Crónica de Hernando de Barrientos (XI)

Capítulo XI – De cómo nos daban guerra los mésicas todos los días durante meses, estorbándonos la vida, y de cómo defendimos como buenos la gran Chinantla. También de cómo supe que era vivo Cortés y estaba en Tepeaca haciendo guerra para cercar y tomar Temixtitán, y de las cartas que yo le mandé y él a mí, de las que hube gran contento más poco provecho.
Vinieron dos meses muy largos de batallar, que los mésicas heridos en su orgullo nos herían donde podían, quemando pueblos pequeños a veces, que no se podían defender bien. Nosotros bajamos la gente de la Chinantla alta, menos la que quedó para defenderla que eran todos naturales della, más nos dieron un par de rebatos los zapotecos que tuvimos que volverlos a castigar, ésta vez matando en un pueblo a todo el mundo, desde niños de pecho a ancianas ajadas, que no quedó alma con vida y les fue de mucho aviso.

De esto se aprovechaba el Huacán como capitán de Teutile y cuando estabamos en Malinalco atacaba la Chinantla, y cuando estábamos en ella se iba pa la sierra y atacaba alguna aldea de nuestros aliados, que era astuto el muy cabrón y capitán de los buenos.

Los combates eran ya escaramuzas, y en algunos dellos pasamos canoas con harta desvergüenza a la banda de Tustepeque y les atacábamos en lo suyo de sorpresa, matando a cuantos hallábamos, hasta a los postecas y los tamemes, para quitarles la fuerza que estos les daban con las viandas y suministro. De todos estos combates llevábamos nosotros la mejor parte las más de las veces, gracias a Dios y las buenas defensas, que había mandado cercar nuestros pueblos de abrojos y otras trampas para los mésicas que atacaban, que les estorbaban harto y les hacían mucho daño al atacar, mientras nosotros les flecheábamos muy a nuestro placer y luego rechazábamos los asaltos con las picas desde las empalizadas.


A la izquierda, un pochteca (comerciante). A la derecha, tamemes (cargadores) en el Códice Florentino


Y yo estaba tan cansado que había noches que no hacía con mi esposa más que dormirme acurrucado como niño, aunque en días más descansados nos veníamos cuando teníamos fuerza y gana como hombre a mujer y en ocasiones ella a mí como mujer a hombre, cual si yo fuera un potro al que montaba, con tal pasión que nos parecía si no que al día siguiente nos habíamos de morir, pues muy posible era.

Finalmente, nos llegaron nuevas de unos postecas que capturamos en vez de matarlos, en un ataque grande que hicimos a Tustepeque con la ambición de tomarla, más no pudo ser y nos dejaron cien muertos en el intento. Y a través de él supimos que Cortés era vivo, y más que vivo, había juntado a más españoles de Jamaica y desde Cuba y Veracruz, comprado cañones, escopetas y armas, y con mucha gente de guerra de Texcala se había bajado a dar guerra a los aliados de los mésicas, que se entró en Tepeaca, no muy lejos de la Chinantla, a lo cual mandé llamar a los caciques y decidí que era menester mandarle un mensaje. Más como no podíamos pasar castellanos por tantos territorios del enemigo, resolvimos que el mensaje habían de darlo dos chinantecas que eran pisteros muy buenos y habían sido criados de un posteca, que se sabían los caminos, más los evitasen, y le llevaran una carta de mi puño y letra a Cortés que fue la siguiente:


“Nobles señores: dos o tres cartas he escrito a vuestras mercedes, y no sé si han aportado allá o no; pues de aquellas no he tenido respuesta, también pongo en duda tenerla de ésta. Hagoos saber, señores, como todos los naturales de esta tierra de Culúa andan levantados y de guerra, y muchas veces nos han acometido; pero siempre, loores a nuestro Señor, hemos salido vencedores. Y con los de Tuxtepeque y su parcialidad de Culúa cada día tenemos guerra; los que están al servicio de sus altezas y por sus vasallos son siete villas de los de Chinantla, y yo y Nicolás siempre estamos en su cabecera. Mucho quisiera saber dónde está el capitán para poderle escribir y saber las cosas de acá. Y si por ventura me escribierais de dónde él está, y me enviareis veinte o treinta españoles, iríame con dos principales de aquí, que tienen deseo de ver y hablar con él, y sería bien que viniese, porque como es tiempo agora de coger el cacao, estorban los de Culúa con las guerras. Nuestro señor guarde las nobles personas de vuestras mercedes, como desean.

De Chinantla, a no sé cuántos del mes de abril de 1521. A servicio de vuestras mercedes. Hernando de Barrientos”.

Se partieron estos mensajeros y llegó a Cortés esta carta, que en plazo de tres semanas me la contestó diciendo que se holgaba mucho de que estuviéramos vivos y al servicio del rey y el suyo. Que si pudiéramos y nos veíamos fuertes tomáramos Tustepeque y nos uniéramos a ellos, más que españoles para mandar no sobraban por que ahora estaba en campaña contra Temixtitán y sus aliados, que los estaba venciendo uno a uno, y que iba a tomar el lago y la ciudad con mucha gente de guerra, indios amigos y unos bergantines que habían hecho y que habían de armar, cosa que a mí me pareció de maravilla. Decía que si no podíamos que aguantáramos todo lo que se pudiera, hasta que en tomando Temixtitán pudiera mandarnos gente para pacificar la tierra y ayudarnos.

De estas nuevas quedé yo muy avisado por algo decepcionado, a lo que resolví mandar otros mensajeros a la Villa Rica de la Veracruz para saber que cosa era, y por medio de ellos me enteré que desde La Española habían mandado a un funcionario llamado Cristóbal de Tapia para hacerse cargo de “la Nueva España”, que así querían llamar a estas tierras, pero que se había regresado por que no había querido interferir con Cortés, a lo que nosotros perdimos la oportunidad de que alguien nos mandara refuerzos que nos habían de ir muy a mano, pues entre las pestes y la guerra que teníamos todos los días los nuestros menguaban y no veíamos cierta la victoria. En uno destos encuentros me mataron a la yegua, que me hicieron una celada y salí vivo de milagro, y luego usamos su carne para comer, que habíamos mengua de alimentos por el sitio.

E reuní yo en asamblea al Águila de Sangre, a Nicolás, el Nohite y los capitanes de guerra, para decidir que habíamos de hacer. Y resolvimos que la última vez habíamos estado a punto de tomar Tustepeque y lo habíamos de volver a intentar, a lo cual habría que hacer más barcas y otros ingenios para darles asalto, a falta de artillería, como escalas y manteletes, en lo que nos pusimos a trabajar. Mas quiso Dios que vinieran ellos sobre nosotros antes que nosotros sobre ellos, y en el mes de junio se libró la más grande y decisiva batalla que ahora narraré.


David Nievas Muñoz es licenciado en Historia por la Universidad de Granada y máster en "La Monarquía Católica, el siglo de Oro Español y la Europa Barroca", además de asesor histórico de proyectos como la Recreación de la Paz de las Alpujarras, la obra pictórica del artista Augusto Ferrer-Dalmau y un cómic sobre la Batalla de Pavía de Cascaborra Ediciones. Asimismo, es creador del grupo de Facebook La Conquista de México y trabaja como guía turístico en Granada.

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