Apelando a la estaca: el brutal linchamiento del Cura de Tamajón

 


Ay, le lé, que toma que toma,

Ay le lé que daca que daca,

ya no bastan las razones, 

apelemos a la estaca.

Estos versos resumen, en una atinada combinación de comedia y tragedia, el ambiente que se respiraba en España a mediados del Trienio Liberal. Un período cuyas esperanzas se fueron disolviendo en una febril sucesión de enfrentamientos, conspiraciones, asonadas y, en suma, crispación creciente. Todo terminó por eclosionar en un tremendo episodio, ocurrido el 4 de mayo de 1821, que supuso uno de los golpes más fuertes que el régimen se autopropinó para desmoronarse no mucho después: el brutal linchamiento del Cura de Tamajón.

En 1820, habiendo triunfado el pronunciamiento del teniente coronel Rafael del Riego, se implantaba en España el liberalismo por primera vez (al margen de los dos años de vigencia de la Constitución de 1812, cuyo contexto de invasión y guerra impedía desarrollar una labor política). La propia forma de producirse el cambio es un indicativo claro de la precariedad de la situación, pues el régimen liberal tuvo que enfrentarse no sólo a la adversidad de sus opositores sino también a la propia división interna, al escindirse sus partidarios en dos corrientes ideológicas y generacionales, cada una con sus propios símbolos, sociedades y métodos.

 

El pronunciamiento de Riego (Wikimedia Commons)

Por un lado, los moderados o doceañistas, cultos, elitistas y que debían el apodo a su intervención en la elaboración de la citada constitución; por otro, los exaltados o veinteañistas, radicales, promotores de conspiraciones bajo el pendón de los Comuneros y los huesos de Padilla, cuyo sobrenombre se debía a que destacaban precisamente ese año de 1820. Los primeros, intelectuales como Canga Argüelles, el conde Toreno, Bardají, Pérez de Castro o Martínez de la Rosa, querían reformas pactadas con la corona, mientras que los exaltados, jóvenes, impulsivos y aspirantes a cambios más profundos con o sin el apoyo del rey, contaban entre sus filas al citado Riego, San Miguel, Istúriz, Torrijos, Romero Alpuente, Mendizábal o Flórez Estrada.

El primer gabinete liberal, presidido por Pérez de Castro pero con Argüelles en Gobernación, tuvo que enfentarse al problema inmediato de licenciar al ejercito destinado a sofocar la rebelión de los territorios de ultrama, que Riego había utilizado para derribar el absolutismo y obligar a Fernando VII a jurar la constitución, y ahora era considerado un estorbo. Un comité militar advirtió de que no respetaría la decisión y el marqués de las Amarillas presentó la dimisión, aunque el monarca no se la aceptó porque era el único ministro nombrado por él.

Jura de la Constitución por Fernando VII en 1820
 

Pero no fue el único asunto espinoso en aquellos difíciles comienzos. Riego, descontento con lo que consideraba un trato inadecuado hacia los veinteañistas, los verdaderos protagonistas del pronunciamiento, venía manteniendo un comportamiento extremista que le supuso su alejamiento de Madrid con la excusa de nombrarle capitán general de Galicia. Eso provocó la organización de numerosos actos públicos de desagravio a los que asistió en persona, con lo que se ganó la destitución también de su nuevo puesto, terminando en su Asturias natal.

Las sociedades patrióticas, clubes políticos que ejercían un papel similar al de la masonería (que empezó a asentarse en España en esa época) y de las que había cientos, pues en torno a ellas se estructuraban los dos bandos liberales, fueron suprimidas y sustituidas por la Milicia Nacional, una fuerza popular de voluntarios inspirada en la de la Francia revolucionaria que debía proteger al régimen de los continuos intentos que brotaban en su contra, a menudo alentados por el monarca.

Soldados de la Milicia Nacional de Madrid
 

Si ésa era la tensa relación entre los liberales, cabe imaginar cómo sería la que éstos mantenían con los absolutistas, teniendo en cuenta las medidas iniciales adoptadas por el ejecutivo para consolidar el cambio. Lo más singular, sin duda, fue que se obligó al clero a explicar la constitución desde los púlpitos con sermones supervisados por representantes gubernamentales, pero también se volvió a expulsar a los jesuitas (sus miembros podían pasar al clero secular) y se redujo el diezmo a la mitad, haciéndolo pagadero al estado.

Asimismo, se procedió a una desamortización que buscaba liquidar el feudalismo rural, como ya se había hecho con los mayorazgos, suprimiendo todos los monasterios menos ocho (salvados por razones históricas) y dejando sólo un convento por orden y localidad siempre que tuviese un mínimo de doce miembros. En total se cerraron casi ochocientos cenobios, pasando los religiosos exclaustrados a secularizarse o recibir una pensión. Los beneficios obtenidos de la venta se destinaron a atajar una enorme deuda pública, que la devaluación de la moneda y la liberalización de industria y comercio no habían podido aliviar.

 

Fernando VII a caballo, retratado por José de Madrazo y Agudo en 1821 (Wikimedia Commons)

Tal era la complicada situación cuando, durante su discurso de apertura de la segunda legislatura, Fernando VII leyó unas frases de su cosecha criticando las imposiciones que le hacía el gobierno, en lo que se dio llamar el incidente de la coletilla. Los estupefactos ministros presentaron la dimisión y se formó un nuevo gabinete presidido por Eusebio Bardají que, tal como el soberano había planeado, era de perfil más bajo. Aquéllo provocó cierta indignación popular que se manifestó cuando, durante un paseo, el rey se vio asediado por una turbamulta que le cantaba el famoso Trágala y que fue violentamente reprimida por su escolta, lo que llevó a intervenir en defensa de la gente a la Milicia Nacional. 

El ejecutivo temía una reacción absolutista y promulgó una serie de decretos para prevenirla, entre ellos la disolución de la caballería de la Guardia de Corps y el incremento de penas para los anticonstucionalistas (supuso la creación del primer Código Penal español). Cabe decir que también aportó medidas de calado histórico al unificar la enseñanza en todo el país, modernizándola, haciéndola gratuita en poblaciones de más de cien habitantes y creando nuevas cátedras universitarias, al igual que dividió el territorio nacional en cincuenta y dos provincias y fundó Juntas Municipales de Beneficiencia. 

 

Eusebio Bardají y Azuara retratado por Félix Batanero (Wikimedia Commons)

Pero a mediados de 1821 los ánimos estaban demasiado caldeados por el enrarecido clima político, fruto de lo cual terminó cayendo el gobierno. Se debió a varios incidentes, siendo el primero y de mayor resonancia el linchamiento en mayo del jesuita Matías Vinuesa López de Alfaro, conocido como el Cura de Tamajón durante la Guerra de la Independencia porque era párroco de esa localidad antes de reconvertirse en improvisado guerrillero contra el francés. Ahora ahora ejercía como capellán real honorífico.

Tras la contienda fue premiado con  la archidiócesis de la catedral de Tarazona y el nombramiento de calificador de la Inquisición, lo que deja bien claro que se trataba de un representante del sector clerical más reaccionario, un defensor a ultranza del absolutismo que, con la implantación del régimen liberal, se encontraba profundamente incómodo. Al parecer, los únicos libros que Vinuesa consideraba permisibles eran La Pastoral de Mallorca, Apología del Altar y el Trono, La voz de la Naturaleza, Cartas del padre Rancio y otros títulos por el estilo. 

 

Una de las obras más conocidas de Matías Vinuesa (Memoria de Madrid)

Por eso diseñó una grotesca e ingenua conspiración, que él mismo llamaba en sus escritos Plan para conseguir nuestra libertad, en la que estaba involucrado un pequeño círculo de la corte que incluía al infante Carlos María Isidro, hermano de Fernando VII y futuro líder del carlismo. Consistía en reunir una noche, en la antecámara de palacio, al Consejo de Estado, los secretarios de Despacho y al capitán general de Madrid, para a continuación arrestarlos y derogar la constitución, de la que el verdugo oficial quemaría públicamente un ejemplar, a la par que la Guardia de Corps y el Regimiento del Príncipe, dirigidos por el duque del Infantado, ocuparían la capital. El monarca recobraría plenos poderes y se aplicaría una dura represión "a los liberales y los sospechosos de ideas afines, tanto empleados como militares".

Sin embargo, la trama fue descubierta porque el sacerdote, a quien Mesonero Romanos -que llegó a conocerlo- definió como "de pocos alcances", encargó la impresión de las proclamas a una imprenta normal y uno de los linotipistas la denunció. Pese a solicitarse para él la pena capital, Vinuesa fue condenado a diez años de prisión en África al apreciarse cierta enajenación mental y, el mismo día que se conoció la sentencia, estaba encerrado su celda de la Cárcel de la Corona (la antigua prisión inquisitorial), cuando se reunió en la Puerta del Sol una multitud desbocada, muy irritada por lo que consideraban una condena muy suave pero también por la presumible intervención del monarca y, probablemente, por la reimplantación del antiguo -y odiado, al gravar productos de primera necesidad- impuesto de consumo. 

 

La calle de la Cabeza con la Cárcel de la Corona a la derecha, en primer término (Malopez 21 en Wikimedia Commons)

Así, medio centenar de descontrolados irrumpieron en el edificio sin que los asustados miembros de la Milicia Nacional pudieran hacer gran cosa por impedirlo -hasta les abrieron la puerta de la celda- y, sin atender las súplicas del reo, le reventaron la cabeza a martillazos, tiroteándolo y cosiéndolo a navajazos después. Luego salieron a la calle vociferando, arrastrando el cadáver y exhibiendo pañuelos empapados en su sangre, mientras se dirigían a casa del juez, que pudo escapar al haber sido oportunamente advertido.

Los asesinos serían detenidos y, como cabía esperar, cuando se restableció la monarquía absoluta en 1823 (curiosamente, siguiendo un plan muy parecido al de Vinuesa, quien había escrito que vendría un ejército "sajón-ruso" a España, como así fue) fueron condenados a muerte, aunque algunos lograron huir. Nunca quedó aclarado si la camarilla de Fernando VII incitó a los asesinos para hacer del jesuita una cabeza de turco y desviar las sospechas sobre la participación en la conspiración del propio rey, consiguiendo de paso un mártir para la causa. El caso es que de aquella demencial orgía sanguinaria quedaban los versos amenazantes que habían aparecido en los muros de la carcel poco antes, acompañados del dibujo de un ahorcado: 

¡Considera, alma piadosa, 

en esta nona estación,

el árbol del que colgaron

al cura de Tamajón!


 

Pasquín liberal satírico sobre el asesinato de Matías Vinuesa

Respecto al martillo como arma contra el absolutismo, se trataba de una herramienta que los exaltados esgrimieron en otros incidentes, metáfora -muy tangible en el caso del infortunado jesuita- de referencia constante en la prensa satírica:

Para arreglar todito el mundo

tengo un remedio singular

y es un martillo prodigioso

que a un nigromante pude hurtar.

Cuando pretendan los malvados 

el despotismo entronizar

ese martillo puede solo

entronizar la libertad.

¡Qué martillo tan bonito!

¡Qué medicina singular!

Tu harás cesar todos los males

como te sepan manejar.


"Y si de nuestra voces no hacen caso,/con el martillo se saldrá del paso" publicó El Zurriago, un periódico afín a los exaltados, sumándose a los defensores de la versátil herramienta; aunque no tenía tapujos en recurrir a otras igual de contundentes si no bastaba con ésa: 

No entendemos de razones,

moderación ni embelecos. 

A todo el que se deslice,

zurriagazo y tentetieso.

 

BIBLIOGRAFÍA:

-GIL NOVALES, Alberto: El Trienio Liberal.

-JURADO SERRANO, Francisco: Matías Vinuesa López de Alfaro (Diccionario biográfico español de la Real Academia de la Historia). 

-MANTERO SÁNCHEZ, Rafael: Fernando VII.

-MESONERO ROMANOS, Ramón: Memorias de un sesentón.

-PÉREZ GALDÓS, Benito: El Grande Oriente.

-QUERALT, María Pilar: La vida y la época de Fernando VII.


Imagen de cabecera: Horroroso asesinato de don Matías Vinuesa, cura que fue de Tamajón. Grabado anónimo conservado en el Museo de Historia de Madrid (Wikimedia Commons)


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