Las guerras españolas contra apaches y comanches en el último cuarto del siglo XVIII


"Tarja que en 19 de mayo de 1786 remitió en blanco el Gobernador Don Juan Bautista de Anza al Capitan General Comanche Ecueracapa para que expresase en ella con rayas y signos los Caudillos que saliesen a campaña en la expedicion de su mando contra los Apaches, numero de hombres de que constanse cada destacamento y progresos que se consiguiesen".

Este documento que vemos a continuación, cuya transcripción sirve de prólogo y que se conserva en el Archivo General de Indias, reseña una realidad cotidiana que se vivía en los presidios españoles de América del Norte: la difícil coexistencia de las tropas virreinales con los pueblos indígenas, en la que había una alternancia de períodos de paz y otros de guerra, además de unas relaciones cambiantes en las que unas tribus pasaban de enemigas a aliadas y viceversa en muy poco tiempo. 

El documento de 1786
 
Juan Bautista de Anza, el personaje citado, era novohispano; nacido en Fronteras (Sonora) en 1736, en el seno de una familia de militares en la que su padre, un boticario emigrado a América y reconvertido en capitán del ejército, murió luchando contra los apaches cuando él tenía tres años. Tras alistarse, el joven Anza adquirió veteranía en los presidios de Sonora y Arizona, combatiendo en esta última (en Tubac, para ser exactos) contra apaches y seris. 
 
No hay que interpretar el término presidio con su acepción actual. Siglos atrás se denominaba así a los fuertes y fortalezas, con sus respectivas guarniciones, que los españoles levantaban en zonas fronterizas o estratégicamente delicadas para facilitar su control, como pasó también durante la Reconquista o en las guerras de Flandes. Normalmente, cada uno formaba parte de una cadena de ellos que podían apoyarse entre sí y a menudo no sólo servían de acuartelamiento o bastión para las tropas sino también como misión y punto de origen de nuevas localidades (de ahí que sea frecuente que la plaza principal de las ciudades americanas reciba el nombre de plaza de armas).
 
Red de presidios españoles entre 1770 y 1780

 
En 1769 se trató de asegurar la presencia española en la Alta California, amenazada por las aspiraciones rusas y las incursiones inglesas, mediante una expedición que dirigió el ilerdense Gaspar de Portolá Rovira, gobernador de las Californias, junto a fray Junípero Serra. Duró seis meses y al año siguiente se hizo otra, fruto de la cual se fundaron la misión de San Carlos y el presidio de Monterrey. En 1773 se les sumarían tres asentamientos más, pero dada la escasez de colonos en aquella parte septentrional del virreinato era necesario abastecerlos por mar, ya que la ruta terrestre desde la Baja California resultaba larga y peligrosa.
 
Así fue cómo el capitán Juan Bautista de Anza propuso al virrey una nueva expedición partiendo de Tubac. Se realizó a principios de 1774, atravesando el desierto de Arizona para evitar encontrarse con los belicosos apaches. A cambio se toparon con los yuma, aunque se alcanzó un acuerdo de paso con ellos, lo que permitió a la columna llegar a la misión costera de San Gabriel Arcángel y girar hacia el norte, rumbo a Monterrey. Fruto de ello fue la fundación de la misión de San Gabriel Arcángel, futura ciudad de Los Ángeles. Luego regresó también por el interior, estableciendo relación con otros indios, los pima, y empleando entre ida y vuelta un total de noventa y siete días.
 
Juan Bautista de Anza en una expedición (dominio público en Wikimedia Commons)
 
 
Ascendido a teniente coronel, Anza emprendió una segunda expedición en 1775 para reforzar la presencia española en la Alta California, que los rusos pretendían absorber para ganar una colonia por todo el litoral pacífico desde allí hasta Alaska. Eran varios cientos de personas, entre soldados, familias y frailes, más casi un millar de cabezas de ganado bovino y equino, que fueron ayudadas por los yuma a superar las adversas condiciones meteorológicas, gracias a lo cual se produjeron tres nacimientos en pleno trayecto. 
 
La misión fue culminada con éxito y se fundó la misión de San Franciso de Asís, germen de la actual ciudad de San Francisco. La ruta se puede realizar hoy mediante el llamado Juan Bautista de Anza Historic Trail, de casi dos mil kilómetros. Además, el jefe yuma, Olleyquotiquibe, se terminó haciendo amigo de Anza y éste le invitó a visitar Ciudad de México, donde fue agasajado y bautizado con el nombre de Salvador de Palma. 
 
Anza y el cacique Olleyquotiquibe en una ilustración actual
 
 
De esa aventura resultó el descubrimiento de la bahía de San Francisco, donde se fundaron el presidio y misión homónimos. La administración del territorio se puso a cargo de frailes franciscanos, mientras que la Baja California, que también evangelizaban ellos en sustitución de los jesuitas (tras la expulsión de éstos en 1767), se había dejado en manos de los dominicos. La separación entre las Californias quedó marcada, de momento, por una sencilla cruz de madera a la que se conoce como Mojonera de Palou, debido a que en 1773 la erigió fray Francisco de Palou, compañero de fray Junípero Serra, en Playas de Rosarito

Una real cédula, emitida por el rey Carlos III el 22 de agosto de 1776, estableció que las Californias (como se las llamaba entonces, ya que la división oficial no se produciría hasta 1804) dependían de la Comandancia General de las Provincias Internas, la cual estaba integrada en la Real Audiencia de Guadalajara y cuyas competencias abarcaban toda la zona noroeste del Virreinato de Nueva España, incluyendo también Nuevo México, Nueva Navarra y Nueva Vizcaya. Por el norte, lindaba con San Lorenzo de Nutca o Territorio de Nutka, el que vimos que Rusia ambicionaba, y con la vasta extensión de la Luisiana.
 

Imagen: Historia de las divisiones territoriales de México (Edmundo O'Gorman)
 
 
Nombrado gobernador de la provincia de Santa Fe de Nuevo México en 1777, Anza se alió con utes, pueblos y apaches jicarillas para enfrentarse a los comanches yamparikas, yupes y kotsotekas, que juntos solían asaltar Taos (localidad de colonos e indios pueblo). Su jefe se llamaba Tabivo Naritgant, pero era conocido como Cuerno Verde debido a un cuerno de ese color con que se adornaba, aditamento heredado de su padre, fallecido en combate contra los españoles en 1768. Esa muerte fue el resultado de la guerra que se inició cuando los apaches lipanes pidieron protección al gobernador ante la presión comanche y se decidió ayudarlos para, de paso, evangelizarlos. 
 
Automáticamente, los españoles se convirtieron en enemigos de los comanches, que junto a wichitas, kitsais y caddos asaltaron la recién fundada misión de San Sabá, provocando una masacre. No se sabe si Cuerno Verde participó o era demasiado joven, pero en los años siguientes dirigiría incursiones habituales contra sus enemigos, pese a que una epidemia de viruela había diezmado considerablemente sus filas. Ahora se encontraba con Anza, que curiosamente y como ya dijimos, también había perdido a su progenitor a manos de los indios (en su caso, apaches).  
 
 
Ataque comanche a la misión de San Sabá en 1758, pintura atribuida a José de Páez (contenido libre en Wikimedia Commons).

 
El militar no tenía una misión fácil, dado el número de adversarios y su movilidad (los comanches eran magníficos jinetes, con larga tradición hípica forjada en la caza del bisonte y la guerra). El caso es que, al frente de la mencionada tropa hispano-indígena y adoptando las mismas tácticas que el adversario (grupos pequeños para que el polvo no advirtiera de su presencia, patas de las monturas envueltas para amortiguar el ruido, etc), en lugar de plantear un choque frontal Anza atacó el poblado de Cuerno Verde para atraerlo a una emboscada y le derrotó contundentemente en Greenhorn Creek. El jefe comanche murió luchando y junto a él su promogénito, cuatro cabecillas, diez guerreros y un hechicero, mientras los españoles sólo registraron un herido. 
 
El resultado del enfrentamiento supuso tres cosas. Por un lado, el óbito de Cuerno Verde causó tal impresión entre los indios -le tenían por inmortal- que todos aceptaron someterse, incluyendo no sólo a los comanches sino también a los demás grupos que les habían secundado. Por otro, el icónico tocado que le daba nombre fue enviado como trofeo a Carlos III y éste se lo regaló al papa Pío VI, de ahí que hoy se conserve en los Museos Vaticanos.
 
Comanches mostrando su habilidad hípica en una pintura de George Caitlin (dominio público en Wikimedia Commons)
 
 
Finalmente, la tercera consecuencia fue que ambos contendientes firmaron una alianza y un tratado comercial (política frecuente bautizada como paz por compra) que significó el inicio de la actividad de los llaneros o viageros, posteriormente redenominados comancheros; eran mercaderes que vendían su género entre los miembros de esas tribus, cambiando así radicalmente la turbulenta relación que había hasta entonces. Sólo los comanches de las llanuras orientales resistieron hasta 1784. Para esa fecha, Anza había tenido que reprimir también a los otrora amistosos yumas, que se rebelaron en 1781 e impidieron continuar el progreso español hacia el norte por la región.
 
Parecía que se abría un período de paz; sin embargo, no pudo ser porque los siguientes en tomar el sendero de la guerra fueron los antiguos aliados apaches. Los desencuentros iniciales entre éstos y los españoles a comienzos del siglo XVII siglo XVI, con incursiones esclavistas de unos respondidas con ataques a ranchos por otros, se habían ido suavizando poco a poco gracias al esfuerzo de los misioneros, que tuvieron la idea de llevar consigo indígenas mexicas y otomíes cristianizados. Además, las autoridades les protegieron de la presión con que los comanches, más numerosos y armados por los franceses, los fueron desplazando de sus fértiles tierras, empujándolos a las montañas a partir de 1720.
 
No obstante, los apaches distaban de formar un grupo unido. Algunos habían abrazado el cristianismo y vivían en las misiones, abandonando su tradicional nomadismo. Otros, en cambio, no se resignaban a abandonar su estilo de vida adquirido, algo diferente al clásico porque la caza había tenido que ser desplazada por el saqueo (no había bisontes en la sierra) y éste tenía un papel muy importante debido a su pobreza, a la escasez de caballos que sufrían y al prestigio guerrero.

Distribución de las tribus apaches en el siglo XVIII: occidentales (rojo); navajos (naranja); chiricauas (azul); jicarillas (morado); mescaleros (verde); y lipanos (amarillo)/Imagen: Ish Ishwar en Wikimedia Commons


El punto final de reunión de aquella expedicion de 1775 había sido Tubac (Arizona), pueblo nacido a partir de un presidio fundado en 1759 y posta del Camino Real que enlazaba México con California. El propio Anza, como vimos, había estado destinado allí combatiendo a los apaches y éstos, tres semanas antes de la llegada de su columna a la localidad, protagonizaron una razia robando el medio millar de caballos reunidos para el viaje. Once años más tarde, todo seguía igual y un rosario inacabable de ataques apaches, seguido de contraataques de castigo españoles, teñía de sangre múltiples puntos sin que se apercibiese un final.
 
Salvo dos asaltos masivos -y frustrados- al presidio de Tucson, realizados en 1779 y 1782 por cientos de guerreros al mando del jefe Quilcho, en general se trataba de una guerra de baja intensidad, con incursiones rápidas sobre pueblos y granjas que producían pocas muertes en cada acción pero que, sumando una tras otra, llegaron a superar el millar y medio de colonos asesinados. A la vez, resultaba una contienda muy sucia, pues ningún bando respetaba a mujeres y niños (ora asesinándolos, ora tomándolos como rehenes) y se conservan registros de cabezas de indios pagadas con tabaco por los mandos hispanos, igual que también está documentada la antigua costumbre comanche de arrancar las cabelleras (que los apaches no tenían pero no tardaron en adoptar, al igual que los españoles, que pagaban por cada pieza).

El presidio de Tucson (Presidio San Agustin de Tucson Museum)


Todo esto era el resultado del Reglamento e instrucción para los presidios que se han de formar en la línea de frontera de Nueva España, dictado por Carlos III en 1772 para reorientar la política con los indios, priorizando "la fuerza por encima de la diplomacia" y fomentando las alianzas con unos u otros contra terceros. Para acabar con el turbulento panorama, el gobernador estaba decidido a encabezar una nueva campaña, por lo que se dispuso a organizar un ejército mixto con sus aliados indígenas y envió la tarja que encabeza este artículo al que venía a ser su portavoz, designado capitán general de los comanches kotsotekas. Se trataba de otro hijo de Cuerno Verde, al que sucedió en el mando por aclamación tras la muerte de éste en 1779 y el asesinato de Toro Blanco, un jefe que quería continuar la guerra frente a la opinión de los demás.
 
Se le conocía también como Cota de Malla, Guaquangas o Contatanaca, aunque su nombre más común era Ecueracapa, en referencia a que usaba habitualmente una cuera. Era ésta un chaleco largo, confeccionado con varias capas de piel, que utilizaban los soldados españoles de caballería destinados a esa parte del virreinato para protegerse de las flechas: los dragones de cuera, profesionales, voluntarios alistados por diez años para defender la frontera; criollos o mestizos en su mayor parte, su numero resultaba muy escaso pero, a cambio, estaban muy bien equipados (espada, lanza, adarga, fusil, dos pistolas, seis caballos cada uno...), de ahí su eficacia.

Un dragón de cuera en una ilustración de La cavalerie de la Nouvelle-Espagne (dominio público en Wikimedia Commons)

 
Tras obtener el visto bueno de un gran consejo de tribus en 1785, Ecueracapa se reunió varias veces con los españoles, alcanzando un acuerdo al año siguiente para aliarse con ellos y los utes contra los apaches, a los que consideraban enemigos acérrimos porque se habían resistido ferozmente a la expansión comanche (que produjo un efectó dominó en muchos pueblos indios) y con los que tenían una deuda de sangre, pues eran corresponsables de la muerte de Cuerno Verde (los utes también habían participado pero no suponían problema y además habían sido amigos hasta la primera mitad del siglo XVIII). Se acordó paz por comercio y libertad de movimientos en el territorio, pero también aportar un contingente de guerreros a la tropa que habria de enviarse a combatir. 
 
La política del nuevo virrey, Bernardo de Gálvez, plasmada en su Instrucción de 1786, era aplastar implacablemente cualquier subversión india; su artículo 20 decía textualmente: "Ha de hacerse la guerra sin intermisión en todas las provincias y en todos tiempos a los apaches que la tienen declarada, buscándolos en sus rancherías, pues es el único modo de castigarlos y de que nos vayamos acercando a la pacificación de los territorios”. Entre 1786 y 1788 se sucedieron hasta cinco mariscadas (campañas), en las que tanto españoles como comanches atacaban pueblos apaches y vendían a los supervivientes como esclavos para las plantaciones mexicanas y caribeñas; algo que luego continuarían haciendo los mexicanos en el siglo XIX, provocando un enconado odio entre los apaches. De éstos, los mimbreños y gileños optaron por buscar aires más tranquilos trasladándose a Sonora y Nueva Vizcaya, aunque allí también se encontraron una alianza hostil de españoles con pimas y opatas. 
 
Dragones de cuera en campaña junto a exploradores indios. Pintura sobre piel de la segunda mitad del siglo XVIII (dominio público en Wikimedia Commons)

 
Las capitulaciones negociadas al año siguiente por el capitán Domingo Díaz tenían once cláusulas, tendentes no a convertir a los apaches sino a volverlos sedentarios; algo nada fácil, al menos a corto plazo, debido a su propia tradición y a las rivalidades territoriales entre tribus. Pero teniendo a todos en contra, los apaches entendieron que era preferible la paz, que se materializó en la tradicional ceremonia de fumar la pipa con el mismísimo Anza en persona. La nueva situación sería confirmada por un tratado, firmado en 1793, que les entregaba las tierras del entorno del río Santa Cruz (lo que se conoció como Apaches Mansos), les autorizaba a mantener relaciones comerciales y les ponía bajo la protección de la Corona frente a la siempre presente amenaza comanche.
 
Apachería y comanchería quedaban pues pacificadas y, salvo dos brotes en 1810 liderados por dos jefes apaches llamados Rafael y José Antonio -aislados aunque extremadamente violentos, pues dejaron trescientos muertos-,  así seguirían hasta 1821, cuando la independencia de México trastocó el panorama. Lamentablemente, Anza no pudo disfrutar mucho de su éxito; aspirando al nombramiento de gobernador de Texas, tuvo que con formarse con el de comandante del presidio de Tucson en 1788, pero falleció antes de poder asumir el cargo. Ecueracapa también perdió la vida cinco años después, durante un enfrentamiento con los pawnee.
 
Retrato de un Juan Bautista de Anza por el artista estadounidense Gerald Cassidy (dominio público en Wikimedia Commons)

BIBLIOGRAFÍA:

-ALONSO BAQUER, Mariano: Españoles, apaches y comanches. 

 -DE LA TORRE CURIEL, José Refugio y PÉREZ GONZÁLEZ, Ana Isabel: "Nada les hemos cumplido". Negociaciones de paz entre apaches y españoles en la Nueva Vizcaya en 1787.  

-HAMALAINEN, Pekka: El imperio comanche. 

-MARTÍNEZ LAÍNEZ, Fernando y CANALES TORRES, Carlos: Banderas lejanas. 

 -OLIVER, Victoria: Pieles rojas. Encuentros con el hombre blanco. 

Imagen de cabecera: cacique apache hacia 1800 (Claudio Linati, Wikimedia Commons) y dragón de cuera español (Augusto Ferrer-Dalmau, Pinterest)

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