasladado al HMS Northumberland que, al mando del almirante Cockburn, zarpó para llevarle a Santa Elena. El singular pasajero asumió aquello con una mezcla de resignación e indignación, manifestando haber preferido el destino sufrido por algunos de sus colaboradores como Ney y Murat, que fueron fusilados: «En Santa Elena moriré al cabo de tres meses. Estoy acostumbrado a hacer diariamente treinta millas a caballo. ¡En qué podré ocuparme en aquella pequeña roca situada al fin del mundo!».
La travesía le resultó útil para ir asumiendo incipientemente su nueva condición. Solía pasear por cubierta apoyado en Cockburn, que mantuvo hacia él una actitud de respeto pese a ser su guardián y a que hizo efectiva la orden gubernamental de no dar a Napoleón dignidad imperial, limitándose a llamarlo general. Algo que no impidió que los marineros bautizasen con el apodo de «Cañón del emperador» una pieza sobre la que solía sentarse para otear el horizonte. Quienes sí seguían llamándole así eran sus acompañantes. Pocos. Esta vez no iba con una corte como la que formó en Elba sino únicamente con cuatro leales autorizados por los británicos, dispuestos a compartir con él su fatalidad.
| Acuarela del oficial británico Denzil O. Ibbetson mostrando a Napoleón durante el viaje, apoyado en el famoso cañón (Rama en Wikimedia Commons) |
El primero era Henri-Gatien Bertrand, Gran Mariscal de Palacio, que había estado junto al emperador desde la campaña de Italia y que viajaba con su esposa, Fanny, prima segunda de Josefina, y sus tres hijos (en Santa Elena tendría otro cuyo nacimiento fue anunciado por su madre a Napoleón diciendo: «Sire, tengo el honor de presentarle al primer francés que ha entrado en Longwood sin permiso del gobernador»). El segundo, Emmanuel-Auguste Dieudonné, conde de Las Cases, un historiador que fue quien negoció la entrega en el Bellerophon y ejerció de secretario privado, redactando a partir de sus notas el famoso Memorial de Santa Elena. El tercero, el barón Gaspar Gourgaud, joven general que salvó dos veces la vida de Bonaparte -quien le regaló la espada que había usado en Egipto- y había sido el elegido para entregar la solicitud de asilo en Inglaterra, aunque no pudo llevarlo a cabo.
Al más turbio de los cuatro, Charles-Tristan, marqués de Montholon, mariscal de campo y diplomático al que Napoleón no conocía personalmente antes de abordar el Bellerophon, se había sumado a los Cien Días tras ser repudiado durante la primera restauración borbónica por su sospechoso comportamiento, acusado de prevaricación y usurpación. También él llevaba a su mujer, Albine de Vassal, con quien se había casado en 1808 obviando la denegación del pertinente permiso por parte del emperador. Corrió el rumor de que éste y Albine se convirtieron en amantes y que él fue el padre biológico de dos hijos que ella alumbró en la isla, posible explicación a la fabulosa cifra de dos millones de francos que el presunto e imperial progenitor legó al matrimonio en su testamento.
| Napoleón en Santa Elena junto a Montholon, Gargaud, Bertrand y Las Cases, obra de Jean-Baptiste Mauzaisse (Wikimedia Commons) |
Al igual que el propio Bonaparte, aquellos hombres dejaron testimonio escrito de su paso por Santa Elena, documentos muy útiles para conocer la vida cotidiana allí y el estado de ánimo que tenían unos y otros. Un estado que tendió a decaer progresivamente a la par que generaba rencillas y enfrentamientos internos. Gourgaud, por ejemplo, era un héroe de guerra que había salvado dos veces la vida de Napoleón: una en Moscú, al advertirle del peligro de que el famoso incendio había alcanzado el palacio del Kremlin y amenazaba con hacer explotar un almacén de pólvora, y otra en la batlalla de Brienne, al matar de un disparo a un cosaco que cargaba contra el emperador (se dice que antes interpuso su cuerpo y desvió la lanza al chocar ésta contra la Legión de Honor que llevaba en el pecho).
El caso es que Gargaud detestaba el servilismo adulador de Montholon, a quien terminó desafiando a duelo (aparte de llamar prostituta a su esposa). Decepcionado al ver el favoritismo del Emperador por el otro, terminó por sucumbir a aquel opresivo ambiente y dejó la isla en 1818. Comoquiera que Las Cases había sido expulsado dos años antes por el gobernador inglés, tras intentar contactar por carta con Luciano, el hermano de Napoleón, el número de acompañantes se vio reducido a la mitad. Bertrand pidió permiso para volver a Francia a cuidar de su mujer enferma, pero le fue denegado, teniendo que esperar a la muerte del corso para jurar fidelidad a Luis XVIII y que se le concediera una amnistía a su condena a muerte in absentia.
| Napoleón dictando sus memorias a Las Cases, obra de William Quiller Orchardson (Wikimedia Commons) |
Es cierto que hay que nombrar también al mameluco Alí, bibliotecario y ayuda de cámara de Napoleón, que en realidad era francés pero sustituía en el cargo al célebre Roustam Raza, y a Betsy Balcombe, una niña de trece años, hija de unos colonos insulares que alojaron al emperador durante dos meses (cuando desembarcó a mediados de octubre de 1815, antes de instalarse en Longwood) y con la que hizo muy buenas migas, saliendo juntos a pasear y jugar con frecuencia por la isla, como si fueran padre e hija, persiguiendo a las vacas entre risas. Pero también los Balcombe se fueron en 1818, obligados por el gobernador británico, receloso de que aquella amistad fuera una tapadera de Napoleón para usar a esa familia como agente.
Así, mientras se terminaba de adecuar Longwood House, la residencia de verano del gobernador, Napoleón vivió en The Briars, pequeño pabellón de la propiedad de William Balcombe, comerciante inglés padre de la mencionada Betsy (que hablaba francés, de ahí la empatía con Bonaparte). Tras desembarcar, el emperador hubiera querido instalarse en Plantation House, la residencia oficial, que se ubicaba a tres kilómetros y medio de la capital, Jamestown, en una zona de terreno y clima menos árido que el resto, en un valle protegido del viento y adornada con bellos jardines, estando además construida en piedra con tejado de pizarra. Sin embargo, una vez habilitada Longwood House, Napoleón tuvo que dejar The Briars y mudarse a su nuevo hogar, a unos cinco kilómetros.
| The Briars Pavillion hoy en día (David Stanley en Wikimedia Commons) |
El gobernador se lo propuso al secretario colonial, Lord Bathurst, pero éste lo rechazó por considerar que el prisionero estaba mejor vigilado en Longwood, que por su situación interior dificultaba cualquier plan de fuga por mar (donde, de todos modos, había una escuadra de diez barcos patrullando). Y, ciertamente, se sabía que Robert Fulton había acudido a Francia a ofrecer su idea de un submarino, igual que corría el rumor de que una nave sumergible a vapor había seguido al HMS Northumberland (en 1820 un marino irlandés llamado Tom Johnson fue contratado para rescatar a Napoleón con un submarino que había diseñado, el Etna, aunque no se pudo llevar a cabo por la muerte del prisionero).
| Longwood House en la actualidad (Michel Dancoisne-Martineau en Wikimedia Commons) |
Cabe explicar que Santa Elena estaba ocupada por los ingleses desde 1651, pero no pertenecía a la Corona sino a la Compañía Británica de las Indias Orientales, por lo que allí no regía el habeas corpus; un factor que convertía ese remoto rincón del mundo en un lugar perfecto para recluir al prisionero sin vulnerar la legislación británica. Descubierta en 1502 por Juan de Nova, navegante español al servicio de Portugal, la isla tiene ciento veintiún kilómetros cuadrados de superficie y se encuentra a casi dos mil kilómetros de distancia de la masa continental más cercana, que es África (concretamente la actual Angola).
Sólo servía como base de abastecimiento para barcos en sus travesías oceánicas -a pesar de que ni siquiera disponía de muelle de atraque-, así que apenas rozaba los cuatro mil habitantes, la mayor parte de los cuales se concentraban en su capital, Jamestown, porque eran soldados de la guarnición. Napoleón confirmó sus malos augurios y describió Santa Elena diciendo que únicamente era «buena para renovar en todo momento las angustias de la muerte». Se entiende ese tono lúgubre porque el día a día transcurría entre la lucha contra las ratas -una vez encontró tres en su tricornio-, los paseos con Betsy, la redacción de sus memorias y las pequeñas cabalgadas que le permitía el árido terreno, casi sin árboles y encajado entre el pico más alto de la isla y abruptos acantilados.
| Ubicación de Santa Elena en el océano Atlántico (Google Maps) |
Intentó cultivar un huerto, pero la infertilidad de la tierra lo hizo inútil; probó a cazar perdices y tórtolas sin demasiado interés porque prefería la caza mayor y allí no había fauna salvaje, aparte de que su coto resultaba minúsculo para satisfacer la pasión cinegética. El aburrimiento fue, pues, la tónica de cada jornada. Únicamente la lectura y las tertulias que se organizaban después de cenar, sobre literatura y ciencia, animaban una existencia que, por lo demás, mantenía la ficción de una corte con su protocolo y sus jerarquías; el emperador era la cúspide de aquella pequeña pirámide, si bien resultaba muy diferente de aquella jaula de oro tan endeble que había sido Elba.
Era un contraste notable con la vida que Napoleón había llevado hasta entonces en lo político, lo militar y lo personal; no tanto por lo meramente material como por la humillación del cambio en sí, agravada por la pésima relación que mantuvo con el nuevo gobernador enviado para sustituir al almirante Colkburn. Se llamaba Hudson Lowe, nacido en 1769 en Irlanda aunque su padre era inglés, que fue elegido personalmente para el cargo por Castleragh y Bathurst por un motivo específico: habiendo elegido la carrera de las armas, entre 1783 y 1796 estuvo destinado en Córcega combatiendo a los franceses, todo un símbolo (incluso estuco alojado en la Maison Buonaparte de Ajaccio).
| Mapa topográfico de Santa Elena ( |
Curiosamente fue el encargado de llevar a Inglaterra la noticia de la abdicación del emperador y, aunque nunca coincidieron en el campo de batalla, haber servido en Egipto, donde lideró a los Corsican Rangers, podría haber sido un punto a favor para que ambos empatizaran; el propio Bonaparte pensaba de esa forma antes de conocerlo: «Probablemente disparamos nuestros cañones el uno contra el otro. En mi caso, eso siempre favorece una buena relación». No sólo no fue así sino que Napoleón le detestó, manteniendo con él un trato mucho peor que el que había tenido con Cockburn. El gobierno nombró teniente general a Lowe, quien antes de partir hacia Santa Elena contrajo matrimonio con Susan de Lancy, viuda con dos hijos, que detestaría la isla casi tanto como el ilustre prisionero.
Desembarcó en abril de 1816, entre rumores de planes de evasión que le llevaron a ordenar una vigilancia más estrecha: los siete kilómetros de perímetro de Longwood fueron tachonados con más de un centenar de centinelas que de noche bajaban a la mitad pero se apostaban más cerca de la casa, aparte de que un oficial británico destinado allí permanentemente comprobaba dos veces al día que el prisionero no había escapado. Esa tensa situación era el resultado de la falta de tacto de Lowe, que tras un primer encuentro cordial con Bonaparte, insistió en prohibir que se le diera el tratamiento de emperador limitándose al de general -en realidad era una orden gubernamental-, lo que ofendió al aludido.
| Hudson Lowe en un grabado de 1830 realizado por Jean Mathias Fontaine (Wikimedia Commons) |
El caso es que el arrogante ego del propio Napoleón tenía su porcentaje de culpa en el severo régimen que le aplicaban. El estrechamiento de vigilancia obedecía a que, poco antes de la llegada de Lowe, hizo caso omiso de la prohibición de Cockburn de cabalgar más allá de los límites de Longwood y alcanzó el sur de la isla, lo que desató todas las alarmas. No llegó a izarse la bandera azul que indicaba su fuga, pero el nuevo gobernador no quiso exponerse a la posible humillación de tener que anunciar un día que su prisionero había escapado, lo que, por otro lado, hubiera sido el fin de su carrera.
Se vieron media docena de veces y a partir del 18 de agosto rompieron definitivamente; Napoleón rechazó una tras otra todas las invitaciones que le hizo el gobernador y aducía estar enfermo para no recibirlo cuando acudía a Longwood. Asimismo, le dedicó adjetivos como «infame y siniestro», despreciándolo profesionalmente al decir que únicamente había tenido a sus órdenes a «vagabundos, desertores corsos, bandidos piamonteses y ladrones napolitanos». Lowe replicó torpemente sustituyendo a ocho criados ingleses de la casa por soldados, exigiendo una mayor contención de gasto -para lo que redujo casi a la mitad el presupuesto asignado- y que los franceses colaboren en la manutención.
| Fotografía de un impreso de 1818 que muestra a Napoleón con Betsy Balcombe y su madre (Wikimedia Commons) |
Entonces Bonaparte mandó vender parte de la cubertería de plata que tenía y convertir varios muebles en leña para la chimenea. Sus ayudantes se aseguraron de que toda Europa se enterase de esa precariedad que sufrían, lo que levantó indignación incluso en Londres, donde el se produjo un debate parlamentario al respecto. El 17 de junio llegaron a Santa Elena tres comisarios, uno por cada potencia aliada, en visita de inspección: el marqués de Montchenu por Francia, el ruso el baronet Ramsay de Balmain por Rusia y el barón Stürmer por Austria. Ni Lowe ni mucho menos Napoleón estuvieron cómodos con su presencia, así que trataron de aprovecharse de ellos; el primero quiso usarlos como espías y el segundo para convencerlos de que se le restituyera el tratamiento de emperador.
Al final el gobernador, sospechando que Balmain pretendía ayudar a huir al prisionero, lo echó de la isla en mayo de 1820; el comisario se fue en inesperada compañía: Susan de Lancy, que no soportaba más seguir en aquel remoto lugar. Montchenu, en cambio, se quedó hasta el fallecimiento de Napoleón, quien tampoco ahorró descalificaciones contra él: «Es uno de esos hombres que dan pie por el mundo al prejuicio por el cual los franceses no son más que unos saltimbanquis». Y por si no estaba claro su despreció, añadió: «Qué charlatán! ¡Qué imbécil! (...) Es un general de carroza que nunca ha olido la pólvora».
| Napoleón en Santa Elena, obra de Franz Josef Sandmann (Wikimedia Commons) |
Con el inexorable paso del tiempo, el físico maltrecho por el clima y una apatía cotidiana que le llevaba a pasar horas encerrado en su dormitorio o en la bañera, Bonaparte fue perdiendo el ánimo, lo que repercutió en su decadente condición física; la obesidad se apreciaba a simple vista, pero había más. Encima, a su lado sólo quedaban Montholon y Alí, aunque se les sumaron dos sacerdotes; ya no se podían hacer aquellas veladas de después de la cena, jugando a las cartas, al ajedrez o leyendo en voz alta tragedias -las griegas y las de Racine eran sus favoritas-. El emperador tampoco contaba ya con Las Cases para seguir dictándole memorias e intentar aprender inglés -inútilmente, pues no se le daba bien-; como el mismo decía, «lo único que nos sobra aquí es el tiempo».
Los dos últimos años de su vida se deterioró más su salud debido a lo que Barry O'Meara, su médico escocés, diagnosticó como una hepatitis, aunque el paciente sugería que el gobernador, quien pensaba que sus achaques sólo eran una exageración, le estaba envenenando de alguna forma. Algo en lo que insistió en el verano de 1819, cuando empezaron a atenazarle unos fuertes dolores en el costado derecho acompañados de fiebre y náuseas que el doctor François Antonmarchi, un galeno corso enviado por su madre para sustituir al anterior, atribuía más a causas anímicas que físicas. Tuvo que ser Napoleón mismo quien le recordase que su padre había muerto de un cáncer de estómago -también una de sus hermanas- que probablemente él heredaba ahora.
| La muerte de Napoleón en una acuarela anónima de 1821 (Wikimedia Commons) |
Al llegar la primavera de 1821 y tras un mes postrado en cama, Napoleón asumió que era el final y pidió hacer testamento. Firmó tres borradores en los que perdonaba a todos sus enemigos menos a la oligarquía británica, recordó a su hijo y a Margarita de Austria, repartió sus bienes entre toda la gente que conocía -incluyendo a los soldados que habían servido a sus órdenes- y finalmente expiró la tarde del 5 de mayo balbuciendo las famosas palabras «France, l'armée, Joséphine» o parecidas con ligeras variantes, según cada testigo: «Tête… armée… Mon Dieu!» , «qui recule...à la tête d'armée», etc.
Montholon avisó al gobernador, quien tuvo un último gesto noble después de tanta cicatería. Inclinado sobre el cadáver, dijo: «Caballeros, fue el mayor enemigo de Inglaterra. También el mío, pero se lo perdono todo. Ante la muerte de un hombre grande uno sólo debe sentir dolor y lamentarse». No fue suficiente para lavar su mala imagen y la impopularidad hizo que su siguiente destino fuera Ceilán. El duque de Wellington diría de él que había sido «una muy mala elección; era un hombre falto de educación y criterio. Era un hombre estúpido. No sabía nada del mundo, y como todos los hombres que no saben nada del mundo, era desconfiado y celoso». El escritor Walter Scott tampoco fue clemente en su biografía de Bonaparte de 1827, por lo que le demandó en los tribunales.
| Tumba original de Napoleón en Santa Elena (Luke McKernan en Wikimedia Commons) |
Siguiendo las disposiciones del difunto, Antommarchi realizó la autopsia. Efectivamente, la causa oficial del óbito fue una hemorragia estomacal causada por un carcinoma resultante de una úlcera, a su vez agravada por un exceso de medicación a base de mercurio que le había recetado su médico anterior. Un análisis reciente practicado a un mechón de cabello también reveló la presencia de arsénico en cantidad peligrosa; para unos eso implica un asesinato premeditado, mientras que para otros no necesariamente, pues ese veneno era el que se empleaba contra las ratas y estaba presente en el papel de la pared y los tapices de Longwood House; otros muchos personajes de la época resultaron tener también niveles elevados de arsénico. En cualquier caso, con su muerte terminaba lo que para él era una humillante culminación de su vida y para el gobierno británico un espinoso problema.
Bonaparte había pedido ser enterrado junto al Sena, pero imaginando que no se respetaría su deseo y temiendo que le llevaran a la Abadía de Westminster, dejó escrita una alternativa: Geranium Valley, un lugar a la sombra de unos sauces y surcado por un arroyo que pasó a ser conocido como Fountain Torbett, en referencia al dueño del terreno. Hubo una misa y su cuerpo se transportó allí en un carruaje, acompañado de su caballo Sheick y una guardia militar de honor compuesta por doce granaderos británicos desarmados. La lápida de la tumba no tuvo inscripción porque Lowe se negó a poner Napoleón I y los franceses no quisieron aceptar General Bonaparte.
| Llegada de los restos de Napoleón a París a bordo de La Dorade, obra de Henri Félix Emmanuel Philippoteaix (Wikimedia Commons) |
A pesar de sus insistentes súplicas a Inglaterra, Leticia Ramonino, su madre, murió sin poder recuperar los restos de su hijo. No se repatriaron hasta casi dos décadas después, cuando el rey Luis Felipe de Orleans consiguió que los ingleses devolvieran las cenizas en el contexto de un renacer del bonapartismo que ya no se consideraba peligroso, habida cuenta del tiempo transcurrido. Fue en 1840, en un funeral de estadoque terminó en Los Inválidos y al que asistió un millón de personas. Cuatro años más tarde Hudson Lowe fallecía en Chelsea, olvidado y pobre.
BIBLIOGRAFÍA:
-LAS CASES, Emmanuel: Memorial de Napoleón en Santa Elena.
-LÓPEZ, María del Sol: Napoleón.
-ROMERO, Belén: Santa Elena, la última cárcel de Napoleón (en Historia y Vida).
-VILLANUEVA, Jesús: El fín de Napoleón: así fue la muerte del emperador en Santa Elena (en Historia-National Geographic).
-BOUCHON, Lionel A. y GRAU, Didier: Napoleon's tombs. Tobrett Fountains-Les Invalides (en Napoleon & Empire).
-MORRIS, Roger: Napoleon and St. Helena, 1815-1816 (en Napoleon.org).
-DASH, Mike: The secret plot to rescue Napoleon by submarine (en Smithsonian Magazine).
-MIEL, Rudi, PIGIÉRE, Fabienne y GIL, Iván: Buonaparte.
Imagen de cabecera: C'est fini: Napoleone ier á Sainte-Hélène, obra de Oscar Rex (Sailko en Wikimedia Commons)
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