El terremoto de Sevilla de 1504

El 5 de abril de 1504, día de Viernes Santo, entre las nueve y las diez de la mañana y en medio de una fuerte tormenta, la tierra empezó a temblar en el centro de Andalucía. Se trataba de un terremoto que sacudió fundamentalmente Carmona y Los Alcores pero extendiendo sus efectos a otros municipios del entorno, como Cantillana, Tocina, Palma del Río, Écija e incluso la propia Sevilla.
Pese a que se ha calculado su fuerza en 7 u 8 grados de la escala Richter, el número de víctimas mortales que provocó fue relativamente bajo, veintinueve personas, casi todas en aquella pequeña localidad más otras dos en la capital andaluza. O, al menos, ésa fue la cifra recogida en el momento, ya que luego se amplió a un centenar.
También derribó muchas casas e inmuebles, sobre todo en Carmona, donde estaba el epicentro y, según contó un fraile testigo de los hechos, "no quedó un solo techo anterior al principio del siglo XVI". Se hundieron las bóvedas de algunos templos y, de hecho, las dos víctimas fallecidas en Sevilla eran mujeres que rezaban en una iglesia y tuvieron el mismo trágico final que dos frailes aplastados en el monasterio de San Isidro. Asimismo, se desplomó buena parte del cenobio sevillano de San Francisco.
Aunque testigos la vieron tambalearse, esta vez se salvó la Giralda; no como en 1356, cuando otro seísmo había echado abajo las bolas de bronce que la remataban. Como cabía esperar, especialmente en un Viernes Santo (día de la muerte de Cristo, coetánea a un temblor de tierra según los evangelios), ello dio lugar al surgimiento de una tradición milagrera al respecto que adjudicaba a las santas Justa y Rufina el haber abrazado la torre para evitar que cayera (Murillo lo plasmó en el cuadro que vemos aquí encima). El sacerdote Andrés Bernáldez, confesor de la reina Isabel, escribió una Historia de los Reyes Católicos en la que dejó una descripción del sobrecogedor episodio:
"... tembló la tierra en España muy espantosamente, e fue el mayor terremoto en esta Andalucía, e fue tan grande espanto que las gentes se caian en el suelo de temor, e estaban como fuera de sentido, e fue de esta manera. Fue oido un muy grande ruido que iba por el aire, e junto con él, todos los edificios, fortalezas, iglesias e casas se estremecieron y dieron tres o cuatro baivenes al un cabo y a otro, uno acostándose hacia el medio dia, y otro, enderezándose y esto pareció en las iglesias, porque estaban a la lengua hacia lebante..."
Los daños totales se calcularon en 7.562.500 maravedíes, aunque en ese cómputo no se incluyeron los de torres, fortalezas y murallas porque "no se podían apreciar". Consecuentemente, el regidor Luis Verdugo acudió a la corte para entregar un memorial de daños en el que solicitaba para los vecinos la exención de alcabalas y otros tributos reales durante quince años. Se ignora la respuesta porque en noviembre surgió otro grave problema: la muerte de la reina. Bernáldez, lo consideró el culmen de un año desgraciado:
"Siguióse después de este gran terremoto y espantoso movimiento de la tierra, muchas fortunas y menguas que sintió España, muchos trabajos y hambres y pestilencias y muertes; y la primera fortuna que sintió España fue la muerte de la Reyna Doña Isabel..."
Al parecer, la corona proyectó enviar ayuda a Carmona, al fin y al cabo patrimonio real al haber construido allí un alcázar Pedro I, pero todo quedó relegado y olvidado con el óbito de la soberana. Sólo sabemos que se dio licencia para que, con cargo a sus "propios", se diera una limosna al citado monasterio de San Francisco con el fin de repararlo (imagen anterior, conservada en el Archivo General de Simancas).
La dramática situación, sin embargo, no había hecho más que empezar porque si 1504 ya había sido un año de malas cosechas, eso continuó en los dos siguientes y la consiguiente hambruna se agravó todavía más en 1507 con un brote de peste, todo lo cual provocó una enorme sangría demográfica en Carmona que acabó con la mitad de su población.

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