Efigies de los incas, la legitimación dinástica de la conquista a través del arte


En el siglo XVIII se popularizaron las llamadas efigies incas, conjuntos de retratos de los gobernantes del territorio que entonces era el Virreinato del Perú, contando desde los sapas prehispanos pero siguiendo luego por los reyes españoles (Austrias y Borbones), de manera que éstos sucedían a aquéllos en lo que algunos autores consideran una nueva versión de la translatio imperii del Sacro Imperio Romano Germánico.

Efigies en el Convento de San Francisco de Huamanga, 1745)

La translatio imperii era una forma de justificación de la legitimidad del poder imperial que enlazaba el presente con el legado por los romanos, con Bizancio primero y los carolingios después haciendo de nexo de unión. El concepto no se limitó al ámbito imperial y en la Península Iberica, si bien había carecido de importancia durante la Alta Edad Media, al llegar el siglo XV experimentó una efervescencia de la mano de juristas como Alonso de Cartagena o Rodrigo Sánchez de Arévalo, pero también de teólogos como Juan de Torquemada y humanistas como Elio Antonio de Nebrija, que con diversos (y a veces contrapuestos) argumentos apuntalaban las aspiraciones imperiales de Castilla.

Efigies del Museo Larco (Lima)
En su versión sudamericana, los monarcas españoles se convertían en herederos legítimos del Tahuantisuyo. En ello tuvo una responsabilidad fundamental Juan Núñez Vela y Ribera, un religioso mestizo natural de Arequipa que visitó Madrid entre 1691 y 1695 con el objetivo de obtener el nombramiento de Capellán Real del Beaterio de Nuesta Señora de Copacabana (un cenobio de Lima para doncellas nativas), siendo recibido en la corte junto a su acompañante, Bernardo Inga. 

Fue él quien consiguió, a base de enviar memoriales al rey, que se fundaran colegios reales para jóvenes indios, que se permitiera a los indígenas ocupar cargos en la Inquisición (lo que llevaba implícito el reconocimiento de su limpieza de sangre) o que se considerase nobles a los hijos de los sapas e incluso de los caciques, lo que les abría las puertas de las órdenes militares y la jerarquía eclesiástica (en concreto, solicitó veinticuatro hábitos para repartir entre indios y mestizos, bien es cierto que, aunque Carlos II dio la orden correspondiente en 1697, no se llevó a la práctica hasta 1730).

Para apuntalar esta peticiones, Núñez Vela las acompañó de la idea de una sucesión de las coronas en la que los Habsburgo -era la dinastía reinante todavía- habían tomado el relevo del gobierno inca, no sólo de hecho sino también de derecho, tras la conquista. Dicha idea arraigó y quedó plasmada en el arte a través de las mencionadas efigies incas, que aunque son características de esa época tuvieron antecedentes. 


Efigies en la Catedral de Lima, 1725

El más antiguo, probablemente, fueron las tres pinturas encargadas en 1571 por el virrey Francisco de Toledo; mostraban los retratos de los doce incas hasta Huayna Capac y fueron remitidos a Felipe II junto con la Historia índica de Sarmiento de Gamboa; lamentablemente, se han perdido. También podríamos considerar otro precedente las acuarelas realizadas para el coleccionista Camilo Il Massimo, o las ilustraciones de fray Martín de Murúa, o las de Guamán Poma de Ayala. En el plano estrictamente literario, el Inca Garcilaso de la Vega se había pronunciado en el mismo sentido en sus Comentarios reales de los incas.

Efigies del Museo Pedro de Osma (Lima)
El principal lienzo de ese tipo se titula Efigies de los ingas o Reyes del Perú con su origen y serie de los católicos reyes de Castilla y de León que les han sucedido hasta el presente que Dios guarde. Fue concebido por Alonso de Cueva y realizado por un artista anónimo de la Escuela de Cuzco en 1728 -hay casi una treintena de copias posteriores- mostrando a todos los sapas incas hasta Atahualpa, a partir del cual continúa la serie con Carlos V y sus sucesores hasta Felipe V. 

Frente a las de la Biblioteca Angelica de Roma, estas imágenes no son de cuerpo entero sino bustos presididos por un Cristo Rey, el cual está flanqueado por los escudos español e incaico (entendiendo por tal el que se había concedido a los descendientes de Huáscar) y a los lados de la pieza figuran Manco Capac y Mama Occlo, míticos fundadores de la dinastía.

Cada retrato lleva debajo un breve resumen de su reinado y en el de Sinchi Roca se incluye el curioso dato contextual del nacimiento de Jesucristo. Las Efigies incas muestran una monarquía continua e ininterrumpida gracias al mestizaje; el busto de Atahualpa incluso parece estar entregando su cetro a Carlos V, quien extiende las manos para recogerlo en inequívoco gesto. De hecho, en el cuadro que se conserva en el mencionado Beaterio de Nuesta Señora de Copacabana (donde, recordemos, fue capellán Núñez Vela) incluso se llama "augustísimo inca" al rey de España. Curioso contraste con otro de sentido muy diferente, en el que se salta de Atahualpa al "Libertador del Perú".

En esta obra se salta de Atahualpa al "Libertador del Perú"



BIBLIOGRAFÍA:

-FERNÁNDEZ GALLARDO, Luis: La idea de translatio imperii en la Castilla del Bajo Medievo.

-GONZÁLEZ CASTREJÓN, Sara: Las efigies de los incas en el MS. 1551 de la Biblioteca Angelica (Roma) y los "Cuadernos de mano" de Francisco Fernández de Córdova.

-MACERA, Pablo: El Inca colonial.

-MACHI, Fernanda: Incas ilustrados, Reconstrucciones imperiales en la segunda mitad del siglo XVIII.


Imagen de cabecera: Efigies de los incas o Reyes del Perú (Beaterio de Nuestra Señora de Copacabana, Lima, entre 1746 y 1759)

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