Barbero sangrador, el médico del pueblo llano


Ha estudiado cirugía; 

no hay hombre más afamado;

agora imprime un tratado 

todo de flosomonía. 

Suele andar en un machuelo, 
que en vez de caminar vuela; 
sin parar saca una muela; 
más almas tienen en el cielo 
que un Herodes y un Nerón; 
conócenle en cada casa:
 por donde quiera que pasa 
le llaman la Extrema Unción 
(Tirso de Molina) 

En tiempos en los que no existía la sanidad pública -el mero concepto resultaba impensable-, los médicos eran prácticamente un lujo sólo al alcance de unos pocos, dado que habían estudiado una carrera para vivir de ella y, consecuentemente, el pago de sus emolumentos únicamente podían efectuarlo las clases acomodadas. Por eso se hizo necesaria la aparición de otras figuras complementarias que pudieran atender a los menos privilegiados y así fue cómo en el Medievo se generalizó la figura del barbero sangrador.


El sacamuelas (Gerard van Hornhorst)

Su nombre alude a que supervisaba la labor del barbero normal pero se trataba de un oficio situado a medio camino entre los profesionales de la medicina titulados -los citados médicos y cirujanos, conocidos como latinos por su formación universitaria (había un tipo de cirujano denominado romancista que no pasaba por la universidad sino que obtenía su licencia acreditando cinco años de experiencia pero no podía recetar)- y los curanderos, sanadores y ensalmadores (curadores de llagas), que normalmente eran charlatanes que causaban más mal que bien. Es decir, el de los barberos sangradores consistía en un colectivo integrado por personas con una preparación menor pero capaces de solventar problemas sanitarios no complejos. 


Los cuatro humores del organismo
Así, lo mismo sacaban muelas que se ocupaba de lesiones menores (como luxaciones o fracturas) o practicaban la flebotomía, las famosas sangrías, bien sajando, bien aplicando sanguijuelas, ya que se consideraba que eliminar un exceso de sangre devolvía el equilibrio a los cuatro humores del organismo (sangre, cólera, melancolía y flema). De hecho, en determinados casos -pocos-, las sanguijuelas podían ser útiles para liberar sangre acumulada y además su saliva es anestésica, anticoagulante y vasodilatadora. Los sangradores también solían extraer los fetos muertos e incluso intentar cesáreas post mortem.

La figura del sangrador aparece documentalmente por primera vez en el Fuero Juzgo, que era la traducción a lengua romance que, cuenta la tradición, Fernando III ordenó hacer del Liber Iudiciorum, el código legal visigodo (por ello conocido también como Lex gothica), en 1241. Pero ya antes existía una diferenciación, pues el Fuero Real de Castilla establecía en 1225 la distinción entre médicos y cirujanos, siendo llamados los primeros físicos y los segundos maestros de llagas.

Posteriormente, Alfonso X añadió en las Siete Partidas las condiciones para la actividad de los barberos o alfagemesEn el siglo XIII, en la Corona de Aragón se amplió el espectro, habiendo médicos cirujanos y no cirujanos, a los que se sumaban los llamados cirurgians de roba corta, que eran los barberos y sangradores, capacitados para sacar muelas, poner ventosas, hacer sangrías y otras tareas menores. Bajo la advocación de San Cosme y San Damián, los barberos  y cirujanos formaron una cofradía en el siglo XIII que permitió regular la actividad y exigir unos conocimientos para poder ejercer, según la decisión que al respecto tomasen dos miembros de la hermandad.


Página miniada de las Siete Partidas

Dos siglos más tarde, los Reyes Católicos promulgaron la real pragmática de 1500 que creaba un Protobarberato, institución en la que, a imitación del Real Tribunal del Protomedicato, establecido también por ellos, era necesario aprobar un examen supervisado por los barberos mayores. El Protobarberato autorizaba a realizar las actividades antes descritas y prohibía el intrusismo, tanto en la medicina titulada como en la barbería normal: “Mandamos que los Barberos, i Exâminadores Mayores de aquí adelante no consientan, ni dèn lugar que ningún barbero, ni otra persona alguna pueda poner tienda para saxar, ni sangrar, ni echar sanguijuelas, ni ventosas, ni sacar dientes, ni muelas, sin ser exâminado primeramente por los dichos nuestros Barberos Mayores…”

Una sangría (xilografía del siglo XVI)
El aspirante debía firmar una carta de asiento, un contrato que le obligaba a someterse a un aprendizaje de cuatro años en el que los gastos corrían a cargo de su familia a cambio de alojarse en casa de un barbero y recibir sus enseñanzas. Al acabar ese período, el maestro regalaba al aprendiz el instrumental que necesitaría. Eso sí, para ejercer era necesario acreditar limpieza de sangre -no precisamente la hemoglobínica- y prácticas certificadas. Luego ya sólo era cuestión de instalarse o enrolarse en alguna expedición militar. En el primer caso, lo normal era abrir una barbería en el bajo de su propia casa.

Probablemente habría más de un fraude pero el impostor se exponía a duras sanciones por ejercer sin derecho: “…qualquiera que usare de las cosas susodichas, ò de qualquier dellas, sin ser exâminado como dicho es, sea inhabil perpetuamente para usar del dicho ocio, i mas pague dos mil maravedís de pena para la nuestra Camara, i mil maravedís para los dichos nuestros Barberos Mayores; i por el mismo hecho aya perdido, i pierda la tienda, que assi tuviere puesta…”

En tiempos de Felipe II se determinaron aún más las competencias, excluyendo del oficio a parteras, especieros, ensalmadores, drogueros, etc. Con el paso del tiempo, las funciones del barbero sangrador fueron siendo asumidas por los cirujanos, al igual que pasó con otras especialidades como las mencionadas u otras tipo bizmadote, algebrista (reparador de huesos) o batidor de cataratas (oculista).


Pragmática real de 1604 que regulaba los exámenes de los cirujanos romancistas

No obstante, la figura del barbero sangrador no desapareció y en los archivos se encuentran expedientes de exámenes, gracias a los que se puede ver que la matrícula costaba la mitad del salario de un año. Constaban de dos pruebas: una teórica en la que el aspirante debía exponer sus conocimientos de anatomía vascular y metodología, más una segunda en un hospital consistente en demostrar su habilidad en casos prácticos de cada especialidad. Por supuesto, no se presentaba sin más, pues contaba con toda una bibliografía para aprender.

Y es que, a pesar de que era un trabajo menor, había libros específicos como la Instrucción de los barberos flebotomianos (Alonso Muñoz, 1621), Directorio de enfermeros (Simón López, 1652) o los tratados de flebotomía y otras técnicas que diversos autores fueron publicando a lo largo de los siglos (Juan de la Cueva, Francisco de Molina, Juan Lorenzo Carnicer, Juan Bautista Xamarro, Miguel Martínez de Leyva, Alonso Muñoz, Diego Pérez de Bustos, etc).


Edición decimonónica de un tratado del siglo XVIII: Doctrina moderna para los sangradores, del francés Ricardo Le-Preux 

Si aprobaba, su título era válido en todos los reinos y señoríos de la corona, previo juramento de que no cobraría a los pobres y con la curiosa tradición de tener que dejar su bacía como muestra de su cambio de condición. Si trabajaba en un hospital quedaba supeditado en autoridad al cirujano, aunque a veces las funciones de uno y otro resultaran similares. Claro que no era infrecuente que un barbero sangrador quisiera titularse luego como cirujano, profesión mucho más apreciada socialmente y mejor retribuida.

Un tictli curando una mordedura de víbora (Códice Florentino)
El descubrimiento del Nuevo Mundo supuso un horizonte más donde desempeñar el trabajo. Resulta muy curioso porque la medicina indígena tenía numerosas coincidencias con ese oficio, pues aparte del ticitl (médico) estaba el papiani-panamacani, equivalente a un boticario o herborista. Aparte de tener una concepción de la enfermedad como desequilibrio del tonalli (fuerza vital) que guardaba paralelismo con la de los cuatro humores, entre los mexicas también se exigía un examen y quienes lo superaban quedaban habilitados para practicar sangrías (que no eran exactamente como las europeas, pues allí se succionaba la sangre), hacer tratamientos dentales, preparar recetas de herboristería, curar lesiones y realizar operaciones quirúrgicas simples o complejas con bisturís de obsidiana, incluyendo trepanaciones. Escribía Bernardino de Sahagún: "Tienen sus médicos que saben aplicar muchas hierbas y medicinas, hay algunos de ellos de tanta experiencia que muchas enfermedades viejas y graves, que han padecido españoles largos días sin hallar remedio, estos indios las han sanado".

Entre los incas, los médicos eran unos sacerdotes conocidos genéricamente como amautas (el mismo término quechua que se empleaba para los maestros) que, al igual que pasaba en Europa, se ocupaban exclusivamente de las clases superiores mientras que las bajas tenían que arreglárselas por cuenta propia y los conocimientos sanitarios debían transmitirse de padres a hijos. En el primer caso, se dividían según su especialización: el watuk diagnosticaba, el hanpec aplicaba hierbas terapéuticas como la coca o la ayahuasca, el sancoyoc practicaba la cirugía, etc. Se conservan cráneos que demuestran supervivencia de los pacientes a trepanaciones.

Médico inca practicando una trepanación

Colón llevaba en sus naves a un cirujano, maese Juan Sánchez, que decidió quedarse a vivir en La Española. Fue un caso único porque en lo sucesivo sólo viajaron barberos, como en el segundo viaje, en el que consta la presencia de uno llamado Melchor, o en la expedición de Magallanes, en la que iban tres. Hernán Cortés se hizo acompañar de dos barberos, Juan el Catalán y Juan de Murcia (que al parecer no tenían título y ocasionaron más de un problema), siendo en 1525 el primer barbero contratado por el ayuntamiento mexicano mientras que en Lima fue en 1538. Según los registros, entre 1493 y 1539 se trasladaron a América trece médicos, diecisiete cirujanos y veintiséis barberos.

Como cabía esperar, con el tiempo la formación sanitaria en las Indias tendió a que los que los médicos titulados fueran blancos y los aprendices de barbero básicamente indígenas, surgiendo un sector intitulado -ilegal, pues- bastante amplio para ocuparse de los más humildes. En 1570, Felipe II aprovechó que las universidades de México y Lima, cuya fundación firmó él mismo en 1551 en nombre de su padre, ya estaban plenamente asentadas, para crear en ambas ciudades sendos Protomedicatos de Indias. Tenían un precedente dos años antes en el nombramiento de Antonio Sánchez de Grenedo como protomédico del Perú, Panamá y Nombre de Dios. Esta vez era Francisco Hernández el elegido y para todo el continente. Además de examinar a físicos, cirujanos, boticarios, flebotomianos y parteras con exigencias similares a las de la España peninsular, debía supervisar las boticas y levantar informes sobre epidemias.


Esta pintura decimonónica de Pedro Gualdi es cuanto queda del edificio de la Real y Pontificia Universidad de México, pues fue demolido en la primera mitad del siglo XX

El Protobarberato fue absorbido en 1751 por el Protomedicato, terminando por desaparecer definitivamente en 1780 por una real cédula de Carlos III, ya que la figura del barbero había sido sustituida por una nueva, la del practicante. Obviamente, en la mayor parte de las poblaciones del mundo rural siguió existiendo; baste decir el dato de que a mediados del siglo XVIII no había más que cinco médicos en toda Asturias. Las competencias no quedaron bien delimitadas hasta una fecha tan tardía como 1857, con la Ley de Instrucción Pública.


Título oficial de sangrador expedido en 1795


Bibliografía:
  • Suturas y cirugía menor para profesionales de enfermería (Enrique Oltra).
  • Barberos y sangradores flebotomianos en Granada: norma y sociedad en los siglos XVII y XVIII (Manuel Amezcua).
  • El barbero sangrador en la Edad Media (Dr. Hattori Hanzo)
  • Barberos y sangradores fleobotomianos en Granada: norma y sociedad en los siglos XVII y XVIII (Manuel Amezcua)
  • Barberos y sangradores en Iberoamérica (Raúl Expósito González).
  • Médicos e Inquisición en el siglo XVII (Adelina Sarrión Mora).
  • La medicina y la higiene en el mundo azteca (Isabel Bueno).
  • Felipe II y el Protomedicato de las Indias (Francisco Guerra).
  • El cuidado de las heridas y la cirugía menor en la historia de la enfermería.
Imagen cabecera: Suturando una herida en la barbería (Gerrit Ludens)

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