Lanzamiento de zorros, el insólito entretenimiento de las clases acomodadas en los siglos XVII y XVIII


Lámina decimonónica (imagen: Wikimedia Commons)
Más allá de la alimentación y el vestido, los animales siempre han proporcionado al Hombre variados e importantes servicios, desde la mensajería a la guerra, pasando por la vigilancia, el adorno, la religión... 

Uno de los más llamativos fue su uso para el ocio, que todavía se mantiene hoy, aunque en progresivo retroceso ante los avances tecnológicos en ese sentido. A menudo lo hace en versiones muy criticadas que suponen espectáculos violentos actualmente muy discutidos y tendentes a su supresión ante el cambio de sensibilidad hacia la fauna. 

Es lo que ocurre, por ejemplo, con la tauromaquia y, antes, con la referencia recurrente que más se usaba para defenderla de las críticas extranjeras: la caza del zorro; una referencia que sin embargo ya no puede utilizarse en ese debate porque fue abolida en 2004.

Resulta curioso que el zorro fuera una víctima tan propiciatoria, porque esa tradición británica no constituía más que una muestra de lo que tenía que soportar en otros sitios. Y es que uno de los entretenimientos favoritos de las clases acomodadas en la Europa de los siglos XVII y XVIII, caza aparte, solían tenerlo a él como protagonista: el lanzamiento de animales vivos. Generalmente se empleaban zorros, en efecto, y por eso en territorio germánico, donde más afición había, se llamaba fuchsprellen. Pero podían ser también liebres, tejones e incluso gatos salvajes.

Lanzamiento de zorros en 1719, representado en Der vollkommene deutsche Jäger (imagen: dominio público en Wikimedia Commons)

La forma de practicarlo era en un recinto vallado o en todo caso cerrado, por ejemplo una plaza o un patio; consta documentalmente que el Prater de Viena era un escenario habitual para dar la bienvenida a la primavera con un fuchsprellen. Fuera donde fuese, los participantes se distribuían por parejas, normalmente mixtas, quedando cada miembro separado del otro varios metros pero sujetando cada uno el extremo de una larga tira de tela, ya se tratase de una simple sábana, ya de una especie de red compuesta por tres cabos unidos por otros más pequeños que, en todo caso, se extendía sobre el suelo entre ambos.

A continuación se soltaban los animales por la plaza, docenas de ellos, dependiendo del sitio disponible. Cuando uno pasaba por encima de la tela los concursantes tiraban de ella violentamente hacia sí, tensándola y provocando que el infortunado zorro saliera catapultado por el aire como por una honda de grandes dimensiones. Obviamente, ganaban quienes consiguieran lanzarlo más arriba y, al parecer, se alcanzaban alturas de hasta siete metros y medio.

Un fuchsprellen en el Palacio del Elector de Dresde, 1678

Como parte del espectáculo, frecuentemente la gente iba disfrazada simulando personajes de la mitología clásica (dioses griegos y romanos, héroes de La Ilíada, ninfas, sátiros...) y no era raro que también ataviaran a los animales con máscaras y vestiduras que intentaban representar caricaturescamente a alguien famoso. El evento solía terminar de noche con una procesión iluminada por antorchas que se remataba en el palacio con un banquete.

Esta singular pasatiempo tenía como extra el hecho de que muchos animales no morían pero sí resultaban heridos por las violentas caídas y, por tanto, tan enfadados que a menudo se revolvían contra los humanos, añadiendo así el un toque adrenalínico al asunto. En eso destacaban especialmente los gatos monteses, que solían aferrarse con las uñas a las cuerdas y telas, evitando salir despedidos, para a continuación lanzarse contra sus pérfidos torturadores. Claro que éstos intentaban rematarlos antes a garrotazos. El legado sueco, que asistió a uno de esos peculiares eventos, dejó escrito su asombro porque "el emperador mismo golpeara a los zorros y los lanzara, luego de machacados, y que en ello tuviera por compañía a mozos y bufones; que se me antoja un tanto ajeno a la dignidad imperial".

Otro fuchsprellen en Dresde, esta vez en 1709, obra de Johann Samuel Mock (imagen: SKD

De todas formas, la mortandad era considerable y ahí tenemos el caso más célebre: el fuchsprellen organizado por Augusto II el Fuerte en Dresde, que concluyó con el fallecimiento de seiscientos cuarenta y siete zorros, más de medio millar de liebres, una treintena larga de tejones y veintiún gatos monteses. Augusto, elector de Sajonia y rey de Polonia a principios del siglo XVII, era un hombre famoso por su extraordinaria fuerza física, que gustaba de exhibir doblando herraduras o en lanzamientos de este tipo y tomó parte personalmente, tensando la tela con solo dedo

También hay reseñas de uno de 1648 en el que se intentó usar, pasmémonos, jabalíes; treinta y cuatro, nada menos. Como no podía ser de otra manera, la cosa terminó caóticamente cuando los animales corrieron alocada e imparablemente por el cercado, evitando las telas y destrozando las faldas de las mujeres para regocijo de los congregados. Cuentan que también se probó una vez con tres lobos, aunque no se sabe dónde acaba la realidad y dónde empieza la ficción.


Bibliografía: 

-BROOKE-HITCHING, Edward: Fox Tossing, Octopus Wrestling and Other Forgotten Sports.

-BLACKMORE, Howard L: Hunting Weapons: From the Middle Ages to the Twentieth Century.
-DUINDAM, Jeroen: Viena y Versalles. Las cortes de los rivales dinásticos europeos entre 1550 y 1780.
-Wikipedia

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