Crónica de Hernando de Barrientos (X)
Capítulo X – De cómo se llegó el año de nuestro señor de mil quinientos y veintiuno, y fui padre de mellizos muy bonicos y de cómo recuperamos la Chinantla grande en una muy grande batalla que allí dimos a los mésicas.
Y en esos meses
para entretenerse de la mucha grosura del embarazo mi mujer, que ya
le dolía, me hizo una banderola de las que ellos llevan a la espalda
muy bonita y vistosa, que había sido coger dos águilas que les
habían sacado la piel para hacer della cosas, que al cabo fue
curarla para que no se pudriera y coser dos águilas por los pechos
la una contra la otra, con un peto chico de bronce para que no se
viera la costura de enmedio, que parecía si no el águila de dos
cabezas que vimos que el rey agora usa por divisa al ser emperador de
romanos, también con las lenguas sacadas las águilas muy fieras con
los ojos abiertos, que desta suerte hicimos della nuestro estandarte
principal.
E unos días más
tarde me echaron de la casa porque ella dio a luz, y fue la partera
con unas mujeres que los hombres no pueden estar delante, que yo me
quedé afuera frente a una fogata con una manta de algodón
arrebujado en ella, escuchando sus gritos de dolor que me daban no
poco pesar, pensando que se me había de morir. Pero al cabo del
espacio de dos horas enteras, me dijeron que me entrara y la partera
decía cosas a los niños que tenía allí, que resultaron ser dos y
mellizos, niño y niña, una con mis ojos y el otro con los de su
madre, que eran unas cosicas muy bonicas, rechonchas y algo
arrugadas. Más la madre se había quedado muy débil y temimos por
ella, más aguantó el ritual que consistía en la niña en
enterrarle el cordón del ombligo bajo la casa y decirle que había
de ser buena mujer y esposa y lo que se esperaba della, y del niño
en un escudo pequeño atarle este cordón y decirle que él había de
ser guerrero y honrar desta manera a su nación.
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Escena después de un parto (Códice Mendoza) |
Me pidieron que
dejara sola a Celeste para que sanara mejor, a la atención de la
partera y los indios que bien sabían sanar con sus yerbas, aunque yo
si podía le hablaba desde fuera y ella contestaba diciendo que me
quería y que no me preocupara. Y así se pasaron algunos días, los
peores del invierno, hasta que Celeste de nuevo se fue recobrando en
la color y se la veía mejor, que volvimos a dormir juntos más yo no
quise molestarla con mis deseos. Más en notándolos ello, me hizo lo
que otras veces le expliqué y sabía de otras mujeres, se puede
hacer con la mano y con la boca y los labios, que me alivió harto y
ella no le importó porque yo quedé feliz, y nos quedamos dormidos
junto a los niños chicos que cada día les daban de comer harta
leche de la que ella daba por los pechos que así lo quiso hacer
aunque fuera hija de principal, que a veces eran tan glotones que se
colgaba cada uno de una de las tetas y la dejaban seca.
Terminaba enero y
decidimos en asamblea los guerreros, que de Texcala murieron dos de
pestes, bajarnos a la Chinantla grande y atacarla, aprovechando que
parecía más indefensa ahora y menos guarnecida de tropas. Desta
manera quise dejar de momento a mi suegro y a Celeste en Malinaltepec
por lo segura y bien defendida que la habíamos dejado, y por no
querer bajar a mis críos tan chicos.
Fue así como
dimos un rodeo para no ir por caminos tan evidentes, pasando por
donde los zapotecas que nos dejaron sin embarazo del susto que nos
tenían, y rodeando el valle marchamos hacia la gran Chinantla en dos
grupos, con uno al mando del Águila de Sangre que había de atacar
la ciudad por el norte que era por donde nos esperaban. Más quiso
Dios que las cosas se dieran de otra suerte, pues vimos en el campo
en un llano frente a unos maizales una gran copia de mésicas armados
mandados por uno de sus capitanes y el propio Teutile con su uniforme
bien vistoso, que eran muchos más que nosotros.
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Ejército mexica al ataque (Adam Hook) |
Inmediatamente
mandé tocar las conchas y formar el escuadrón, que a mi lado tenía
a Nicolás con la ballesta pues Escalona se había ido con Águila de
Sangre. Se puso la gente en muy buena ordenanza y se formaron las
mangas de arqueros, que de lejos comenzaron a tirarles en alta
parábola y ellos tuvieron algunos muertos y heridos, más avanzaron
con disciplina en su escuadrón e al frente dellos guerreros más
destacados, vistiendo libres de águiles y jaguares, y de los
guerreros de los gorros rojos como a capirote que dicen huaestecos,
que aún tenían a uno de gambesón amarillo los del pelo rapado, que
son gente muy diestra y peligrosa. Tocando sus tambores nos dieron
gran grita y con unos silbatos que pitaban muy feo y mareaban, que
alguno vomitó o se cayó al suelo, y tras esto como ellos suelen se
dividieron en sus compañías y nos dieron la gran descarga con sus
flechas de navajas y los venablos, que yo mandé cubrirse a los
arqueros y los piqueros con sus pavesinas, aunque tan fuerte nos
cayeron estos venablos que nos hicieron no menos de quince muertes y
otros tantos heridos, a pesar de ser muy buenas las pavesinas.
Se acercaban y ya
nuestros flecheros tiraban a terrero, lo que les enojó y les hizo
poco daño, matando a algunos de sus guerreros principales de las
primeras filas, que en este perdían mucho el ánimo, pero se nos
vinieron a las picas, que se calaron como yo mandé y era cosa de ver
su valentía intentando meterse entre ellas y nosotros
estorbándoselo, que los mésicas saben muy bien pelear e aún nos
atacaban con espadas de navajas grandes como montantes, que apartaban
algunas picas, e alguno dellos lo vimos usando armas españolas de
las que habían tomado, sobre todo espadas y lanzas.
Nosotros peleamos
como esforzados soportando tres grandes cargas, más la cuarta nos
rodearon todas sus compañías y nos atacaron por todos lados,
estando nosotros algo cansados, que parecía que nos podían quebrar,
aunque nosotros en cada carga les hacíamos muchos muertos. Y se vino
contra mi el del pelo rapado sacando la espada de navajas la normal y
con su rodela por delante, que Nicolás le pasó el brazo con una
saeta que él se la miró como si nada le hiciese, antes de atacarme
el muy perro y astuto a los pies y la cabeza y donde veía hueco,
haciendo muchas fintas para no romper su espada, y a otras veces me
empujaba para atrás o buscaba tirarme haciéndome la zancada.
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Guerrero Rapado capturando un prisionero (Christian Jegou) |
Antes de
levantarme mandé bote de pica, y los nuestros lo hicieron para su
sorpresa, dándoles muertos y ganando espacio, mientras yo tomaba la
espada y embrazaba la rodela, empujé al que se batía con Nicolás
tirándolo contra las picas que se murió ensartado. “¡Adelante!”,
grité en su parla. “¡Chinantla por el rey Carlos!”. Nohite se
animó también a pesar de la herida y dijo “¡Seguid el estandarte
del águila de dos cabezas!” que yo avancé y ellos conmigo paso a
paso, empujándoles hacia el río como buenos y en ordenanza, con los
flancos bien cubiertos de alabardas de navajas, chinantecos con
hachas y escudos y los arqueros que asomándose disparaban entre
nosotros a cara de perro, cosa que ellos no podían por tener a los
arqueros detrás en otra compañía.
Finalmente, quiso
Dios nuestro señor darnos la victoria, pues de empujar algunos al
río se tiraron a él y murieron ahogados por el peso de las armas,
otros escapando a nado más ligeros, y por tierra vimos al Teutile
retirarse hacia los vados en buen orden, dándonos por despedida otra
ruciada de flechas que a algunos se nos llevó. Quedamos con el campo
y nos habían hecho de tres mil que éramos en el ataque más de
trescientos muertos en batalla tan apretada, pero de los suyos nos
acabamos que serían más de dos mil, a Dios gracias, con lo que yo
me barruntaba haciendo números que las fuerzas del Teutile aún con
refuerzos quedaban menguadas.
Finalmente fuimos
sobre la Chinantla para atacarla desde el sur, aunque nos la
encontramos ya tomada aunque con muchos muertos de nuestro lado. Al
parecer, el Huacán tendió una celada a los nuestros con gente
escondida en las casas y mataron a ciento e cincuenta antes de que
pudieran ponerse siquiera en orden, que luego en la dura lucha
murieron cuarenta más, y de entre ellos según supe Escalona el
Mozo, que peleó como bueno pero al que el Huacán le cortó el
pescuezo donde ninguna defensa tenía de un golpe certero de su
espada de navajas tras un rato bregar como gato que caza a un ratón,
y todavía tuvo tiempo para herir en el vientre al Águila de Sangre
que salió en su defensa y fue quien le espantó rompiéndole la
rodela con su espada castellana. E allí junto al cadáver de
Escalona me lo encontré, mirándole que yo también lo hice, que
parecía un niño con los ojos tan abiertos y la barbilla llena de
sangre, con lo que ganamos la batalla pero solo quedamos en la
Chinantla dos españoles para guardarla y defenderla en nombre del
rey. Y de los de Texcala habían muerto dos más, que ya solo
quedaban siete, más habíamos recuperado la Chinantla y yo juré que
a tan alto precio que no la íbamos a volver a perder, que así fue.
David Nievas Muñoz es licenciado en Historia por la Universidad de Granada y máster en "La Monarquía Católica, el siglo de Oro Español y la Europa Barroca", además de asesor histórico de proyectos como la Recreación de la Paz de las Alpujarras, la obra pictórica del artista Augusto Ferrer-Dalmau y un cómic sobre la Batalla de Pavía de Cascaborra Ediciones. Asimismo, es creador del grupo de Facebook La Conquista de México y trabaja como guía turístico en Granada.
David Nievas Muñoz es licenciado en Historia por la Universidad de Granada y máster en "La Monarquía Católica, el siglo de Oro Español y la Europa Barroca", además de asesor histórico de proyectos como la Recreación de la Paz de las Alpujarras, la obra pictórica del artista Augusto Ferrer-Dalmau y un cómic sobre la Batalla de Pavía de Cascaborra Ediciones. Asimismo, es creador del grupo de Facebook La Conquista de México y trabaja como guía turístico en Granada.
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