La masacre de Zeluán, epítome del Desastre de Annual

 

A las ocho y media del sábado 23 de julio de 1921, ciento treinta y cinco jinetes del regimiento de caballería de Alcántara que habían escoltado un convoy de heridos desde Monte Arruit hasta Melilla, y desde allí partido hacia Zeluán para reforzar la posición e impedir que los regulares se rebelasen, hicieron su entrada en esa última localidad. No todos iban a caballo porque algunos perdieron su montura al enfrentarse durante el camino con los citados regulares, ya sublevados, como se temía. 

El capitán Jacinto Fraile, que estaba al mando de aquella misión, decidió quedarse apoyando la guarnición del capitán Ricardo Carrasco Egaña, quinientos soldados que junto con otros refuerzos recibidos ese día (un tabor de caballería de Regulares dirigido por los capitanes Cebollino y García Margallo, más ocho guardias civiles e incluso un capellán) superaban en total los seiscientos efectivos, aunque según los servicios médicos sólo un tercio estaban en condiciones de empuñar un fusil porque la mayoría eran heridos que habían llegado desde Annual, bien directamente, bien vía Monte Arruit. El propio Carrasco había dirigido el traslado de una columna de ellos.

Las medidas obedecían a la situación de guerra que vivía el Protectorado Español en Marruecos y, más concretamente, al desmoronamiento del frente en la circunscripción de Melilla, en lo que pronto se conocería como Desastre de Annual. La campaña iniciada en enero por el general Manuel Fernández Silvestre, con la intención de llegar hasta la Bahía de Alhucemas, había reventado por todos los costados desde que en mayo el Rif se levantó en pie de guerra, perdiéndose la posición de Abarrán, pero, sobre todo, desde que la caída de Igueriben el 17 de julio determinase una caótica retirada del campamento principal de Annual. 

Esquema básico del desarrollo del Desastre de Annual (Imagen: OpenStreetMap en Wikimedia Commons)

En esas circunstancias, todas las posiciones, una tras otra, como un castillo de naipes, fueron abandonadas o exterminadas, a menudo durante su repliegue o tras rendirse. Los maltrechos restos del ejército español, digidos por el general Felipe Navarro -Silvestre murió en circunstancias confusas-, conseguirían alcanzar Monte Arruit gracias a las heroicas cargas de los mencionados jinetes de Alcántara, parte de los cuales cayeron en combate mientras otros se atrincheraban en esa localidad junto a la artillería e infantería (regimientos de Melilla, Ceriñola y San Fernando), esperando una ayuda que nunca llegaría. 

También los hubo que, como vimos, escoltaron a los heridos hasta Melilla, a donde también se dirigían los civiles; se trataba de colonos que vivían allí y en las granjas del entorno de la carretera que unía ambos sitios -una treintena de kilómetros-, quienes dejaban precipitadamente sus hogares ante la negra perspectiva. El destino inmediato de aquellas asustadas familias era la alcazaba de Zeluán, donde, siguiendo las indicaciones de las autoridades militares, ya se habían refugiado todos los habitantes españoles de la ciudad -un centenar- que no pudieron escapar a Melilla. 

En Zeluán, población de unos veinticinco mil habitantes, había un aeródromo donde tenía su base la escuadrilla del Servicio de Aviación, al mando del capitán de Ingenieros Pío Fernández Mulero y compuesta por seis De Havilland DH-4, por lo que la gente tenía esperanza de que se tratase de un sitio seguro; se equivocaba, como veremos. De hecho, ya por el camino pudieron imaginar lo que se avecinaba, pues aquella patética caravana de personas, de condición más o menos humilde (colonos, jornaleros, obreros, tenderos, empleados de las minas de Uixán...), cargando sus escasas pertenencias en hatillos y maletas, sufrió los insultos de los rifeños con que se cruzaban, debiendo a menudo de dejar sus equipajes en la cuneta para que se entretuvieran saqueándolos. 

La escuadrilla de aviones De Havilland destinada al aeródromo de Zeluán (Mundo Gráfico-BNE)

 

Pero esa manifiesta hostilidad sembró el pánico -buena parte eran mujeres y niños- y cuando por fin alcanzaron la alcazaba, a cuya entrada se formó un gran atasco, se desencadenó la tragedia. Los nativos, pertenecientes a las cábilas de Beni Sicar y Mazuza, vieron la posibilidad de hacerse con un buen botín y, antes de que llegasen fuerzas de Abdelkrim y lo impidieran -o fueran más a repartir-, se lanzaron sobre la muchedumbre. Algunas personas murieron en el tumulto, otras resultaron heridas o contusionadas; hubo familias que se vieron separadas y nunca volverían a encontrarse... 

La mañana del sábado 23, los aviones llevaron a cabo su última misión bombardeando la zona de Dar Drius, que había caído en manos enemigas tras ser abandonada por Navarro en favor de Monte Arruit, o realizando vuelos de observación; esa misma noche el aeródromo quedó cercado y los pilotos, que solían pernoctar en Melilla, no pudieron regresar a sus puestos; su jefe entre ellos. En las instalaciones, quedaron cuarenta y tres soldados (treinta de ellos jinetes de Alcántara enviados por Carrasco para reforzarlos), tres sargentos y un alférez, a las órdenes del teniente Manuel Martínez Vivancos. Estaban aislados de la alcazaba, pese a que ambos lugares apenas distaban mil quinientos metros entre sí.

Tal era la situación en Zeluán cuando, como decía al comienzo, declinando ya la tarde, llegaron los jinetes del capitán Fraile. La tensión resultaba tan palpable que el capitán Joaquín Cebollino, de la Policía Indígena, desconfiando de la lealtad de sus propios hombres -una veintena-, ordenó encerrarlos con medio centenar de familiares -mujeres y niños incluidos- como rehenes. Porque la alcazaba también fue sitiada e incluso se produjo un intento de golpe interno por parte del tercer escuadrón de Regulares, cuyos integrantes intentaron robar unos caballos y huir de su encierro; cuarenta lo consiguieron mientras una treintena perdieron la vida en el empeño, al igual que les pasó a dos tenientes españoles que trataron de impedírselo.

Vista aérea de la alcazaba de Zeluán
 

Carrasco decidió enviar a los regulares que quedaban a Melilla bajo el mando de otro teniente, pero éste cayó cuando salieron y la mayoría de sus hombres se pasaron al enemigo. Apenas un puñado que permanecieron fieles lograron alcanzar Nador, desde donde les dispararon los soldados españoles atrincherados en la Fábrica de Harina al confundirles con enemigos; pero no registraron bajas y finalmente pudieron cubrir los diez kilómetros restantes y entrar en la ciudad, donde cundía el temor a un asalto de las harcas, dado que apenas se disponían de fuerzas para defenderla: sólo doscientos soldados.

Los ánimos no se calmaron hasta el día siguiente. Al amanecer, procedente de Almería, desembarcó el regimiento de la Corona y unas horas más tarde hicieron otro tanto desde Ceuta dos banderas del Tercio, al mando del teniente coronel Millán Astray; dos tabores de Regulares, llegados también desde Ceuta, terminaron por devolver cierta tranquilidad a la población. 

El lunes 26 arribaron nuevos contingentes y se reunieron fuerzas suficientes como para que varios mandos (el coronel Riquelme, los comandantes Alzugaray y Carvajal, el teniente coronel Zegrí, el general Cavalcanti y otros) propusieran avanzar y liberar Nador en lanchas (el muelle de la Fábrica de Harina distaba sólo cien metros del mar) o incluso romper los cercos de Zeluán y Monte Arruit con un coste estimado de mil quinientas bajas; pero el alto comisario, general Dámaso Berenguer, prefirió asegurar la defensa de Melilla, lo que significaba que las posiciones asediadas tendrían que arreglárselas por su cuenta. 

 

Desembarco de legionarios en Melilla el 24 de julio (Pinterest)

Entre ellas, por supuesto, Zeluán, que lo tenía difícil porque el aeródromo y la alcazaba continuaban incomunicados y, si bien el primero disponía de un acceso más fácil a la aguada, por contra carecía de víveres y munición para resistir; paradójicamente, los defensores de la segunda contaban con ganado, pero no tenían agua ni podían llegar al riachuelo donde la obtenían, debido a que los rifeños habían ocupado un cementerio que había enmedio y disparaban a todo el que saliera. Una veintena de voluntarios, liderados por el teniente veterinario Tomás López Vicente, salieron por sorpresa y consiguieron desalojar al adversario de aquel estratégico punto a bayonetazos, lo que permitió hacer la aguada. 

Así transcurrieron dos días, durante los cuales se fueron reuniendo en Monte Arruit todos los supervivientes de las demás posiciones. Eso, sin embargo, no hizo que Berenguer cambiara de opinión y, pese a contar ya con una docena de batallones, siguió priorizando la defensa de Melilla. Que las harcas atacasen una posición cercana a la ciudad, Sidi Hamed, defendida tenazmente por legionarios, le sirvió para ratificarse en su idea; las posiciones cercadas deberían resistir solas.

El teniente veterinario Tomás López (Imagen: SciELO)
 

El 28 de julio, un soldado voluntario enviado por Martínez Vivancos logró cubrir la distancia que separaba el aeródromo de la alcazaba y entregar un mensaje, solicitando provisiones y balas. La respuesta de Carrasco fue una prueba de que hasta en las condiciones más adversas se puede mantener el humor, ya que ofrecía un borrego por cada cubo de agua que les mandaran. Cabe aclarar que la mayoría de las posiciones españolas en la circunscripción carecían de pozos o aljibes y eso fue determinante en su trágico destino. Se llenó entonces un camión-cuba y otros dos soldados salieron en él a toda velocidad, sorprendiendo a los sitiadores y entrando en la alcazaba con su preciosa carga.

El problema era hacer el camino inverso con los víveres y la munición, sabiendo que los rifeños estarían alerta. Por ello, se pensó en asignar al camión una escolta de seis jinetes, aunque los dos encargados la rechazaron porque les obligaría a ir más lentos. Lo intentaron en solitario, pues, pero esta vez el vehículo volcó a causa de una zanja-trampa y sus ocupantes fueron acribillados. El capitán Fraile salió a recoger los cuerpos y el cargamento al frente de treinta jinetes; tuvieron éxito... a costa de perder la mitad de los hombres, incluyendo al propio oficial.

El 30 de julio se había vuelto a terminar el agua y el López encabezó una nueva salida contra el cementerio. Sufrió varias bajas, pero otra vez salió victorioso, regresando con las cubas llenas y algunos aperos que se usaron para excavar un pozo, aunque sin resultado. Repetir exitosamente la acción parecía difícil -el veterinario murió en el empeño- y, además, incluso el riachuelo se había vuelto impotable por los cuerpos en descomposición de hombres y animales caídos en él. La situación se preveía insostenible, de ahí que al día siguiente Berenguer sugiriese a Carrasco algo quimérico: un repliegue hacia La Restinga, un fuerte costero cercano a Melilla. Y si consideraba que Zeluán estaba lejos, más aún lo estaba Monte Arruit; por eso también autorizó a Navarro a negociar la capitulación.

Otra vista de la alcazaba de Zeluán en una antigua postal
 

Terminó julio y empezó agosto con la rendición de Nador, cuyos defensores, tras entregar las armas, pudieron caminar hasta el Atalayón para tomar un tren a Melilla. Fue uno de los pocos casos en que se respetaron los términos acordados, quizá porque apenas presentó resistencia al no atacarlo los rifeños abiertamente. El día 2, viendo el desalentador panorama y habiendo tenido que recurrir a comer al perro de un empresario y la carne cruda de los caballos muertos, el teniente Vivancos aceptó la oferta de los cabileños de entregar las armas y el aeródromo a cambio de permitir que la guarnición marchase a Melilla.

Aquí no se cumplió lo pactado. En cuanto los españoles quedaron desarmados, el enemigo entró en el recinto, y los empujó a golpes hacia el edificio de Fino La Ina, donde quedaron recluidos por el momento; probablemente pensaban que todo acabaría bien y no imaginaban que pocas horas después serían masacrados junto a los de la alcazaba, como veremos enseguida, donde lograron refugiarse unos pocos. De ellos, unicamente dos sobrevivirían: un alférez herido tras prender fuego a los bidones de combustible y un cabo capturado mientras huía. Los aviones fueron destruidos también.

El edificio de Fino La Ina (Imagen: ABC)
 

Esa misma tarde, Carrasco mantuvo una tensa entrevista con Ben Chellal, el caíd de la cábila Beni Bu Ifrur, que fue quien instigó a rebelarse a las otras tres de la región Guelaya, en la que el segundo exigía una rendición incondicional frente a las garantías requeridas por el primero. Al final, el capitán aceptó poner en libertad a los nativos rehenes y entregar las armas si se les dejaba irse a Melilla. La primera parte del pacto fue inmediata; la segunda se llevaría a cabo a la mañana siguiente. 

En efecto, el proceso dio comienzo antes de las nueve, pero, como ocurrió en el aeródromo, los cabileños incumplieron lo prometido y empezaron a robar a los españoles cuanto tenían, intentando conducirlos hacia el llamado Patio Moreno del edificio de La Ina. Entonces se desató la matanza: los que se resistieron fueron tiroteados o apedreados; algunos sufrieron mutilaciones de miembros o castración -les quitaban hasta los uniformes-, otros fueron crucificados en las paredes, a veces maniatados con sus propios intestinos, con sus órganos sexuales quemados...

Rifeños de un harca en 1922 (Wikimedia Commons)

 

Los que escaparon en primera instancia no recorrieron más de cuatro kilómetros, al ser alcanzados por moros montados, despachados a "a tiros y gumiazos" y rematados a pedradas por mujeres. Finalmente, se prendió fuego al inmueble y los que aún agonizaban perecieron abrasados. Únicamente se salvaron una decena de españoles, entre ellos dos soldados (Alaejos y Gámez), por cuyo testimonio posterior se descubrieron infamias previas, como que un auxiliar de Intendencia había hecho acopio de víveres y los revendía durante el asedio o un oficial que, al salir y habiéndose arrancado sus distintivos, dio todo su dinero a dos soldados para pasar él por uno más.  

Asimismo, aparte del alférez y el cabo reseñados antes, salieron vivos tres tenientes, aunque todos camino de un cautiverio en Axdir que se prolongaría año y medio, para pedir rescate por ellos. El teniente Bravo no era uno de ellos, pues se tiró de un torreón y permaneció escondido para irse de noche y alcanzar Melilla vía El Atalayón; el sargento Ramón Jimeno consiguió que un nativo amigo le escondiera en su casa y, unos días más tarde, ayudase a llegar a Melilla. 

El teniente Bravo Serrano logró escapar y alcanzar Melilla (El Desastre de Annual)

A los civiles se los recluyó en la conocida como Casa Gómez, donde también perecieron excepto cinco que huyeron hacia Zoco el Arbaa acompañados de tres tenientes. Dos de esos fugitivos eran mujeres: María Martín, de cincuenta años, y su hija Antonia Galán, de veinte, que lograron esquivar la lluvia de balas para, al final, ser ocultadas en su jaima durante un mes por un sargento de Regulares desertor con el que se toparon. 

Ambas vivían en Zeluán con otro hijo adolescente al que habían enviado a Melilla en vista del cariz que tomaban las cosas. Un mes permanecieron en la jaima, hasta que fueron entregadas a un representantes del jefe Si Ben Ali, que estaba reuniendo a todos los prisioneros para llevarlos a Nador. Rechazar los requiebros amorosos de éste estuvo a punto de costarles la vida, pero la intervención de Ben Chellal -cuyo comportamiento en el desastre fue siempre ambiguo- puso fin a la delicada situación. Él las llevó a su casa, donde ya tenía a un par de militares españoles curándoles las heridas.

Los primeros en morir de la alcazaba de Zeluán, tras ser expresamente apartados, habían sido el capitán Carrasco y su ayudante, Francisco Fernández Pérez. Atados espalda contra espalda, sufrieron torturas y el primero falleció tiroteado y quemado vivo, mientras al segundo lo abrieron en canal pese a tener fama de llevarse bien con los rifeños. La explicación es que ambos pertenecían al odiado cuerpo de policía, de la misma manera que sobre los defensores del aeródromo pesó el bombardeo aéreo que los aviones habían realizado sobre aduares de Tafersit, matando a mujeres y niños. 

El capitán Carrasco (Imagen: El desastre de Annual)

En general, los rifeños detestaban el comportamiento de los militares, que les trataban "como seres inferiores", en palabras de alguien tan poco sospechosos de connivencia como el reportero Víctor Ruiz Albéniz. El desprecio hacia la tropa indígena por ssus superiores, las violaciones de mujeres nativas por parte de algunos oficiales o la construcción de una iglesia enorme en Nador (dónde sólo vivían medio centenar de cristianos para asistir a misa) fueron algunos de los motivos de rencor.

Muchas matanzas del Desastre de Annual estuvieron originadas por venganzas similares, no sólo por el paroxismo indómito de las harkas en combate. Esa brutalidad atávica iba más allá del atraso cultural del Rif que aduciría Abdelkrim posteriormente, en una entrevista concedida al periodista Luis de Oteyza en julio de 1922, añadiendo que la mayoría de las barbaridades no las había cometido su cábila, la Beni Urriaguel, sino otras sobre las que no tenía control efectivo, como las de Guelaya; "ésas otras cábilas son las que habrían civilizado ustedes", apostilló.

Entre finales de agosto y principios de septiembre, cuatro semanas después de que el general Picasso fuera nombrado instructor de la investigación sobre las causas del desastre, ya se habían reunido en Melilla cuarenta y siete mil soldados, cantidad que Berenguer consideró suficiente para emprender lo que denominaba reconquista. Nador fue recuperado el 17 y un mes después se tomó Zeluán, donde varios corresponsales de prensa dejaron testimonio de la mezcla de estupefacción y horror sentida por todos ante lo que vieron, anticipo de lo que luego se encontrarían en Monte Arruit y otros sitios.
 
Reconquista de la alcazaba de Zeluán por tropas españolas
 
Las casas de la ciudad se mostraban ennegrecidas y sin techos, consumidos por incendios. Por la carretera iban contándose cientos de cadáveres de quienes trataron de huir a la desesperada y allí quedaron, momificados por el calor y la sequedad del clima unos, agusanados en su podedumbre otros, aunque no faltaban los que fueron devorados por alimañas. En la Casa Gómez, a la que el periodista Cándido Lobera bautizó como Cementerio de los Mártires, había más de un centenar de muertos, unos carbonizados, otros a medias pero con signos de vivir aún cuando ardieron, caso de algunos semienterrados todavía agonizantes. Todos presentando mutilaciones, torturas y profanaciones, esto último extensible a las tumbas del cementerio cristiano.
 
En la alcazaba, el patio hedía por los restos de los caballos, obligando a los presentes a taponarse la nariz. Pero lo peor fue en la casa Fino La Ina, donde el estado de ciento cincuenta cuerpos revelaba el horror de sus últimos momentos; un horror compartido ahora por quienes buscaban a sus seres queridos, como el teniente Rafael Carrasco, hijo del capitán, o del alférez de navío que tuvo que identificar lo que quedaba de su hermano, el teniente médico Fernando González Gamonal. Este dantesco panorama se repitió en la enfermería, a la que los asaltantes prendieron fuego con los heridos dentro.
 
Cadáveres de soldados españoles insepultos en Annual, un panorama similar al que se encontró en Zeluán y otras posiciones (Wikimedia Commons)
 
Resulta evidente la influencia que estas emocionantes descripciones ejercieron en España para que se tomase la decisión, hasta entonces suspendida por escrúpulos morales, de emplear contra los rifeños gases tóxicos (iperita o gas mostaza, fosgeno, difosgeno y cloropicrina), pese a estar prohibidos por las convenciones de La Haya (1899 y 1907) y el Tratado de Versalles de 1919 (que España también firmó). "Después de lo que han hecho, y de su traidora y falaz conducta, he de emplearlos con verdadera fruición" dijo Berenguer en una conversación con el ministro de Guerra. 
 
Normalmente, esa aplicación la hacía la artillería, aunque en ese caso se innovó al llevarse a cabo desde aviones. Lamentablemente, aunque esos bombardeos con gases no eran indiscriminados sino sobre cábilas concretas (especialmente las del Rif central pero también de Gomara y Yebala), al lanzarse sobre aduares y zocos lo mismo acababan con rifeños armados que con sus familias. Por eso resulta irónico que, una vez terminada la Tagduda n Arrif (República del Rif) y cuando ese territorio, abandonado a la miseria y el hambre, volvió a sublevarse en abril de 1958, esta vez contra el gobierno de un Marruecos ya independiente, de nuevo fue arrasado por la represión estatal sustituyendo los gases por napalm y lanzallamas.

BIBLIOGRAFÍA:
-PANDO, Juan: Historia secreta de Annual.
-MUÑOZ LORENTE, Gerardo: Los españoles que lucharon en África.
-CARRASCO GARCÍA, Antonio: Annual 1921. Las imágenes del desastre.
-MADARIAGA, María Rosa de: En el Barranco del Lobo. Las guerras de Marruecos.
-COLOMAR CERRADA, Vicente Pedro: El infierno de Axdir. Prisioneros españoles en el Rif 1921-1923.
-FRANCISCO, Luis Miguel: Morir en África. La epopeya de los soldados españoles en el Desastre de Annual.

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