Rogstaekers, los neerlandeses que se enfrentaron a una raya diabólica


Weert es una ciudad de la provincia de Limburgo, en el sur de los Países Bajos. Resulta prácticamente desconocida fuera del país por su pequeño tamaño, ya que apenas tiene cincuenta mil habitantes, que son los que proporcionan, de forma indirecta e histórica, el motivo de que le dedique esta artículo. Se los conoce popularmente como rogstaekers; sobre todo cuando llega el Carnaval, pues también se llama así la asociación más grande de esas fiestas. Ello se debe a una estrafalaria leyenda local que se remonta al siglo XVII, aunque es posible que derive de alguna antigua saga nórdica.

Cuenta que en 1653 un arriero transportaba pescado desde la costa hasta el vecino pueblo de Laar, que hoy sigue siendo un sitio rural y tranquilo, de no más de seiscientos habitantes, cuando a su paso por Weert un bache hizo que se le cayera inadvertidamente una pieza. En concreto, se trataría de una mantarraya, un pez elasmobranquio de gran tamaño que habita en aguas templadas, razón por la cual resultaba desconocido en esa parte del norte de Europa; no me pregunten cómo ni dónde lo capturaron. Otras versiones hablan de una raya a secas, una de cuyas especies (la raya látigo o Dasyatis pastinaca), sí habita en mares del continente y, de hecho, es la que muestran las representaciones artísticas de la época.

La raya látigo en una ilustración del siglo XVIII. Se aprecia el aguijón en la cola (Wikimedia Commons)

 

El caso es que el carretero lo perdió en Weert, donde nadie lo vio caer del carro; simplemente se lo encontraron en medio de la calle. Eso no hubiera tenido mayor trascendencia de no ser por las características físicas de ese tipo de pez. La raya látigo se llama así porque su cola se mueve como tal y cuenta con un aguijón venenoso, mientras que la mantarraya es un animal muy grande, negro, con una forma rara que le hace parecer alado, una cola larga, una parte inferior similar a un rostro y un extremo delantero que se remata en un par de aletas cefálicas que asemejan cuernos. En suma, una estampa algo fantástica que, para gente que nunca había contemplado algo parecido -ni, probablemente, salido siquiera del pueblo en toda su vida-, recordaba demasiado a la imaginería clásica del Diablo. Mala cosa en la Europa del siglo XVII porque, en efecto, todos los vecinos creyeron encontrarse ante una encarnación del Maligno.

Una mantarraya (bphelan en Pixabay)
 

Cundió el pánico y un heraldo dio la alarma por todos los rincones, mientras se hacían sonar las campanas -el viejo sistema de advertencia a la población- y se convocaba al párroco e incluso a la guardia cívica (una milicia ciudadana); parece ser que hasta se instaló un pequeño cañón apuntando hacia la bestia y una soga fue colgada del patíbulo, por si hiciera falta su uso. El revuelo organizado debió tener su parte cómica, pues mientras el pastor iniciaba un exorcismo, algunas mujeres animaban a sus maridos a enfrentarse al demonio con sus guadañas y azadas, mientras otras les decían a los suyos que ni se les ocurriera acercarse a él. Hay toda una serie de detalles en la leyenda: un vecino que se subió encima de su buey de un solo cuerno, otro que golpeó una colmena...

Ahora bien, todos seguían aterrados con aquella presencia y tuvo que ser el joven Jan, hijo del posadero, quien hiciera acopio de valor para acercarse al intruso y clavarle un cuchillo. No consta si el animal ya estaba muerto o aún coleaba, pero el caso es que Jan se ganó la admiración de todos y un premio especial: la mano de la hija del alcalde. Lástima que El Bosco viviera varias generaciones antes porque su versión pictórica hubiera resultado digna de ver. No obstante, se conservan algunas obras de la época, tanto en pintura como en grabado, que son igualmente divertidas y tienen un tono claramente humorístico; véase si no el grabado adjunto. 

La leyenda de Weërt en versión del famoso grabador Claes Jansz Visscher
 

La leyenda todavía tiene un epílogo que subraya su carácter sarcástico y, acaso, cultural. El transportista se percató finalmente de que había perdido el pescado y volvió a Laar para recuperarlo. Al llegar y encontrarse con aquel grotesco zafarrancho no pudo evitar romper a reir a carcajada limpia y burlarse de los ingenuos vecinos, que continuaban sin estar convencidos del todo. Por eso les recriminó su ignorancia y dio el apodo ridiculizante de rogstaekers.  Se trata de un calambur derivado del original wieërtenare -o sea, los habitantes de Weërt, que en el dialecto local es Wieërt- y que suele traducirse como apuñaladores de rayas. 

Sin embargo, el rogstaeke era un antiguo juego popular vinculado a la caza del lobo y este animal se asociaba con el Diablo, al igual que el centeno... cereal cuyo cosechador recibía la denominación de rogsketer. No se sabe si dicho juego se inició en Weërt o, simplemente, sus gentes eran especialmente aficionadas, pero parece que la leyenda no sería sino una imaginativa forma de explicar el extraño apodo.

En cualquier caso, al recalcitrante alcalde no le hicieron gracia las chanzas del carretero y mandó ahorcarlo junto al pescado.

Imagen de cabecera: La leyenda de los rogstaekers, obra de Jacob van Horne conservada en el Museo de Arte de La Haya.

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