La crucifixión en la época de Jesús
«Al llegar a un lugar llamado Gólgota (que significa Calavera) dieron de beber a Jesús vino mezclado con hiel; pero el lo probó y no lo quiso beber. Los que lo crucificaron se repartieron sus vestidos a suertes. Y se sentaron para custodiarlo. Sobre su cabeza pusieron la causa de su condena: Éste es Jesús, el rey de los judíos. Con él crucificaron a dos ladrones, uno a la derecha y otro a la izquierda (...) En aquel momento uno de ellos fue corriendo a buscar una esponja, la empapó en vinagre, la puso en una caña y le dio de beber».
Estos versículos del Evangelio de San Mateo constituyen el testimonio escrito más famoso que conservamos sobre la crucifixión, una forma de ejecución brutal que, pese a lo que se suele creer, no fue inventada por los romanos sino que se encuentra en toda la Antigüedad, en muchos sitios del mundo -desde Asiria hasta Grecia, pasando por Persia, Fenicia, Cartago, Japón...- y a lo largo de los siglos hasta nuestros tiempos. Quizá el lector más avezado recuerde cómo Alejandro Magno ordenó crucificar a los dos millares de defensores supervivientes del asedio de Tiro, o los tres mil sacrificados por Darío I en Babilonia o los cristianos sacrificados por el shogun Toyotomu Hideyoshi en el Nagasaki de 1597; o puede que haya visto las controvertidas fotos del genocidio armenio del primer cuarto del siglo XX, con ajusticiados de ese manera.
| Sirviente japonés crucificado en 1907 por asesinar al hijo de su señor (Wikimedia Commons) |
Sin embargo, las pruebas materiales ya son otra cosa. El registro arqueólogico está prácticamente inédito a pesar de que se conocen lugares específicos donde se llevaban a cabo crucifixiones, como el mencionado Gólgota en Jerusalén o la puerta del Esquilino en Roma; incluso los flancos de la Vía Apia son potenciales yacimientos, teniendo en cuenta que Marco Licinio Craso los «decoró» con cerca de seis mil crucificados -los hombres derrotados del ejército de Espartaco- a lo largo de dos centenares de kilómetros entre Capua y Roma. El problema está en que la madera es un material muy endeble para conservarse y por eso no abundan las piezas arqueológicas hechas de ella.
| Calvario, obra de Pietro Sassi (Richard Rowan en Wikimedia Commons) |
Ese carácter perecedero se incrementa en las cruces porque, al contrario de los muebles, no eran de uso prolongado sino efímero; además el emperador Constantino prohibió la crucifixión en el siglo IV y cabe imaginar que los postes con que se llevaban a cabo probablemente terminaron destinados a un nuevo uso: leña, vigas, etc. Asimismo, los clavos -que no siempre se usaban, como veremos-, solían torcerse al clavarse y por tanto quedaban inutilizados, aunque a menudo desaparecían porque por su singular uso la gente pensaba que tenían propiedades mágicas y se los llevaban en calidad de amuletos.
Por eso el único caso de hallazgo de un crucificado, que casualmente también era un judío de la época romana, tuvo una enorme importancia. En el año 1968, unos obreros que trabajaban en un barrio del norte de Jerusalén llamado Giv'at ha-Mivtar encontraron una antigua tumba. Al examinar su interior, un equipo de arqueólogos del Departamento de Antigüedades de Israel dirigido por Hersell Shanks desenterró un osario bimilenario, una urna de piedra dentro de la que se habían depositado los huesos de un hombre presuntamente llamado Yehohanan, a juzgar por la inscripción exterior: «Yehohanan el hijo de Hagkol».
| Reconstrucción de la crucifixión de Yehohahan, por el artista Peter Connolly |
Los análisis óseos posteriores, practicados en la Universidad Hebrea de Jerusalén, desvelaron que pertenecían a alguien que había sido crucificado. Se dedujo de un largo clavo de hierro que atravesaba el hueso del talón, si bien los de las manos o muñecas estaban intactos, señal de que seguramente no se habían clavado sino simplemente atado con sogas. Para ser exactos esto se supo más tarde, en 1985, tras una revisión de los restos llevada a cabo por Joe Zias (conservador de la Autoridad de Antigüedades de Israel) y el doctor Eliezer Sekeles (del Centro Médico Hadassah), quienes desmintieron que las laceraciones de los antebrazos reseñadas en 1970 se debieran a clavos, como había propuesto hasta entonces Nicu Haas, de la misma universidad.
Eso llevó a sugerir que las crucifixiones realizadas en la región se hacían con un único poste vertical, a buen seguro debido a la escasez de madera, y algunos especialistas opinan que incluiría el caso de Cristo, lo que no estaría exento de cierta ironía porque el símbolo cristiano se basaría entonces en una iconografía errónea. Enseguida veremos que, efectivamente, las cruces de las ejecuciones adoptaban diversas variantes. De momento, quedémonos con que aquellos restos mortales constituyeron un descubrimiento único y valiosísimo, por los datos que aportaron a un tema hasta entonces escaso de ellos.
| El clavo en el calcáneo de Yehohanan (izq.) y recreación de cómo estaba en la cruz (dcha.) |
No se sabe qué delito cometió Yehohanan, que vivió en el siglo I d.C.; tan sólo que tendría unos veinticinco años, medía alrededor de un metro sesenta y siete, y no está claro si sus pies fueron clavados a cada lado del stipes, el poste vertical, con sendos clavos o uno sobre otro, ya que aunque únicamente se conserva un clavo). Como cuenta San Juan que hicieron a los ladrones del Gólgota, también le quebraron la tibia y el peroné de las dos piernas; el ángulo de las roturas demuestra, asimismo, que éstas estaban flexionadas. Dado que el clavo del talón se dobló al penetrar en la madera (de olivo la del poste y de acacia la de las tablillas intermedias, según los restos hallados en la punta), fue necesario aserrar por debajo de los tobillos para descolgarlo cuando murió.
Tras pasar un año en un loculi (sepulcro subterráneo) para que se descompusiera el cuerpo, de acuerdo con la tradición judía, se trasladaron los huesos al osario. Y en él no estaba solo, ya que apareció otro esqueleto correspondiente a un niño de tres o cuatro años. El arqueólogo israelí Yigael Yadin opina que una segunda inscripción con el nombre Yehohahan es la que se refiere realmente al reo, mientras que la anteriormente reseñada corresponde al niño, que sería vástago suyo. Recordemos que decía «Yehohanan el hijo de Hagkol». Este último nombre, muy raro, no sería tal sino que, por similitud cacofónica con palabras similares, significaría «crucificado». Es decir, la traducción correcta sería «Yehohanan, hijo del crucificado» y, por tanto, el nombre Yehohanan no identificaría al adulto sino al niño.
| Dibujo decimonónico de un relieve asirio de Ninive mostrando reos empalados al fondo. El empalamiento se considera un precedente o incluso una variante de la crucifixión (Wikimedia Commons) |
Eso significaría que desconocemos la auténmtica identidad de aquel infortunado, como si no hubiera sido bastante el sufrimiento por el que pasó. Porque lo que da un carácter especialmente bárbaro a morir en la cruz era el hecho de que se hacía de una forma tan lenta como dolorosa, gracias a la pericia de los immunes o verdugos espeializados. Cortar la cabeza mata más o menos instantáneamente y un ahorcamiento que no se base en la rotura de las cervicales sino en la asfixia, colgado de la soga -como se hacía hasta bien entrado el siglo XIX-, tarda más de un minuto (el espectáculo de ver al reo pataleando en el aire era considerado infamante, de ahí que esa pena se aplicara sólo al pueblo llano mientras que a las clases altas les estaba reservada la decapitación y que la Revolución Francesa estableciera la guillotina como método democratizador).
La hoguera podría parecer igualmente terrible, pero la inhalación de humo por parte del condenado durante el proceso solía acabar con su sufrimiento antes que las llamas. Y el empalamiento requería tal pericia técnica para realizarlo como se pretendía que rara vez se conseguía el objetivo de que el reo agonizara un buen rato entre atroces dolores, muriendo antes del tiempo previsto. En realidad, el catálogo de horrores en ese sentido es tan amplio como la perversa imaginación humana y hay libros enteros dedicados a ello. Quedémonos aquí con la crucifixión y veamos sus atroces características; no en vano, Cicerón la definió como «la pena capital más cruel y repulsiva».
La primera peculiaridad es que el condenado no sólo moría con lentitud sino que podía tardar días enteros en hacerlo; Jesús tuvo la suerte de que, según el Evangelio de San Juan, se acercaba el sábado, jornada de descanso absoluto en la ley hebraica, por lo que se aceleró deliberadamente su óbito para que éste no se produjera tal día y así poder enterrarlo antes. Pero las seis horas que pasó agonizando lo hizo en medio de tremendos dolores provocados por los calambres, la asfixia y el debilitamiento previo debido a los azotes recibidos y a haber tenido que cargar con el travesaño hasta el Gólgota (un monte extramuros donde hoy se alza la iglesia del Santo Sepulcro), de modo que al final el agotamiento de su organismo era casi total.
Antes de crucificar al condenado, los romanos lo azotaban con un flagrum taxillatum o flagelo, un látigo de tiras cortas hechas de cuero con bolas de hierro o trozos de hueso o de concha enganchados a lo largo de dichas tiras. Esos engarces desgarraban la piel al impactar contra ella y no tardaban en dejarla en sanguinolenta carne viva. Los evangelios cuentan que los legionarios también practicaron con Jesús una vieja costumbre de ámbito militar que se hacía durante las Saturnalia (las fiestas de fin de año), consistente en disfrazar de monarca a un esclavo y burlarse de él para después sacrificarlo. Esto último se obviaba en la aplicación de sentencias de muerte, puesto que el final iba a ser el mismo. A continuación, el preso tenía que cargar con el patibulum, el mencionado travesaño de la cruz, que pesaba entre treinta y treinta y cinco kilos.
| Jesús en una crux simplex (Rubén Betanzo en Wikimedia Commons) |
A veces no se usaba patibulum y la ejecución se llevaba a cabo sólo sobre un stipes o poste vertical -que incluso podía ser un simple tronco de árbol (arbor infelix)-, en lo que se conocía como crux simplex. Fuera cual fuese la opción, el reo podía ser sencillamente atado o clavado; en el segundo caso, los clavos, que eran de sección cuadrangular y tenían una longitud media de quince centímetros, no se aplicaban directamente sobre los miembros, sino a través de unas tablillas de madera que envolvían muñecas y/o tobillos y cuya función era evitar que la piel o los músculos se desgarraran dejando de sostener el cuerpo. Cúbito y radio (o tibia y peroné) hacían de pinza para ello. Fuera con clavos o con cuerdas, a efectos prácticos el resultado era parecido porque en ambos casos se presentaban los mismos padecimientos.
Así, era frecuente que el crucificado sufriera luxación en los hombros debido a la posición forzada de las extremidades, cuyos extremos además podían estar clavados a la madera afectando a los nervios, músculos y/o los huesos. Los riñones trataban de compensar la pérdida de sangre reduciendo la producción de orina, pero generando sed; como no se daba de beber al reo, la deshidratación y la falta de sodio le generaban graves calambres musculares que no podía aplacar. Esto se agravaba al estar sujeto en una posición antinatural, con las piernas flexionadas en cuarenta y cinco grados y el tronco sostenido sólo sobre los muslos; cuando éstos le fallaban, era necesario hacer fuerza con la parte superior (muñecas, brazos, hombro), repitiéndose la situación a la inversa.
| Jesús en una crux inmissa con dos posibles formas de clavar los pies (Rubén Betanzo en Wikimedia Commons) |
O sea, el crucificado agonizaba en un continuo movimiento arriba y abajo, no inmóvil como acostumbran a mostrar las películas. La extenuación por repetir ese ciclo una y otra vez, junto con el intenso dolor experimentado cada vez que se apoyaba en los pies al tratar de incorporarse, hacía incrementar su frecuencia cardíaca, lo que llevaba a acelerar la pérdida de sangre iniciada con la flagelación previa y a un debilitamiento extremo. Y es que la posición del cuerpo colgando hacia delante le ahogaba porque presionaba sobre la caja torácica, obligándole a un torturante esfuerzo para elevarse y tomar esas bocanadas de aire.
Tengamos en cuenta que, aparte de los clavos, los calambres y la dificultad para respirar, podía haber otras molestias extra: la corona de espinas que se impuso a Jesús en la cabeza (no una guirnalda sino un casquete que le cubría todo el cuero cabelludo), la espalda en carne viva rozando la basta madera en cada movimiento, los golpes recibidos que podrían haber roto algún hueso, el shock ortostático (acumulación de sangre en las piernas por efecto de la gravedad y la inmovilidad de éstas), etc. En ocasiones se podía perder la consciencia un rato, lo que sería un efímero alivio; otra posibilidad era emborracharse parcialmente a base de vinagre con hiel (mirra), como la bebida que rechazó Jesús de manos de los legionarios, que seguramente era la posca que ellos acostumbraban a consumir.
| Jesús en una crux conmissa y una tercera forma de clavar los pies (Rubén Betanzo en Wikimedia Commons) |
Con el paso del tiempo el agotamiento acababa por alterar el ritmo cardiorrespiratorio, dando lugar primero a hipoxia (bajo nivel de oxígeno en sangre) y después a hipercapnia (aumento del dióxido de carbono en sangre) y obligando al corazón a latir más deprisa para compensar la deuda de oxígeno. El mantenimiento persistente de la taquicardia daba lugar a una acidificación de la sangre por dilución y transformación del dióxido de carbono en ácido carbónico. La extenuación por subir y bajar de forma continuada durante horas -o días- llevaba al cuerpo a un estado paroxístico y a no poder seguir.
Sin embargo al detenerse resultaba imposible respirar, de modo que el organismo continuaba buscando aire instintivamente para evitar el ahogamiento, acercándose a la insuficiencia cardíaca y respiratoria. Algo que, junto con la alteración a la baja de la tensión arterial y la acumulación de líquido en el pericardio y los alvéolos, solía desembocar en un edema pulmonar y fallo cardíaco. En el caso de Jesús, la descripción de San Juan de que el lanzazo de un soldado romano le hizo brotar sangre y agua del costado sería un indicio de que hubo derrame pericárdico y pleural que provocó la rotura del corazón.
| Otra posibilidad: la crucifixión de Jesús en un tronco, con los pies clavados a los lados (Rubén Betanzo en Wikimedia Commons) |
Los romanos, que tomaron la crucifixión de los cartagineses, tenían una imaginación para el martirio que poco envidiaba a la proverbial de los asirios, sus presuntos inventores allá por el siglo VI a.C., llevándola a un refinamiento siniestro. Los immanes sabían cómo prolongar aquel tormento añadiendo a veces a la cruz un suppedaneum -un apoyo para los pies que facilitaba al reo levantarse sobre él para respirar- y un sedile o asiento -que le permitía descansar falsamente, pues entonces no llegaba oxígeno a sus pulmones-. Cabe puntualizar que fue en tiempos posteriores a Cristo. Como vimos, si era necesario también podían acortar la tortura con el reseñado crurifagium, consistente en romperle las piernas para que no pudiera volver a alzarse y terminara afixiándose, tal como se hizo con los ladrones que flanqueaban a Jesús.
Cada crucifixión presentaba características propias y las fuentes históricas documentan numerosas diferencias de una a otra. Había dos tipos básicos de cruz, según enunció a finales del siglo XVI el humanista flamenco Justus Lipsius en su estudio De cruce. El primero era la crux simplex, que podía ser ad affixionem (un poste vertical sin travesaño; servía el tronco de un árbol y por eso probablemente se usaba en ejecuciones masivas) o ad infixionem (lo mismo pero empleado para empalar en vez de crucificar). El segundo, la crux compacta, que prolongaba el tiempo de agonía respecto al anterior y se diversificaba en conmissa (que, con el patíbulum en la parte superior formando una T, era la más frecuente según Luciano de Samósata), inmissa o capitata (la clásica latina, con el patibulum transversal) y decussata (en forma de X).
| El llamado Grafito de Alexámenos (a la derecha una reproducción para verlo más claro) es la representación artística más antigua que se conoce (siglo III d.C.) de la crucifixión de Cristo (Wikimedia Commons) |
No sólo había variedad en el instrumento sino en la manera misma de colocar al reo en él. Iba desde atarlo a clavarlo, pasando por aplicar lo uno a las extremidades superiores y lo otro a las inferiores o a la inversa, pero además se le podía crucificar con los brazos extendidos o sobre la cabeza, con los pies a cada lado del stipes o delante o juntos, como vemos en las ilustraciones adjuntas. Finalmente, había diferentes posibles causas de la muerte, pues podía ser por hipoxia, shock hipovolémico, parada cardíaca, septicemia o una combinación de todo o parte.
A todo esto, que destruía a la persona físicamente, había que sumarle la parte humillante, menor si se quiere pero que deshacía su dignidad y su ánimo: el reo era crucificado desnudo -el pequeño paño que vemos en la iconografía estaba reservado a las mujeres- y, si aguantaba tiempo suficiente en la cruz -hasta nueve días, podía durar- se hacía encima sus necesidades a la vista pública. Eso explica por qué en Roma era un sistema de ejecución reservado casi exclusivamente a esclavos, libertos, piratas e insurrectos, quedando exentos los ciudadanos salvo en casos excepcionales como la alta traición.
| Pintura de James Tissot mostrando el crurifagium aplicado a los ladrones crucificados junto a Jesús |
Consumada la muerte, los enterradores, ataviados con vestiduras rojas, descolgaban el cadáver y lo arrastraban con ganchos mientras hacían sonar una campanilla que advertía de su paso. A continuación, lo arrojaban a una fosa común; el de Jesús fue una excepción gracias a que José de Arimatea, un fariseo del Sanedrín que era seguidor suyo en secreto, ofreció su propia tumba excavada en la roca para enterrarlo y consiguió el permiso de Poncio Pilato para ello.
BIBLIOGRAFÍA:
- LÓPEZ MATO, Omar: A su imagen y semejanza. La historia de Cristo a través del arte.
- PARSLEY, Rod: The cross.
-LLORENTE, Miguel: 42 días. Análisis forense de la crucifixión y la resurrección de Cristo.
-ISBOUTS, Jean-Pierre: Arqueología de la Biblia. Los mayores descubrimientos desde el Génesis hasta la Antigua Roma.
-GRANGER COOK, John: Crucifixion in the Mediterranean world.
-CHAPMAN, David W: Ancient Jewish and Christian perceptions of crucifixion.
-ZUGIBE, Frederick T: Forensic and clinical knowledge of the practice of the crucifixion.
-CONNOLLY, Peter: La vida en tiempos de Jesús de Nazareth.
-SAMUELSON, Gunnar: Crucifixion in Antiquity.
-RODRÍGUEZ PEINADO, Laura: La crucifixión (en Revista Digital de Iconografía Medieval).
-VVAA: The physicall death of Jesus Christ (estudio de la Clínica Mayo).
-ZIAS, Joseph: Crucifixion in Antiquity. The evidence (en CenturyOne Foundation).
Imagen de cabecera: El campo maldito, de Fedor Bronnikov (Wikimedia Commons)
Comentarios
Publicar un comentario