Crónica de Hernando de Barrientos (IX)
Capítulo IX –
De cómo y por qué supimos luego que habían pasado estos yerros a
los españoles de Tustepeque, y de cómo mataron a otros sueltos que
buscaban oro y cómo nos dieron muy fiero ataque a la gran Chinantla,
que nos tuvimos finalmente que subir a la alta y dejársela a
nuestros enemigos.
Pasamos muchos
meses sin saber por qué y cómo se había dado aquella traición,
pero al cabo tuvimos conocimiento dello de algún superviviente
herido, que luego se murieron de sus heridas, y de las nuevas que
iban llegando. Decían que en Temixtitán Cortés había sacado a
Muctezuma al balcón del palacio para calmar a los suyos, más que le
mataron de una pedrada, por que ya tenían decidido que fuera otro el
vocero mayor que habría de ser el Axayacata. Y que aquella mesma
noche los españoles trataron de huir por las puentes de la ciudad
que le habían quitado los pasos levadizos y que les habían dado
muerte.
Los mésicas
decían que Cortés era muerto y todos los suyos, para intentar
levantar a todos en nuestra contra, que luego supimos que no era
verdad, pero durante muchos meses se dijo y nosotros de veras
llegamos a creer que nosotros y los de Veracruz eran los pocos
españoles que quedábamos vivos en aquella tierra. E según supimos
finalmente, Cortés había escapado de la ciudad pero le mataron a
más de la mitad de los españoles, muchos de los de Narváez que se
habían cargado mucho de oro y murieron ahogados en las puentes. Que
allí murió nuestro antiguo caporal Pizarro, también en manos de
los indios y de muy cruel muerte desollado vivo, y que los de Cortés
regresaron que quedaban unos cuatrocientos con aún menos gente de
Texcala hacia aquella tierra, pero les dieron guerra en el camino que
casi no les acaban en una gran batalla en el sitio que se llama de
Otompán, pero Dios quiso que vencieran en la jornada aunque no
trajeran escopetas ni cañones ninguno, matándoles a los mésicas a
su sicuacoal, que es el virrey o delegado del vocero mayor y su sumo
sacerdote.
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Moctezuma calmando al pueblo (M.D. Kelly) |
Y no sólo murieron aquellos españoles, si no otros sueltos que andaban por la tierra buscando oro, que fingían los mésicas ir a darles alimento o ofrecérseles una mujer y luego los mataban en cuanto tenían la oportunidad, a otros a flechazos y los guerreros como divirtiéndose como quien sale a cazar unas liebres o a levantar al puerco jabalín haciendo batida para alancearlo. Y de otras partes de la tierra de los mésicas murieron otros muchos españoles que supimos, en los caminos que iban sueltos, y otra gente de Narvaéz con porteadores y totonacos que serían todos unos quinientos, en un sitio que se decía Tecoac, cerca de Tlaxcala, donde en la misma noche y de modo semejante a Tustepeque les embaucaron y les acabaron, tomando a muchos prisioneros como en Temixtitán, que se pasaron días enteros sacrificándoles con sus pedernales y haciendo celebración de aquella muy cierta victoria que hubieron sobre todos nosotros.
Yo en esos días
primeros avisé al Nohite y su padre, y quisimos fortificar la gran
Chinantla por si nos daban asalto, más no hubo tiempo para hacerlo,
porque el Teutile nos mandó por la espalda y sin saberlo al Huacán
con mucha copia de guerreros mésicas que se habían mandado de otra
ciudad. Y esta fue batalla muy confusa que se peleó en las calles de
la ciudad, donde nos hicieron muchos muertos porque nos estorbaban
formar bien el escuadrón, más cuando lo hicimos ya rechazamos hasta
siete cargas que nos dio el amanecer y les hicimos muchos muertos, no
menos de mil, que tan enconada fue la batalla, a lo que se retiraron
al sur a los vados que se podía cruzar río Papaloapan.
Lo primero que
hice fue a ver donde estaba Celeste y su padre, que le habían herido
más no muerto, y ella estaba bien y yo quedé más tranquilo, pues
ya entonces sabía que la había preñado y teníamos mucha ilusión
en tener niños. De sus sirvientes murieron algunos defendiéndoles,
y a algunas casas de la gran Chinantla le metieron fuego y mataron a
su gente por donde la vieron. Luego hicimos recuento y de entre gente
de armas y paisanos nos habían matado no menos de cuatrocientos en
una sola noche, quedando otros tantos heridos de los cuales al cabo
murieron cien más.
Visto esto y que
no teníamos gente suficiente para guarecer y fortificar la gran
Chinantla, tomamos con el cacique Jaguar Grande la penosa decisión
de coger todo lo de valor y subirnos a la sierra donde los de
Malinaltepec y Yolos, que eran amigos nuestros, para podernos
defender mejor y entrenar a más gente de guerra, que en nuestro
ánimo estaba volver a recuperar la gran Chinantla y de ser posible
tomar Tustepeque a los mésicas, que tan grande era el valor y el
ánimo de estos chinantecas, que me hicieron a mí no querer ser
menos.
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La Noche Triste (J. Redondo) |
Y fue así que una
larga columna de gente nos partimos lentamente hacia los montes,
donde mi yegua más que de utilidad, como fue en el combate de la
Chinantla, se hizo gran estorbo y aún había que subirla en peso en
los cortados con maromas tirando della muchos hombres fuertes, lo que
hacíamos con los viejos e impedidos que no podían subir las
escalas. Más en toda esta retirada no nos persiguieron los mésicas,
por que se contentaron con ocupar la gran Chinantla y otros pueblos,
saqueando lo de valor.
Finalmente,
llegamos cansados y heridos a Malinaltepec donde nos aposentamos los
principales por ser la más grande, y dejé a cargo en Yolos a
Heredia y Nicolás, que ya hacían mejores migas que al principio no
lo hicieron. Más éramos mucha gente y en la sierra, como dije
antes, no hay comida tanta, que la que llevábamos la teníamos que
racionar. Aquellos fueron días largos y tristes durante aquellos
meses, e algunas noches en secreto yo lloraba pensando que Cortés en
verdad era muerto y que estábamos cuatro gatos de españoles vivos
en medio de aquellas sierras y rodeados de enemigos que nos iban a
acabar.
Fue entonces que
los zapotecas de la sierra por mandado del Teutile atacaron Yolos de
un día para otro, mas como teníamos avisos acudimos en su socorro
y con no poco esfuerzo les matamos echándoles con las picas de la
peña abajo, mas algunos se huyeron con gente de Yolos como
prisioneros como esclavos y para sacrificar, de lo que su cacique
hubo cierto enojo, y más cuando faltándoles alguna dellos por las
muertes que les hicieron, mandara yo a poner a trabajar a todos los
hombres por que quería fortificar ambos pueblos y aún hacer en el
bosque una trocha para comunicarnos mejor y que se pudieran socorrer
los unos a los otros.
En estos días que
parecían más fríos, pues se entraba el otoño y en la sierra
corría más el aire, a mi Celeste le crecía la panza de embarazada
y los caciques discutían. Mandaba llamar el Gran Jaguar, que había
quedado cojo de una pierna porque le habían cortado la corva, y
ahora andaba con un bastón, a los caciques de la sierra que eran
conocidos suyos, que les dimos las nuevas más no parecían
gustarles. Ya por entonces y gracias al Águila de Sangre y Celeste
sabía yo defenderme en la parla chinanteca, aunque tiene muchos
dialectos, y supe sin que me lo tradujeran como discutían ellos que
el Teutile les había propuesto que nos entregaran a los pocos
españoles que estábamos allí y que les había de perdonar,
dejándoles regresar a sus pueblos si a cambio les daban el tributo
debido y alguna gente para sacrificios, compensándoles el haberse
alzado contra ellos y los muertos en la batalla de las calles de la
gran Chinantla. Los únicos en los que tuve apoyo pleno fueron mis
españoles, mi esposa y el Nohite, pues hasta su padre discutió
conmigo un día considerando si no les habíamos arruinado a ellos
las vidas peleando en nombre de un rey extranjero que no nos iba a
ayudar.
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Zapotecas: 1-Señor de la guerra, 2-Tambor, 3-Sacerdote (Angus McBride) |
Para reunir a los caciques y parlamentar, es que normalmente dábamos un tiro de escopeta, e ellos acudían durante ese día. Más las discusiones siguieron y un día, en pegando el tiro no vinieron ninguno dellos, lo que me dejó muy preocupado. Lo hablé con los míos e incluso con Celeste, que me dijo que debía hacer de los chinantecos mi gente porque me veían un extranjero y el yerno de Jaguar Grande, cuyo poder estaba menguado por tener a su gente refugiada malviviendo y haber perdido la gran Chinantla y gran parte del valle. Me tenía que hacer valer, y ser un capitoste y líder de decisión, pues era bien cierto que aunque rodeados de enemigos, los chinantecos querían echar de sus tierras a los mésicas desde hacía mucho tiempo y yo podía ofrecerles cumplir aquel empeño que tenían. Así que hablé con Heredia y concebimos una idea. Mandamos reunir a los caciques con mucha insistencia, mandándoles buscar uno por uno, hasta la casa grande donde los juntábamos. E yo le dije a Heredia que de la pólvora que tenía, que alguna había ganado de los españoles muertos y tenía de sobra, la pusiera en el suelo y los cojines donde se sentaban los caciques, y que estuviera preparado Escalona el Mozo, que ya no era tan mozo y estaba amancebado con una india que había salvado de lo de Tustepeque, para que le diera fuego cuando sonara un tiro.
Y entraron todos ellos que estaba yo solo en el centro de la sala con mis arreos y el arcabuz con la mecha encendida y les pregunté muy derechamente si es que tenían miedo de sus enemigos y me querían dar a ellos. Y alguno dijo que si, que ellos eran muchos y los de Castilla solo les habíamos traído miseria y hambres, que ya se extendían desde Tustepeque ciertas pestes que les aquejaban de los españoles que habían matado, gracias a Dios por que hacía menguar su número, más tarde o temprano pegaría esa pestilencia con fuerza en la sierra también como así sucedió. Yo les dije que no tenían mejor oportunidad que aquella de recuperar su tierra toda y tomar Tustepeque a los mésicas y echarlos de sus tierras, a lo que me dijeron que no se querían arriesgar teniendo cerca a los zapotecos que les podían dar un golpe de mano. Y yo les dije que no temieran porque los españoles somos poderosos y tenemos nuestros poderes, que yo los tenía, pues me había encomendado a mi Dios el de la cruz que ya conocían, a través de sus arcángeles y en nombre del rey Carlos, a llevarles a la gloria a ellos como su capitán. Y en estas uno dellos se rió y otro se levantó como airado que me quería escupir, más pegué un tiro con la escopeta el techo y se volvió a sentar del susto.
Y como prendió
Escalona la pólvora y no era mucha, ésta rápidamente se propagó
quemando algo los cogines y un poco aquellos culos tan viejos y
arrugados de los ancianos y caciques de la Chinantla, que creyeron
que lo había hecho yo pegando el tiro como si fuera cosa de magia,
mientras mi suegro se reía porque él era listo y sabía por qué
había hecho yo tal cosa, y después de reír dijo. “Ved que aquí
estáis mis hermanos y feudatarios asustados como conejos y que os
asusta todo. Os asustan los caxtiltecas, los mésicas, los zapotecos
y hasta al fuego más común os asusta. ¿Donde están los grandes
guerreros de la famosa Chinantla?, ¿Donde está el espíritu de
nuestros antepasados y la memoria de nuestros grandes?, ¿Acaso no
veis que este hombre es de mi sangre ahora, y que habla vuestra
lengua? Así pues, si hemos de pelear en adelante que sea por
nosotros mismos y nuestra sangre, en nombre de ese gran cacique
Carlos que nos acogerá como a los de Tlaxcala, como a sus súbditos
fieles y nos favorecerá. Y con su ayuda, venceremos a los mésicas y
los echaremos de nuestras tierras, que es lo que quieren los dioses y
el orden del universo todo”.
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Pueblos tributarios de loa mexicas |
Y los caciques
asintieron por tan buenas palabras y tan bien dichas, que yo no las
hubiera dicho mejor, creyendo que en mí tenían a un paladín
invencible y que Cortés u otros castellanos vendrían en nuestra
ayuda, más picados en el orgullo porque finalmente es que se les
presentaba guerra abierta contra los mésicas y ellos no la podían
rechazar, si no lucharla hasta el final y tratar de salir vencedores
della.
Fue en esos meses
del invierno que dimos ataque a los zapotecos para castigarlos, y que
hicimos muchas armas de cobre de hachas, espadas, venablos y flechas,
además de las picas que tan buenas les salían. Y las aldeas se
fueron ayudando dándose comida y cuidando de los heridos y los
enfermos, porque ya comenzó a subirse la peste, aunque supimos que
había pegado fuerte en Tustepeque y les había menguado mucho las
fuerzas que tenían. E a los zapotecos les tomamos tres pueblos, uno
dellos el que nos había tomado gente prisionera, mandé que les
cortaran a todos las manos y otros los despeñaran por los cortados o
les clavaran las cabezas en las picas, de modo que entre esto y los
mancos que sobrevivieron dieron noticia al resto de que no era buen
negocio darnos guerra y menos por mandato de los mésicas, con lo que
se sosegaron mucho y nosotros fogeamos a nuestra gente de armas nueva
en el pelear y la instrucción, así como a hacer emboscadas y
trampas que en ese arte nos volvimos peritos.
Imagen de cabecera: Batalla de Otumba (Peter Dennis)
David Nievas Muñoz es licenciado en Historia por la Universidad de Granada y máster en "La Monarquía Católica, el siglo de Oro Español y la Europa Barroca", además de asesor histórico de proyectos como la Recreación de la Paz de las Alpujarras, la obra pictórica del artista Augusto Ferrer-Dalmau y un cómic sobre la Batalla de Pavía de Cascaborra Ediciones. Asimismo, es creador del grupo de Facebook La Conquista de México y trabaja como guía turístico en Granada.
Imagen de cabecera: Batalla de Otumba (Peter Dennis)
David Nievas Muñoz es licenciado en Historia por la Universidad de Granada y máster en "La Monarquía Católica, el siglo de Oro Español y la Europa Barroca", además de asesor histórico de proyectos como la Recreación de la Paz de las Alpujarras, la obra pictórica del artista Augusto Ferrer-Dalmau y un cómic sobre la Batalla de Pavía de Cascaborra Ediciones. Asimismo, es creador del grupo de Facebook La Conquista de México y trabaja como guía turístico en Granada.
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