La muerte de Felipe II



Tal día como hoy, un 13 de septiembre pero del año 1598, fallecía en el Monasterio de San Lorenzo de El Escorial Felipe II, rey de España, Nápoles, Sicilia, Portugal y las Indias, entre otros territorios que incluyeron Flandes, Inglaterra e Irlanda (en éstos iure uxoris, es decir, por el derecho de su esposa), de ahí que se dijera aquello de que "en sus dominios no se ponía el sol".
Rubio, de ojos grises, estatura media y un carácter reservado que lo mismo le hacía ganarse el apodo de Rey Prudente (originado por no lanzarse sobre París tras su victoria en San Quintín) que confundirse con una personalidad fría y severa (algo desmentido por su correspondencia personal), era un trabajador incansable, empeñado en ocuparse personalmente de todos los asuntos del gobierno asumiendo una responsabilidad que le abrumaba. También poseía una vasta cultura que trató de legar a su hijo y sucesor, facilitándole los mejores maestros de la época.
 
Felipe II retratado por Antonio Moro en 1549
 
Sin embargo, nunca gozó de buena salud y las frecuentes enfermedades que padeció a lo largo de su vida se sumó una gota que le amargó la última década, inutilizándole la mano derecha. La noticia de la muerte de su hija Catalina Micaela le sumió en una depresión que se extendió de lo psicológico a lo físico, postrándole meses después en cama. Permaneció en ella cincuenta y tres días, sin poder levantarse y llenándosele el cuerpo de llagas. Curiosamente, esa postración física corrió paralela a la de Castilla, que entró en una fase de progresivo empobrecimiento económico por la carga tributaria que soportaba, repercutiendo en la capacidad de sostenimiento del imperio y dando lugar a otro célebre dicho: “Si el rey no muere, el reino muere". 
 
Un decrépito Felipe II en 1597, un año antes de morir (anónimo conservado en el Deutsches Historisches Museum)
 
El óbito le llegó al monarca como consecuencia de una serie de afecciones juntas, entre las que se cuentan -junto a la citada gota- las famosas fiebres tercianas (nombre que se daba a la malaria por durar tres días su fase álgida), artrosis y una hidropesía (retención de líquido en los tejidos por causas diversas) que le hinchó piernas y brazos y vientre. Lo de la famosa pediculosis (infeccción de la piel por piojos) parece más un mito que otra cosa, habida cuenta de los obsesivos hábitos de limpieza que tuvo siempre y que, al no poder levantarse, le causaba bastante fastidio cumplir (sufría incontinencia y fue necesario practicar una abertura en la cama para que hiciera sus necesidades fisiológicas).

Murió de madrugada y a las diez de la mañana su cadáver se metió "en una caxa de plomo que está dentro de un ataud cubierto de brocado negro aclaveteado con trenças de oro con una cruz de tela de oro colorada, descubierta la cara". Así lo testimonia el certificado de defunción que vemos en la imagen anterior, firmado por el secretario real Jerónimo Gassol y conservado en el Archivo General de Simancas.
Imagen de cabecera: Los últimos momentos de Felipe II (Francisco Jover y Cassanova). Museo del Prado.

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