Divertida carta de un chispero madrileño a Napoleón por el Levantamiento del 2 de Mayo de 1808
Recordando el 2 de mayo de 1808, efeméride del levantamiento del pueblo madrileño contra los franceses, no me resisto a compartir esta divertida Carta de un chispero de Madrid a Don Napoleón. Se trata de un panfleto, publicado el 13 de junio (un mes después) bajo el pseudónimo de el Tío Ventosa, dirigida ni más ni menos que al mismísimo emperador de Francia. En ella se narra, con tono retador y lenguaje popular, como transcurrieron los hechos en aquella jornada. El documento se conserva en la Hemeroteca Municipal de Madrid.
Aclaremos que el término «chispero» se usaba en el siglo XIX para referirse a los vecinos castizos de la capital, especialmente a los que vivían en el barrio de Maravillas (actual Universidad, incluyendo Malasaña), llamado así por un convento de monjas carmelitas que había entonces. Frente a ellos, los habitantes de la zona serían los «manolos». Etimológicamente, la palabra chispero tiene su origen en el gremio de los herreros, cuyas fraguas generaban chispas durante los tranajos de forja.
| Malasaña y su hija batiéndose contra los franceses, obra de Eugenio Álvarez Dumont. La tradición dice que se trataba de una familia de chisperos (Wikimedia Commons) |
Vamos con el texto en cuestión, que deja claro el estilo desde el principio al invocar a Bonaparte como «Señor fanfarron, señor matasiete, señor perdonavidas, señor baladron, señor espadachin...» y burlándose de él por no atreverse a «venir a presenciar la tremenda marimorena que tuvimos en esta corte el día dos de mayo con la zarrapastrosa y miserable gavilla de rateros rapiñadores que defienden a usted». También Murat, especialmente impopular en España, se lleva una ración de implacables adejetivos: «engolletado», «casquivano», «faramallero», fantástico», «desenfrenado garañon», «zurzidor de voluntades y correveidile de usted».
La tercera descripción es para el pueblo de Madrid, del que dice: «no siendo nosotros ni ningún buen español gente que sufra pulgas agenas, se nos subió el humo é las narices». Y, consecuentemente, «sin decir oxte ni moxte, y en un quítame allá esas pajas», la gente se lanzó contra «los señores vencedores de Austerlitz y Gena». De hecho, el narrador cuenta de forma muy expresiva su intervención personal al ver en peligro a su maestro: «dixe para mi ¡cascáras! ¿esas tenemos? y si saber como ni como no, rompo por entre la turba multa, arremeto como un toro al perillan que le iba á hacer la mostaza, agároles bien por los cabezones, y sin decir agua va le soplo por el gañote tan a mi satisfaccio, que en un santiamen, y como quien no quiere la cosa dexé en el suelo despatarrado como una rana».
| Primera página de la carta |
Luego es el maestro, el tío Chambergo, quien se suma a la pelea: «ponese echo un demonio; apechuga con toda la canalla que se le pone delante; empieza á tirar tajos y reveses, y á este quiero, y a este no quiero, la verdad sea dicha, no dexó títere con cabeza». El autor lamenta no entender la lengua francesa -«su chapurrada xega»- para saber qué dicen ante el ciclón que se les vienen encima, así que se limita a dar cuenta, medio con lástima medio con risa, de las penalidades que sufrieron: «ver a un monsiur de la germandad de las uñas largas con el bandullo de fuera, revolcandose sobre otros lobos de su misma camada, y despidiéndose de este mundo echando mil pestes contra usted; á otro apretándose los chichones y abolladuras que le hizo la culata de una escopeta; á otro buscando media cara que le rebanó una haccha de partir leña; á otro yendo a la rastra porque dos pedazos de plomo bien endilgados le hicieron desprenderse de las dos piernas...».
Pasa entonces el narrador a contar cómo dispara a un coracero que cargaba contra un albañil que estaba débil y enfermo, descabalgándolo pero contemplando como llegan otros «tres enfurruñados y furiosos compinches suyos» mientras Murat permanecía «metido debaxo de siete estados de tierra, y tan muerto de miedo que se le baxó toda la sangre á los zancajos», lamentando que éste no cayera en sus manos o en las de alguno de sus camaradas porque «le hubiéramos pegado un chicharrazo que le hubiera hecho ir antes y con tiempo á las calderas de Pedro Botero».
| Siguientes páginas de la carta |
Vuelve a interpelar a Napoleón, del que imagina que se le está poniendo «la cara de color de azufre» al leer la carta pero, le dice, «no tiene usted mas remedio que aguantar la mecha», añadiendo en tono retador: Y tenga usted entendido seo archipanpano bargante, que en mi nacion murió ya la madre que las paría, como dice mi texto; que no nace ningun español sin vigotes, y que aquí no nos mamaos el dedo. El haber sido los españoles prudentes, humanos y generosos ha dado margen á que nos tenga por sopencos y zamacucos ¡pero quá bravo chasco se usted á llevar!».
Reseña a continuación algunos de los vecinos -y vecinas- caídos, pero advierte a Bonaparte de que «hay más, muchisimos millares de españoles de todas clases que aman á qual mas su religuion, su patria y su Rey; todos los que le harán a usted soltar, mal que le pese, la preciosa alhaja que nos ha robado, es decir á nuestro muy amado Fernando Septimo». Exhorta al emperador para que libere al monarca para que vuelva la tranquilidad y en cierta forma exculpa a los ciudadanos franceses, que «no podrán menos que estar llenos de disgusto y avergonzados al ver que usted con su cabeza de chorlito les hace cada dia mas infelices; y sobre todo al verse gobernados por un zurriburri y emperador de chicha y nabo».
| El resto de la carta |
Insiste finalmente en exigir la liberación de Fernando VII como único medio para «sacar siquiera los pies del berengenal en que le han metido su ambicion y sus marañas». Y sugiere a Bonaparte que «si su natural orgullo le hace tner á menos el morir á manos de los que han visto con horror las funestas consecuencias de las entruchadas, alicantinas y zalagardas con que usted queria casarnos, tírese usted un pistoletazo, y santas pasquas».
La despedida, como no podía ser de otra manera, la firma con la fórmula «este su mas acendrado y verdadero enemigo- El tio Ventosa».
IMAGEN DE CABECERA: El 2 de Mayo de 1808, más conocido como La carga de los mamelucos, de Francisco de Goya (Wikimedia Commons).
El documento se puede consultar en: Memoria de Madrid
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