Cristóbal Colón y el esclavismo


La figura de Cristóbal Colón siempre ha sido controvertida y no sólo por el presunto misterio sobre su origen, objeto de periódicas reivindicaciones sostenidas con alfileres y a cual más espuria e interesada, sin que parezca contar el hecho de que la mayoría de los historiadores coinciden en atribuirle la misma nacionalidad genovesa de siempre (al margen de la procedencia que pudiera tener su familia), sino también por su extraña personalidad y el discutible comportamiento que tuvo a menudo durante el largo episodio que ocupó sus últimos veinticinco años de vida: la sospechosamente apresurada marcha de Portugal con documentos cartográficos de ese país, las exigencias desmedidas en las capitulaciones con la Corona, el engaño a sus tripulaciones durante la travesía del Atlántico, las exageraciones en sus relatos, la pésima gestión como administrador del primer asentamiento en América...

Por supuesto, todo ello no le resta un ápice de mérito y no hay mejor anécdota para refrendarlo que la apócrifa del huevo. Pero, como todo personaje histórico, tampoco hay que deshumanizarlo convirtiéndolo en un "mitológico semidiós capaz de gestas extraordinarias", por citar la referencia biográfica de la Real Academia de la Historia. Era humano y como tal, tenía sus defectos. Ahora bien, ya entraríamos en polémica si entre dichos defectos quisiéramos incluir el considerarlo un esclavista, tal como se le acusa estos días para exigir la retirada de sus estatuas o, directamente, proceder a su destrucción. Primero, porque no consta en ningún sitio que antes de su aventura americana jamás se hubiera dedicado a esa actividad; segundo, porque ésta era normal en casi todo el mundo en la época en que le tocó vivir.


Virgen de los Navegantes. Retablo hecho por Alejo Fernández para la capilla de la Casa de Contratación y que hoy se conserva en los Reales Alcázares de Sevilla.  A la izquierda, con vestiduras doradas, se ve el que se considera el retrato más fiable de Cristóbal Colón (Wikimedia Commons)

Sin embargo, tampoco hay que cerrar los ojos a la realidad y negar una evidencia que no por poco conocida es menos real. Colón trató de establecer un negocio esclavista transatlántico y así se lo planteó a los reyes, que en un primer momento no lo vieron con malos ojos. De hecho, la esclavitud era una institución que formaba un nicho económico más de los reinos peninsulares, a pesar de que con la entrada en la Edad Media el servilismo feudal la había desplazado como base del sistema de producción por razones que sería demasiado largo explicar aquí. Pero esclavos siguió habiendo y en un sitio de fronteras cambiantes como la Península Ibérica de la Reconquista con más razón, ya que ése era el destino de los prisioneros. 

La llegada del verano, con el final de las cosechas, era el momento adecuado para llevar a cabo razias que mantuviesen a la gente ocupada, a la tropa entrenada y proporcionasen botín de saqueo con el que completar la precaria economía agraria, siempre dependiente de plagas, adversidades temporales o ciclos negativos que arrastraban hambre y enfermedad. Ese botín solía ser limitado porque, salvo las incursiones más ambiciosas en las que se atacaban ciudades, lo habitual era caer sobre pueblos y villas mal defendidas, regresando con algunas fanegas de cereales, cabezas de ganado, quizá algunas joyas... y esclavos. Lo hacían los cristianos peninsulares, los musulmanes, los vikingos y, en suma, buena parte de los pueblos europeos.


Jinete andalusí regresando de una razia con una esclava (José Daniel Cabrera Peña)

Los monarcas aprovecharon un incidente de ese tipo como casus belli contra el Reino Nazarí, que ambicionaban desde hacía tiempo. Los esclavos que hicieron en esa guerra sirvieron para financiar parte de la campaña, siendo especialmente importante la conquista de Málaga en 1487 porque unos 15.000 de sus habitantes fueron reducidos a esa condición: un tercio de ellos de ellos se envió a África para intercambiar por prisioneros cristianos, otro tercio se  vendió para ayudar a sufragar los costes bélicos y, de los restantes, 683 fueron entregados a prelados y caballeros, más un centenar al papa Inocencio VIII y 70 al cardenal Mendoza. 

Por razones obvias, la mayoría de quienes sufrían ese destino eran musulmanes apresados en batalla, así como negros comprados en África (hasta que el Tratado de Alcaçovas obligó a hacerlo sólo en Lisboa) y aborígenes canarios. En el archipiélago, La Palma y La Gomera ya habían sido conquistadas y su gobernadora, Beatriz de Bobadilla, no era apodada la Cazadora por casualidad: se capturaban esclavos desde los años ochenta del siglo XV (una década después que los portugueses) y eran apreciados porque no habían tenido contacto con el Islam y, por tanto, resultaban más fiables. En las otras islas también se hacían incursiones periódicas, igual que en los alrededores de Santa Cruz de la Mar Pequeña, enclave castellano en la costa sahariana, se capturaban bereberes ocasionalmente. Que el Papa hubiera criticado la trata era algo secundario.


La Torre del Conde, cabeza de puente para la conquista de La Gomera (Foto: JAF)

Con esas nuevas canteras, se iba reduciendo la diversidad medieval, ya que hasta entonces se podían comprar circasianos, polacos, bosnios y hasta rusos en los mercados del Mediterráneo occidental, incluyendo el Levante peninsular. De hecho, no todos los esclavos procedían de compra-venta; muchos lo eran por descendencia. Frecuentemente se empleaban como remeros en las galeras pero también en la construcción (donde se requería mucho más personal que ahora), en las plantaciones, en los molinos de azúcar (Azores, Madeira, Canarias) y en el servicio doméstico, a veces alquilados de un dueño a otro. 

Ello hacía que hubiera un número considerable que para 1490 se calcula en torno a 100.000, si bien existían importantes diferencias de una región a otra, ya que la mayoría se concentraban en la mitad sur peninsular y especialmente en Andalucía, con Sevilla a la cabeza (el mercado estaba en las gradas de la Catedral), porque aparte de las galeras reales el destino prioritario de esos desgraciados eran las minas de Almadén y Guadalcanal. En todos esos sitios operaban mercaderes especializados en ese negocio, caso de los valencianos Juan Abelló y Antonio Viana, al igual que genoveses como Doménico de Castellón y Francisco Gato. 


Embarcando en el puerto de Sevilla (Gregory Manchess)

Según el cronista real, Hernando de Pulgar, la Corona era la mayor propietaria y en la corte había cerca de un millar de esclavos. Ahora bien, todos los estamentos sociales acomodados -clero, nobleza, burguesía mercantil- disponían también de ellos, así como algunos artesanos que precisaban de ayudantes, caso de los panaderos y otros. Cabe señalar que a menudo recibían mejor trato que los sirvientes libres -estaba prohibido matarlos o mutilarlos-, concediéndoseles esporádicamente tener propiedades e incluso comprar su libertad; se los conocía como cortados -frente a los no culturizados, que eran los bozales- y, por ejemplo, consta documentalmente que en el cuarto viaje de Colón se embarcó un tal Diego Tristán con su esclavo negro, llamado Diego también, quien recibía un sueldo.

No resulta extraño que cuando el navegante genovés se encontró que en las Indias no había oro ni especias en las cantidades esperadas, pensara en establecer un negocio esclavista como alternativa. Al fin y al cabo, los portugueses lo hacían a lo largo de la costa atlántica de África y eso que allí sí obtenían cantidades importantes de oro. De hecho, era algo tan rentable (se llevaban unos ochocientos al año) que el propio rey Fernando trató de abrirse un hueco, aunque los lusos defendieron su exclusividad con uñas y dientes y la firma del Tratado de Alcaçovas zanjó la cuestión definitivamente. 


Virgen de los Reyes Católicos. Se puede ver a Fernando e Isabel rezando acompañados de sus hijos, el infante Juan y la infanta Isabel. También están el gran inquisidor Torquemada, Santo Tomás de Aquino y Santo Domingo de Guzmán (Wikimedia Commons)

Hay que entender que Colón tenía una concepción diferente a la de los reyes respecto a la forma de explotar las nuevas tierras descubiertas. Como explica Pérez de Tudela en Las armadas de Indias y los orígenes de la política de colonización, si el Almirante era partidario de fundar enclaves comerciales -al estilo de las factorías africanas portuguesas- desde donde se enviasen metales preciosos y esclavos, la tradición castellana se basaba en ocupar y repoblar, tal cual se había hecho durante la Reconquista y se hacía aún en Canarias, implicando a los participantes en los riesgos y beneficios. 

Por otra parte, el Almirante era originario de Génova y sus compatriotas se habían especializado en la trata de esclavos, un negocio que, al contrario que portugueses y españoles, practicaban de forma puramente empresarial, no teniendo ningún interés en evangelizarlos. Los genoveses, que habían establecido delegaciones mercantiles en Andalucía, esclavizaban y vendían desde Málaga a Crimea, pasando por Granada, Ceuta, Túnez, Quíos, etc. Sin embargo, el mayor tratante de Lisboa era el florentino Bartolomeo Marchioni, que en Sevilla tenía como socios a Juanotto Berardi y Américo Vespucio, los cuales traficaban con negros comprados en Portugal y canarios cazados por ellos mismos.


La expansión de la República de Génova (Rowanwindwhistler en Wikimedia Commons)

La primera idea seria de Colón sobre enviar esclavos a Castilla fue en 1495, durante su segundo viaje, después de que las relaciones con los indios taínos de La Española (Santo Domingo) se hubieran deteriorado gravemente a causa de la brutalidad con que se los trataba para que proporcionasen el ansiado oro (así lo denunciaron a la Corona el vicario apostólico fray Bernardo Boyl y el jefe militar de la expedición, Pedro Margarit). De las escaramuzas bélicas con ellos salían prisioneros que, por mor de la llamada guerra justa, pasaban a ser esclavizados. Así, Bartolomé Colón (el hermano de Cristóbal), Alonso de Ojeda y el propio Almirante llevaron a cabo sucesivas incursiones por La Española cuyo objetivo, en principio, eran los feroces caribes, a los que se acusaba de caníbales y brutales, aunque nadie tenía una idea clara de cómo diferenciarlos de otras tribus. Eso provocó un éxodo indígena hacia las montañas que los otros interpretaron como rebelión e hicieron 1.660 cautivos de ambos sexos. 

De ellos, se seleccionó a 550 para enviar a la metrópoli en la flota que iban a mandar el piloto Antonio de Torres y Diego Colón (el otro hermano). El memorial que debían entregar a los reyes, escrito por el Almirante, solicitaba el envío de carabelas con bastimentos cada año, "las cuales cosas se les podrían pagar en esclavos de estos caníbales, gente tan fiera y dispuesta y bien proporcionada y de muy buen entendimiento, los cuales, quitados de aquella inhumanidad, creemos que serán mejores que otros ningunos esclavos..." Durante la travesía fallecieron 200 ("...por el aire más frío, al cual no están acostumbrados", en palabras de Michele Cuneo, navegante y cronista que formaba parte de la tripulación) y el resto, enfermos, fueron desembarcados en Cádiz. Se entregaron nueve mujeres al citado Berardi para que les enseñaran castellano e hicieran de intérpretes; los demás fueron llevados a Sevilla para su venta. 




Isabel y Fernando no pusieron objeciones e incluso le escribieron al arzobispo Rodríguez de Fonseca, encargado de los asuntos de las Indias: "(...) cerca de lo que nos escribisteis de los indios que vienen en las carabelas, paréscenos que se podrán vender allá mejor que en esa Andalucía que en otra parte, debéislo hacer vender como mejor os paresciere..." Sin embargo, cambiaron de opinión cuatro días después. Boyl y Margarit, muy críticos con Colón, les habían explicado que los nativos podían ser buenos súbditos y cristianos (creían ver similitudes entre sus ritos religiosos y los suyos), por lo que no era necesario esclavizarlos. Probablemente el confesor real, Francisco Jiménez de Cisneros, que parecía equilibrar su hostilidad a judíos y musulmanes con empatía hacia los indígenas de las Indias, también influyera en la reina porque el caso es que Fonseca recibió otra misiva real ordenándole suspender la subasta de esclavos para poder asesorarse "de letrados, teólogos e canonistas si con buena conciencia se pueden vender". La orden llegaba tarde para una cincuentena de ellos que ya habían sido entregados como galeotes al almirante Juan Lezcano Arriarán y para otro grupo vendido a Berardi. Los demás morirían en Sevilla, esperando una resolución que se iba a demorar mucho por sus implicaciones jurídicas y teológicas.

Colón, enterado de las intrigas en la corte, emprendió el regreso el 10 de marzo de 1496 llevando consigo, a bordo de un par de naves, algo más de dos centenares de españoles desencantados... y una treintena de esclavos caribes apresados en Guadalupe. Resultó que se había equivocado y los monarcas seguían confiando en él, hasta el punto de que le encargaron un tercer viaje. Mientras lo preparaba, el papa Alejandro VI concedió a Isabel y Fernando el título de Reyes Católicos y retornó desde La Española un marino que acompañó al Almirante en sus dos viajes anteriores, Peralonso Niño, que desembarcó un cargamento de palo de Brasil y otro de esclavos: 300 le entregó al mercader sevillano Nicolás Cabrero. Peralonso volvió a América en el tercer viaje y luego obtuvo licencia real para hacer uno por su cuenta en junio de 1499; cuando regresó, fue arrestado por ocultar el quinto real y haber vendido indios en varias ciudades. Los reyes ordenaron que se los liberase pero a él se le declaró inocente.


Busto de alabastro del cardenal Cisneros (Wikimedia Commons) y retrato del arzobispo Fonseca (R.A.H)

Y es que los cautivos taínos y caribes fluían hacia España a despecho de los mandatos reales, en parte por la dificultad en las comunicaciones a tanta distancia y en parte por la degradación de la situación en La Española, donde en ausencia de Colón pero bajo el gobierno de su hermano Bartolomé, los españoles se habían escindido en dos grupos irreconciliables. Cuando llegó, el Almirante no fue capaz tampoco de apaciguar los ánimos y un par de meses más tarde tuvo que autorizar que los descontentos volvieran a España. Lo hicieron unos 300, cada uno con un esclavo, aparte de un cargamento específico de ellos que sumaban otros 600. 

En varias cartas, Colón explicaba que era posible ganar 20 millones de maravedíes anuales con el palo de Brasil pero que, además, los esclavos aumentarían la rentabilidad: "Me dizen que se podrán vender cuatro mil que, a poco valer, valdrán veinte cuentos (...) Y bien que muera agora, así no será siempre d'esta manera, que así hazían los negros y los canarios a la primera..." Y añadía, poniendo como ejemplo a los colonos: " (...) no ay bueno ni malo que no tenga dos o tres indios que lo sirvan"Pero esta vez la reina se enfadó y Bartolomé de Las Casas pone en su boca la frase "¿Qué poder tiene mío Almirante para dar a nadie mis vasallos?" , añadiendo que "mandó luego pregonar en Granada y en Sevilla, donde ya estaba la corte, que todos los que hubiesen llevado indios a Castilla, que les hubiese dado el Almirante, los volviesen luego acá [a América], so pena de muerte". Sin embargo, a continuación el cronista manifiesta cierto desconcierto: "Yo no sé por qué no más estos trescientos indios quel Almirante había dado por esclavos mandó la Reina tornar con tanto enojo y rigor grande, y no otros muchos que el Almirante había enviado"; se responde as sí mismo suponiendo que la soberana los consideraba "en buena guerra tomados".


Marineros castellanos (Marek Szyszko)

El dilema moral aún no se había esclarecido, aunque estaba claro que las críticas a la aptitud administradora del genovés ya eran sangrantes e influían en la opinión real. Su destitución estaba cantada pero cuando se consumó -fue devuelto a España con grilletes- todavía fue capaz de convencer a la Corona para que se le permitiera preparar un cuarto viaje. Para entonces ya se multiplicaban los navegantes que visitaban América, siempre procurando respetar las competencias territoriales, y casi todos hacían lo mismo: completar sus cargamentos con esclavos, a veces legalmente y a veces de forma clandestina. 

Hay muchos ejemplos. Alonso de Ojeda, Américo Vespucio y Juan de la Cosa zarparon de Sevilla con cuatro carabelas en mayo de 1499 hacia las costas de las actuales Venezuela y Colombia, en busca de oro, perlas y piedras preciosas, reuniendo una buena cantidad que engrosaron con 232 indios. Vicente Yáñez Ponzón y Juan Díaz de Solís partieron seis meses después hacia Brasil, retornando con un cargamento de palo de Campeche y otro de esclavos. Allí fue también en diciembre Diego de Lepe, que trajo varios que regaló al obispo Fonseca. Juan de la Cosa insistió y cazó 700 en Cartagena de Indias... Como vimos en otro artículo, esa tónica continuaría durante la segunda década del siglo XVI amparada en el requerimiento, figura jurídica surgida de las Leyes de Burgos, paradójicamente para proteger a los indios esclavizables de los que no lo eran.


Alonso de Ojeda en su viaje de 1502 (Augusto Ferrer-Dalmau)

Esa inconcreción legal se solventó parcialmente entre 1501 y 1502, cuando Francisco de Bobadilla, el funcionario enviado por los Reyes Católicos para sustituir a Colón en el gobierno de La Española, publicó un decreto proclamando a los indígenas vasallos libres. Por tanto, salvo los mencionados casos de prisioneros de guerra y caribes -"naturalmente esclavos"-, no eran susceptibles de ser sometidos a esa condición y aunque quedaban encuadrados en repartimentos, tenían derecho a recibir un salario. No obstante, la labor de Bobadilla no satisfizo del todo a los reyes, que decidieron poner al frente de la isla a otra persona.

Mientras Colón organizaba su nueva expedición, Bobadilla fue relevado por un fraile, Nicolás de Ovando, que sin pretenderlo protagonizaría un anecdótico episodio. En su flota de 27 naves (en las que embarcó Bartolomé de Las Casas y una lesión imprevista impedía hacerlo a Hernán Cortés), llevaba 2.500 personas de ambos sexos y múltiples oficios. Entre ellas no había musulmanes, herejes ni judíos, que tenían prohibido su pase a América, aunque sí negros "y otros esclavos que hubiesen nacido en poder de cristianos nuestros súbditos y naturales", en palabras de los monarcas. Se trata de la primera referencia documental explícita a africanos enviados al Nuevo Mundo; es casi seguro que Colón llevase alguno antes (en su tercer viaje hizo escala en Cabo Verde) pero no consta.


Retrato anónimo de Nicolás de Ovando (Wikimedia Commons)

De hecho, si él no fue alguien tuvo que hacerlo porque se calcula que en La Española ya había aproximadamente medio centenar y es curioso que un decreto de marzo de 1503 prohibía mandar más debido a que algunos ayudaron a los indios rebeldes. No obstante, el 30 de octubre de 1505, la reina escribió una especie de memorial de consejos de gobierno, dedicado a su hija Juana y su yerno Felipe el Hermoso, en el que decía tajantemente: "... que ningún miembro de nuestra administración se atreva a hacer prisionero a ningún indio que habite en esos territorios, ni a traerlo a nuestros reinos ni a ningunos otros". Excluía nuevamente a los caribes, por supuesto, pero era una confirmación de otro documento emitido el 20 de octubre de 1503 para regular los repartimientos y convertir a los taínos en obreros o naborías (criados forzosos). En la práctica, fue el comienzo de las encomiendas y el trato era similar al de la esclavitud, lo que supuso también el inicio de la caída demográfica. 

El despoblamiento indígena a causa del choque virológico (tuberculosis y fiebre tifoidea, pues frente a lo que se cree, la viruela no apareció hasta 1518), las guerras, el trabajo extenuante y un elevado índice de suicidios (bebiendo yuca amarga), llevó a los colonos a solicitar el traslado de indios esclavos desde otras islas. Ovando consiguió convencer a la Corona, que lo concedió a través del decreto de 2 de febrero de 1504, y así empezó la llamada Guerra del Higuey, que proporcionó la mano de obra necesaria para la minería intensiva. 


Rutas de los cuatro viajes colombinos (Phirosiberia en Wikimedia Commons)

Lamentablemente, el índice de mortalidad nativa seguía creciendo y hacía falta más gente ante la posibilidad de encontrar yacimientos de cobre, así que tres años más tarde la Casa de Contratación -que se había fundado en 1503- envió lo que sería el primer gran cargamento de negros:  "...el gobernador me escribió que le habíais enviado diecisiete esclavos negros y que deberíais enviarle más. Paresceme que se deben enviar a complimento de cien esclavos negros..." instruyó a los funcionarios el rey Fernando, que en 1510 confirmó la nueva política concediendo permiso para enviar otros 200.

Con ese punto de inflexión empezaba una nueva fase, pues a lo largo del siglo se mandarían unos 75.000 negros, según la estimación de Bennasar. Pero para entonces, ya habían muerto los dos principales protagonistas de esta historia. Primero, en noviembre de 1504, la reina Isabel, que en su testamento ordenaba que los indios fueran "bien e justamente tratados" pero también otorgaba a su marido Fernando la mitad de los ingresos que se obtuvieran de esas tierras, y él tenía menos escrúpulos. En mayo de 1506 era Colón quien fallecía; el juicio moral sobre su figura se desencadenaría, curiosamente, medio milenio después.


BIBLIOGRAFÍA:
-BARRIO GOZALO, Maximiliano: La sociedad en la España Moderna.
-BENNASSAR, Bartolomé: La América española y la América portuguesa (siglos XVI-XVIII).
-DEL PULGAR, Fernando: Chronica de los muy altos y esclarecidos Reyes Catholicos Don Fernando y Doña Isabel.
-DEL REY, Miguel y CANALES, Carlos:  Esclavos. Comercio humano en el Atlántico.
-ESLAVA, Juan: El enigma de Colón y los descubrimientos de América.
-FERNÁNDEZ-ARMESTO, Felipe: Colón.
-FERNÁNDEZ DURÁN, Reyes: La Corona española y el tráfico de negros. Del monopolio al libre comercio.
-KONETZKE, Richard: América Latina. La época colonial.
-LAS CASAS, Bartolomé de: Historia de las Indias.
-PÉREZ DE TUDELA, Juan: Las armadas de Indias y los orígenes de la política de colonización.
-RESTALL, Matthew: Los siete mitos de la conquista española.
-SACO, Jose Antonio: Historia de la esclavitud.
-THOMAS, Hugh: El Imperio Español. De Colón a Magallanes.
-VOLTES, Pedro: Cristóbal Colón.



Imagen de cabecera: Colón acompañado de un ballestero castellano y del cacique taíno Guacanarí (Pinterest).

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