Cuando Hernán Cortés estuvo a punto de ser capturado por los mexicas
El Códice Azcatitlán es un manuscrito compuesto por medio centenar de hojas -tres de ellas perdidas-, ilustradas por ambas caras, que ha sido datado entre mediados del siglo XVI y el segundo cuarto del XVII. Con un novedoso estilo, que incluye elementos como perspectiva y volumen, narra la historia de los mexicas o aztecas desde su éxodo inicial hasta la conquista y el comienzo de la época virreinal.
Una de las ilustraciones más curiosas que contiene es la que vemos de cabecera, correspondiente al asedio de Tenochtitlán: un español con armadura que probablemente represente a Pedro de Alvarado, ya que su rodela está decorada con un motivo solar (en alusión al apodo que le pusieron los indígenas, Tonatiuh, dios del sol, debido a su cabello pelirrojo), intenta recuperar el pendón real, que los mexicas habían conseguido arrebatar a los conquistadores poco antes en un sorpresivo golpe de mano.
| Pedro de Alvarado en un retrato de Tomás Povedano de 1906 (Wikimedia Commons) |
La escena se completa con otra acción de ese episodio bélico, el momento en que Hernán Cortés cayó al agua desde el puente de un canal mal cegado de Tlatelolco y fue rescatado por uno de sus aliados nativos, que llegó antes que un bergantín. El cronista novohispano Fernando de Alva Ixtlilxóchitl decía que el indio que salvó a Cortés fue un antepasado suyo, algo que corroboraba Bernardino de Sahagún; Bernal Díaz del Castillo, en cambio, atribuyó el rescate a Cristóbal de Olea (al que no hay que confundir con Cristóbal de Olid).
Los hechos ocurrieron de la siguiente manera. A principios del verano de 1521, las operaciones se habían estancado un tanto. Cada mañana, los españoles y sus aliados hacían incursiones al centro urbano hasta el Templo Mayor, destruían cuanto podían mientras la retaguardia rellenaba las calzadas y luego, al ocaso, regresaban a sus líneas para evitar quedar aislados; a menudo lo hacían magullados o heridos y con la sensación de inutilidad, pues los mexicas aprovechaban la oscuridad nocturna para abrir en zanjas en dichas calzadas que evitasen el paso de la caballería.
Para romper la situación se propuso conectar la zona meridional, conquistada por Cortés hasta el recinto sagrado central tenochca, con la septentrional de Sandoval y la occidental de Alvarado. Para ello concibió la unión de fuerzas de éstos en la calzada de Tlacopán, mientras él encabezaba una incursión combinada de tres columnas de ataque que debían confluir hacia «una plaza mayor que la de Salamanca», hoy identidicada con la del mercado de Tlatelolco. Su toma dejaría al enemigo con muy poco terreno que defender, habida cuenta que dos tercios de la isla ya estaban en poder español.
Cortés no estaba convencido del plan porque la fuerza que consiguiera su objetivo podría quedar rodeada y sin posible ayuda de los bergantines, pero muchos de sus capitanes (Alvarado, Olid, Verdugo, Tapia, Lugo y Corral) y el tesorero real Julián de Alderete insistieron en llevarlo a cabo al considerar que si tenía éxito podría ponerse fin a una guerra que empezaba a resultar agotadora y amenazaba con destruir la ciudad que el extremeño quería ofrecer a Carlos V. Así que cedió, rompiendo la estrategia de cautela que había seguido hasta entonces: «Y al fin tanto me forzaron, que yo concedí que se haría en este caso lo que yo pudiese, concertándose primero con la gente de otros reales».
| Plano de Tenochtitlán y Tletelolco con sus barrios, canales y calzadas (Sarumo74 en Wikimedia Commons) |
Se dio la circunstancia de que precisamente, en el otro bando, Cuauthémoc acaba de alcanzar un acuerdo con la gente de Tlatelolco, la cual se comprometía a incrementar el papel jugado hasta entonces en la defensa a cambio de la promesa de incrementar su influencia en el imperio mexica y dejar de ser tributaria. El huey tlatoani, al fin y al cabo, era nieto del último mandatario de Tlatelolco y allí trasladó su cuartel general (en Yacacolco, donde hoy está la iglesia de Santa Ana) con sus tropas y la imagen del dios de la guerra, Huitzilopóchtli.
Fue precisamente un tlacatecátl (jefe militar) de Tlatelolco llamado Ecatzin el que capturó el estandarte castellano en el lance que vemos en el Códice Azcatitlán. También alcanzó renombre un guerrero llamado Tzilacatzin, miembro de la orden de los otomilt (a la que pertenecían aquellos que hubieran hecho cinco prisioneros), que luchaban con la cabeza descubierta y tenían por norma realizar un juramento de no retirarse nunca. La especialidad de Ecatzin era, por lo visto, el lanzamiento de piedras, que pese a su arcaísmo era una de las mejores formas de romper los disciplinados escuadrones españoles.
Poco después de aprobarse el plan, la caballería de Sandoval simulaba una retirada para atraer a los mexicas hacia fuera, mientras sus infantes se unían a los de Alvarado y avanzaban. Cortés entró en Tenochtitlán por la calzada del sur y dividió su columna en tres grupos. Uno de ellos estaba dirigido por Alderete y lo integraban setenta y ocho españoles (ocho de ellos de caballería) y unos quince mil indios aliados; otro grupo, comandado por Jorge de Alvarado y Andrés de Tapia, contaba con ochenta hispanos y diez mil auxiliares, más ocho jinetes que escoltaban un par de cañones.
El tercero, mandado por Cortés en persona y formado por cien soldados, ocho jinetes y un «infinito número de nuestros amigos», marchó por el norte procurando que a su paso se rellenaran los huecos de las calzadas que pasaban. Capturó dos puentes, superó un par de barricadas... y, al avanzar por las callejuelas -más estrechas que las de Tenochtitlán, obligando a seguir a pie prescindiendo del caballo-, se encontró de cara con un fuerte contrataque enemigo. El capitán dejó una vívida descripción de aquel peligroso contratiempo en su Tercera carta de relación:
«... y ya que estaba junto al agua, halléla toda llena de españoles e indios, y de manera que no parecía que en ella hubiesen echado una paja; y los enemigos cargaron tanto, que matando a los españoles se echaban al agua tras ellos; y ya por la calle del agua venían canoas de los enemigos y tomaban vivos los españoles».
| Un otomitl y un guerrero xiuhcoyotl atacan por sopresa a un español y su aliado tlaxcalteca, obra de Adam Hook (Afitas20 en Wikimedia Commons) |
Los españoles no conocían bien aquella zona y al retroceder se encontraron con que no se había rellenado adecuadamente el foso de una de las calzadas. Más tarde, Cortés y Alderete se culparían mutuamente de no haberse percatado; entretetanto, se hallaban atrapados en una difícil posición, sin vía de retirada ni posibilidad de usar artillería o caballos en aquellas calles llenas de soldados combatiendo; para colmo, los aliados indios fueron presa del pánico y huyeron. Aquéllo enardeció a los mexicas, que enviaron refuerzos en canoas para atrapar a quienes trataban de escapar por el lago.
El propio Cortés permaneció luchando con el agua a la cintura -salvó la vida al soldado Martín Vázquez, que herido en una pierna no podía subir a la calzada-, vio cómo se le echaban encima cuatro guerreros; sin embargo, como ya había pasado en los puentes y en Xochimilco tiempo atrás, en vez de matarlo allí mismo lo capturaron vivo para llevarlo a la piedra del sacrificio junto a otros sesenta y ocho prisioneros, a diez de los cuales los decapitaron al poco para arrojar las cabezas a sus posibles perseguidores y amedrentarlos.
| Ixtlilxóchil en una ilustración anónima para una edición de 1922 del libro La conquista de México, de William Prescott (Wikimedia Commons) |
Pero eso dio tiempo para que acudieran en su auxilio. Como decíamos, Fernando de Alva Ixtlilxóchitl y Bernardino de Sahagún aseguraban que ese rescate corrió a cargo de un antepasado del primero, el príncipe texcocano Ixtlilxóchil, que cortó los brazos de quienes sujetaban Cortés. Ello le costó recibir una pedrada en la sien, pero se tapó la herida con tierra, vendó la cabeza y continuó la pelea en duelo singular con un oficial mexica, derrotándole pese a que en el lance volvió a recibir el impacto de otra piedra y una flecha; no se arrancó ésta hasta acabar con un enemigo más.
En cambio, Bernal Díaz del Castillo atribuye el salvamento a Cristóbal de Olea, el mismo hombre que ya había protagonizado una acción similar en Xochimilco, ayudado por el joven Hernando de Lerma y Antonio de Quiñones, jefe de la guardia de corps del extremeño. Olea era un espadachín de veintiséis años, natural de Medina del Campo y muy admirado por sus compañeros, que con su espada habría cortado de un tajo las manos de quienes sujetaban a Cortés antes de caer muerto él mismo en la refriega. En su Historia verdadera de la conquista de Nueva España, Bernal Díaz, que tomó parte en aquella batalla y resultó herido en un muslo, cuenta al respecto:
«… y él fue el que escapó de muerte a don Fernando Cortés en lo de Suchimilco cuando los escuadrones mexicanos le habían derribado del caballo el Romo, e le tenían asido y engarrafado para lo llevar a sacrificar; e asimismo le libró otra vez cuando en lo de la calzadilla de México lo tenían otra vez asido muchos mexicanos para lo llevar vivo a sacrificar, e le habían ya herido en una pierna al mismo Cortés, y le llevaron vivos setenta y dos soldados».
Al final los supervivientes lograron abrirse paso, espada y rodela en mano. Un criado de Cortés, Cristóbal de Guzmán, trató de llevarle un caballo pero fue derribado y el animal muerto; un segundo intento también fracasó y sólo a la tercera pudo montar el capitán y cubrir con otros jinetes la retirada hacia la calzada de Tlacopán. Sandoval y Alvarado, abrumados por la llegada de refuerzos mexicas -los que venían de derrotar a la columna de Cortés- y comprobar que el plan había fracasado, se replegaron más o menos en orden.
Dos de los bergantines asignados a cubrir la operación desde el lago también pasaron por momentos críticos, asediados tras quedar atascados en las trampas subacuáticas a base de estaca que había aprendido a colocar el enemigo, si bien finalmente pudieron librarse -no sin heridos en sus tripulaciones- y apoyar la marcha de Sandoval. Aquella jornada tan aciaga para los españoles y sus aliados terminó trágicamente. Se ignora la fecha exacta, aunque se calcula que debió ocurrir el 30 de junio.
Según Cortés, «mataron los contrarios treinta y cinco o cuarenta españoles y más de mil indios amigos nuestros, e hirieron más de veinte cristianos, y yo salí herido en una pierna». Otros cronistas dan cifras mayores de bajas hispanas -sin contar las indígenas, desconocidas pero mayores-, rondando las sesenta; insostenibles para una única jornada, habida cuenta que eran casi la mitad de las registradas en la Noche Triste, aunque incluían las de los prisioneros sacrificados en el templo de Tlatelolco ante la afligida impotencia de sus compañeros:
«Allí los mataron uno a uno, sacando los coraçones; primeramente mataron a los españoles, y después a todos los indios sus amigos. Haviéndolos muerto, pusieron las cabeças en unos palos delante de los ídolos, todas espetadas por la sienes, las de los españoles más altas y las de los otros indios más baxa, y las de los cavallos más baxas. Murieron en esta batalla cincuenta y tres españoles y cuatro cavallos».
El revés obligó a un descanso de cuatro días para recuperarse del golpe, pero para impedir que cundiera la desmoralización -y con ella una rebaja en el apoyo de los aliados-, Cortés reanudó al cabo las operaciones y esta vez con una nueva táctica que rompía con la anterior para evitar nuevas sorpresas: demoler poco a poco cuanto obstáculo arquitectónico encontrase. Paradójicamente, aquella victoria mexica no sólo no impidió la derrota final sino que supuso también la destrucción completa de la ciudad.
BiBLIOGRAFÍA:
-DÍAZ DEL CASTILLO, Bernal: Historia verdadera de la conquista de Nueva España.
-SAHAGÚN, Bernardino de: Historia general de las cosas de Nueva España.
-CORTÉS, Hernán: Cartas de relación.
-ALVA IXTLILXÓCHITL, Fernando de: Obras históricas de Don Fernando de Alva Ixtlilxóchitl.
-THOMAS, Hugh: La conquista de México.
-MIRALLES, Juan: Hernán Cortés. Inventor de México.
-ESPINO LÓPEZ, Antonio: Vencer o morir. Una historia militar de la conquista de México.
-LAGO, José Ignacio: Hernán Cortés. La conquista de México, 1519-1521.
-RODRÍGUEZ GONZÁLEZ, Agustín Ramón: Asedio y toma de Tecnoctitlán. Una operación anfibia (en Desperta Ferro. Historia Moderna, nº 12-La conquista de México)

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